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| El
verdadero estadista:
El individuo histórico |
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por Lyndon H. LaRouche
En
tiempos de crisis, como el actual, el típico líder político fracasado
es como un actor narcisista que posa ante el público, en escena
o ante las cámaras, alardeando sotto voce: "¡Mírenme!"
Es indiferente a la realidad de las circunstancias en que gesticula,
y el único objetivo de su actuación, como el de una prostituta
que patrulla las calles sórdidas, es la simple seducción.
A
diferencia de tan patéticas criaturas, el gran actor clásico piensa
y actúa como los del antiguo escenario clásico griego, revelando
el personaje que representa, hablando desde lo oculto de su máscara
teatral.
Como
le advierte el Coro a los espectadores al comienzo de Enrique
V de Shakespeare, vean lo que aparece hoy representado
en el escenario, no viendo las imágenes del pobre escenario de
ese teatro, sino en el escenario más noble y superno de la propia
imaginación.
El
Coro le da al público una mirada sagaz, adelantándoles calladamente
que, cuando concluya la obra, se asombrarán de regresar de la
grandeza de la imaginación, para ver entonces, allí donde el Coro
hablaba, a esos actores que no eran los papeles que acababan de
representar. Así, también en la vida, lo mismo que en el escenario
clásico, obra el gran estadista, como lo hicieron Benjamín Franklin,
Abraham Lincoln y Franklin Roosevelt, y como lo hicieron la histórica
y sublime Juana de Arco y el reverendo Martin Luther King, Jr.
Cuando no aparecen más estos actores de la vida real en el escenario
temporal, el alma de tan excepcionales líderes sigue viviendo,
inmortal e invisible, más poderosa después que antes de la muerte.
El
artista, actor o compositor clásico es una copia de líderes políticos
tan excepcionalmente grandes como aquellos. Él o ella es un modelo
que le enseña al pueblo y a sus líderes naturales el arte de impartirle
a la imaginación de un público, aquello que el poeta Shelley identificaba
como conceptos profundos y apasionados acerca del hombre y la
naturaleza. Por esta misma norma que se le exige al líder político
excepcional es que ha de juzgarse la representación artística
del artista.
Me explico.
En cada
momento trágico de una gran crisis, cada nación y cultura es presa
de la necesidad de un cambio súbito y profundo en la calidad de
sus líderes. Su supervivencia depende entonces de su voluntad
de elegir una nueva calidad de líder, de la que son ejemplares
aquellos individuos extraordinariamente excepcionales que se irguieron,
cuando los vemos en retrospectiva, como almas inmortales, muy
aparte y por encima del simple gusto popular de su época. Por
toda la historia futura de la humanidad, así como en su pasado,
esta presencia, o la ausencia, del papel determinante del individuo
excepcional siempre será, como siempre ha sido, uno de aquellos
hitos que marcan la decisión en el camino, ya hacia la serenidad,
ya hacia la autodestrucción, decisión que encara toda cultura
en sus momentos de grave peligro autoinfligido, como el que enfrentamos
hoy.
En
las siguientes páginas intentaré mostrarles que, al igual que
en las grandes tragedias clásicas representadas en el escenario,
en tiempos como el presente, en que peligra toda la civilización
europea en su conjunto, la nación que aborrezca al individuo excepcional
y opte por la opinión popular, está condenada de antemano a la
perdición, al igual que los romanos necios, eufóricos de vitorear
en los espectáculos de masas del Coliseo de ese entonces, o las
masas necias de hoy, en el estadio de fútbol, el concierto de
rock o la orgía en video: un pueblo perdido por su propia adicción
popular a la ilusión inherentemente trágica del placer y la comodidad.
En
el curso de la historia futura, la única mejora que se añada a
esa trayectoria de la rara contribución de una personalidad excepcional,
nunca pasará de ser otro número de individuos excepcionales, ojalá
mayor que los desafortunadamente pocos hoy activos en nuestra
nación en peligro. El mayor peligro que enfrenta cualquier nación
amenazada, como la nuestra, es la proliferación de mediocridades
morales o, lo que es peor, el que dichas mediocridades ocupen
cargos donde lo que se necesita son gigantes intelectuales y morales.
Tal es la alternativa que se les presenta ahora a los Estados
Unidos, que deben escoger entre su perdición y la oportunidad
que les aguarda en este momento de crisis mundial.
Y
así, a lo largo de miles de años desde que la historia europea
nació, como vástago de Egipto, de la antigüedad griega, el papel
del individuo excepcional ha sido el tema de aquellas grandes
leyendas, historias trágicas y diálogos en que se consigna la
historia de las ideas de las grandes culturas del pasado. Los
más grandes historiadores clásicos, tales como Esquilo, Platón,
Shakespeare, Lessing y Schiller, han plasmado sobre el escenario
la alternativa de la vida real entre lo trágico y lo
sublime, como se conocen. Ahora corresponde de nueva cuenta
a nuestra nación, y a ustedes, el pueblo que la habita, aguardar,
a su vez, el juicio de futuros públicos, cuando nuestra historia
sea representada en ese mismo escenario clásico.
Nuestra
nación tiene esa alternativa; así, debe elegir a sus líderes.
Tragedia, o triunfo. ¿Cuál será? Esa decisión no tiene nada de
mágico. La decisión puede ser clara y racional, si están dispuestos
a verlo así, a diferencia de la Dinamarca de Hamlet en
Shakespeare.
Me explico.
¿Dónde reside
la verdadera imaginación?
Debidamente empleados, los nombres de lo que Schiller define como
lo sublime, espiritualidad, inmortalidad, imaginación y verdad,
se refieren a experiencias ennoblecedoras que ocurren entre seres
humanos, nunca entre seres vivos inferiores. El individuo humano
recibe una facultad natural de conocer esas condiciones elevadas
de experiencia, si las aprovecha.
Por
desgracia, pocos hasta ahora en la historia hemos llegado a desarrollar
nuestra capacidad innata de conocer la realidad a la que se refieren
esas cualidades específicamente humanas. La mayoría encadena su
sentido de identidad personal a la prisión de una ilusión de torre
de marfil, como la prisión mental del empirista o cartesiano en
su pecera, que nada sabe del mundo real, y sólo conoce las imágenes
desplegadas en esa pantalla en que se proyectan y palpan las ilusiones
de una presunta certeza de los sentidos. En los tiempos de gran
crisis, la sociedad sólo puede salvarse si se le otorga el liderato
a aquellas almas libres, relativamente pocas, de ciertos "patitos
feos" que los necios llaman "excéntricos".
Los
líderes indispensables en esos momentos son aquellos que desde
la infancia hemos logrado dejarnos llevar por aquel potencial
natural para lo sublime. Los que han permanecido fieles a ese
potencial, que a todos nos es innato, son, por tanto, los únicos
líderes calificados de las naciones en tales tiempos. Ellos son,
por consiguiente, excepcionales.
| Lyndon H. LaRouche al lado de la heroína de los derechos civiles
Amelia Boynton Robinson. La sobrevivencia de una nación
en crisis depende "de su voluntad de elegir una nueva calidad
de líder, de la que son ejemplares aquellos individuos extraordinariamente
excepcionales que se irguieron, cuando los vemos en restrospectiva,
como almas inmortales, muy aparte y por encima del simple
gusto popular de su época". |
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En la
trayectoria desde la antigüedad hasta la actual civilización europea
ampliada, un sólo nombre, el de Platón, es el que mejor se conoce
por comprender esta distinción de la figura excepcional, socrática,
en la sociedad. Por ese motivo, los diálogos de Platón a veces
son identificados como ejercicios espirituales. Todos los descubrimientos
de principios físicos universales experimentalmente validados,
tales como el descubrimiento único y original de Johannes Kepler
de la gravitación universal, han ocurrido como fruto del método
de hipótesis expresado en los diálogos platónicos.
La pertinencia
de esto para definir al individuo excepcional es fundamental,
y Platón ofrece muchos ejemplos.
Las
experiencias sensoriales humanas son expresión de una relación
de trabajo entre los órganos de los sentidos y el sistema nervioso
central. Lo único que aprendemos de la experiencia sensorial es
la habilidad de reconocer cierto efecto que las acciones del universo
obran sobre esos órganos sensoriales. Lo que así percibimos no
es la realidad, sino la mera sombra del efecto de las acciones
de un universo real, no visto, generalmente extraepidérmico, sobre
los órganos sensoriales que hacen parte de nuestro organismo biológico.
Por eso Platón, en La República, compara las experiencias de los
sentidos con sombras proyectadas sobre las paredes de una caverna
a media luz. Así mismo escribe el apóstol Pablo en Corintios
1:13.
Pero
la mente humana tiene una capacidad demostrablemente superior
a la mera biología, una cualidad llamada el poder de la razón,
una facultad superior única de los miembros de nuestra especie.
A este poder también se le conoce como el poder de hipotetizar.
Este poder nos faculta para descubrir lo que las sociedades pueden
reconocer como principios físicos universales, hipótesis
cuya validez puede demostrarse mediante los mismos tipos de experimentos
adecuados que expone Kepler en su Nueva Astronomía.[1]
Nuestros sentidos jamás pueden "ver" tales principios, de la misma
manera que no pueden, por sí mismos, percibir el interior del
núcleo atómico; sin embargo, una vez demostrado un principio,
podemos aplicarlo para efectuar transformaciones palpables y eficientes
en el mundo real, que nuestras facultades de percepción no alcanzan
a ver.
En tiempos
modernos el uso ingenioso del progreso científico nos permite
cada vez más compensar incapacidades casi completas de la vista,
el oído, el tacto, etc. El famoso caso de Helen Keller ilustra
el principio de que la pérdida de las facultades sensoriales no
reduce para nada la facultad innata de la mente humana de conocer
el universo, así sea mediante sustitutos artificiales del aparato
sensorial. Es en la capacidad espiritual de la hipótesis, y no
en el ámbito de la percepción sensorial, que el hombre conoce
el universo.
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Hellen Keller famosa
escritora y educadora,
nacida en Alabama,
quedó ciega y muda
a la edad de 18 meses.
Fué una dama que trabajo,
a lo largo de su vida,
para promover la
justicia social . |
Este
concepto de la eficiencia del poder de las hipótesis, experimentalmente
validado, define un universo real, un universo superior, allende
las ilusiones opacas del mundo de sombras de la percepción sensorial.
Al igual que en el caso de la extraordinaria educación de Helen
Keller, este mundo bien puede describirse como el universo de
la imaginación científica. Es el mundo de la veracidad científica
el que siempre debe acompañar al científico en su aproximación
de la verdad. Son las personas cuya mente reside de manera consciente
en ese mundo real de la verdad, más allá de la ilusoria percepción
de los sentidos, las que podemos reconocer como grandes y verdaderos
científicos clásicos excepcionales en la tradición de Platón,
tales como Leonardo, Kepler, Leibniz y Gauss, grandes artistas
clásicos como Bach y Beethoven, y grandes líderes para tiempos
de crisis y peligro.
En la
tradición del Moisés bíblico, este poder de la razón, el poder
de la hipótesis, también conocida como la cualidad de la espiritualidad,
define igualmente al hombre y a la mujer como seres creados a
imagen de una personalidad conocida como el Creador de universo,
poseedores de facultades y responsabilidades como las Suyas.
Antes
de pasar a la política, debo explicar la importancia de esto en
la ciencia física, a saber:
La lección
de la noosfera
Vladimir I. Vernadsky, quien fuera, con Mendeleyev, uno de los genios
científicos excepcionales de la Rusia moderna, fue el primero
en ofrecer definiciones adecuadas de lo que él llamó, respectivamente,
la biosfera y la noosfera.
Combinó
su propio trabajo en el campo conocido como la biogeoquímica con
los descubrimientos de Luis Pasteur y sus sucesores, para definir
más nítidamente un principio universal de la vida, en tanto clase
universal de principio físico distinto de la definición experimental
de los procesos no vivos en la química física. Definió esa influencia
creciente, experimentalmente demostrada, sobre los procesos no
vivos de nuestro planeta, como el concepto de biosfera.
Empleando ese mismo principio experimental, Vernadsky demostró que
el principio de descubrimiento de principios físicos universales
que sólo ocurre dentro de los confines de la mente humana individual,
ejerce un poder que cambia la biosfera misma, como si lo hiciera
desde fuera. Puesto que ese poder humano causa efectos de principio
que de otra modo no existieran, tal poder no sólo es físicamente
eficiente, sino que constituye un principio físico universal.
Puesto que tales principios existen eficientemente, mas por fuera
de los confines de la certeza de los sentidos, tienen la cualidad
de ser facultades espirituales, físicamente eficientes,
específicas de la mente humana, y eficientes en su poder sobre
lo que vemos como el universo material. Esta es la definición
de noosfera.
En términos
de referencia más amplios, el concepto de noosfera de Vernadsky
no era un concepto completamente nuevo de la manera en que está
organizado el universo. Por ejemplo, desde ya entrado en la adolescencia,
yo ya había adoptado un concepto parecido de la organización categórica
general de nuestro universo como producto de mi defensa personal
de la monadología de Leibniz contra las Críticas de Kant.
El concepto vernadskiano de biosfera es un legado del concepto
clásico griego de una universalidad hilozoica, concepto
inherente también a la obra de Platón. Los diálogos de Platón,
en especial el Timeo, definen ese universo hilozoico
como algo delimitado por un poder espiritual aún superior,
físicamente eficiente, que corresponde a la razón humana; en ello
ya iba implícito lo que Vernadsky llamó la noosfera. La principal
diferencia es que el cabal desarrollo del concepto experimental
de biogeoquímica en Vernadsky, al extremo de definir experimentalmente
la biosfera, sienta las bases empírico-científicas para definir
también la noosfera en forma similar.
Estas
facultades espirituales, expresadas en el acto de la hipótesis,
son el ámbito clásico de la verdadera y eficiente imaginación,
que obra a través de nuestra intención de cambiar el universo
que habitamos.
Estos
descubrimientos le plantearon a Vernadsky dos retos adicionales
que no pudo resolver en ninguno de los escritos pertinentes producidos
durante su vida. Primero, ya que los descubrimientos de principio
sólo pueden ocurrir en los confines soberanos de los procesos
cognoscitivos (de generación de hipótesis) de la mente
humana individual, ¿cuáles son los principios mediante los que
se transmiten tales ideas entre individuos de una sociedad, y
de una sociedad a otra, como por ejemplo en el modelo clásico
humanista de educación? En segundo lugar, si dicha cognición es
una modalidad eficiente de acción sobre el universo, ¿cuál es
la geometría física gaussiano-riemanniana correspondiente que
permite la eficiencia con que tales acciones de las facultades
cognoscitivas obran transformaciones en el universo?
En otros
escritos he presentado ya los principios esenciales que señalan
hacia las respuestas a esas dos preguntas. El individuo excepcional,
apto para servir de líder en tiempos de crisis, difiere de forma
específica y fundamental del tipo acostumbrado de personaje político.
Me explico.
Por qué es
indispensable el liderato
Aunque
lo que conocemos como la geometría euclidiana de aula es menos
falsa que la consabida aritmética de aula, condiciona la mente
del estudiante engañado a aceptar el concepto falso, científicamente
analfabeto, del mundo del espacio, el tiempo y la materia. La
geometría euclidiana es un intento de explicar el fenómeno de
la certeza de los sentidos en una forma congruente con la manera
en que la mente poco desarrollada confunde neciamente la certeza
de los sentidos con la realidad física.
No obstante,
la geometría de los Elementos de Euclides contiene,
en parte, relaciones útiles de ciertas contradicciones internas
tercas, relaciones que recibimos de los antiguos griegos clásicos,
de la tradición que va desde Arquitas y Platón, hasta Eratóstenes
y Arquímedes. Estas contradicciones, entre ellas la derivada de
doblar el cuadrado y el cubo por construcción, y las resultantes
de los llamados cinco sólidos platónicos, conducen a descubrimientos
modernos en una geometría física que existe allende los confines,
ya de la aritmética pueril de contar los números, ya de la geometría
(apriorística) de Euclides o demás tipos de torre de marfil.
El reconocimiento
moderno de esta obra de la historia clásica de Grecia se identifica,
en lo principal, con cinco categorías principales de descubrimientos
de la ciencia europea moderna: a) el descubrimiento de la gravitación
universal, por Kepler; b) el descubrimiento de un principio de
tiempo mínimo, a diferencia de uno de distancia mínima, por Fermat;
c) el efecto combinado de los trabajos de Huyghens, Leibniz y
Jean Bernoulli, expresado en el descubrimiento único y original
de Leibniz del cálculo y el principio afín de "tiempo mínimo"
del verdadero cálculo infinitesimal y la forma catenaria elemental
de acción mínima en el universo; d) el primer informe de Gauss,
de 1799, de su descubrimiento único y original del teorema fundamental
del álgebra; y e) la continuación del avance de Gauss, de 1799,
por Riemann, con su definición de los principios universales de
la geometría física, de 1854. Estas cinco series de descubrimientos
formaron la base para mis propios descubrimientos originales en
una rama de la ciencia fundada por Leibniz, la ciencia de la economía
física.
La aplicación
de la ciencia de la economía física, así definida, al concepto
de la noosfera, nos da un sentido del tipo de geometría antieuclidiana[2]
que debemos emplear para arribar a un entendimiento moderno del
universo real que existe más allá de la ingenua percepción sensorial.
Ese
concepto corregido, riemanniano, de la noosfera, nos define el
marco conceptual dentro del que podemos examinar las diferencias
entre la conducta efectiva de una sociedad, y los conceptos congruentes
con una expresión riemanniana de la noosfera. Este enfoque nos
permite conceptualizar el problema causado por los efectos patológicos
de algunos de los supuestos axiomáticos implícitos en la opinión
popular actualmente prevaleciente. Luego podemos considerar que
esos efectos patológicos constituyen una patología característica,
sistémica, de la cultura en cuestión. Este método de evaluación
de los sistemas político-económicos ha sido la fuente del incomparable
éxito de mis pronósticos económicos de largo plazo publicados
en los últimos 35 años.
Aunque
la disfunción sistémica potencialmente fatal de la opinión popular
y demás que prevale hoy no se limita a los crecientes yerros axiomáticos
de la política estadounidense practicada de 1964 hasta la fecha,
todas esas disfunciones axiomáticas, de índole económica o cualquier
otra, pueden y deben correlacionarse con esos errores político-económicos
específicos.
Para
darle al lector una idea justa de la relación entre el líder individual
excepcional y la actual crisis existencial de los Estados Unidos,
prestemos atención al proceso de transformación de los Estados
Unidos entre 1964 y 2002, de su anterior característica de ser
la principal sociedad productora del mundo, a una creciente decadencia,
en el período 1964–2002, a la sociedad consumista "posindustrial",
émula de potencias marítimas imperiales de la antigüedad y el
medievo tales como Roma y Venecia, respectivamente.
Las
condiciones sistémicas, potencialmente fatales, establecidas de
1964 a 2002 en los Estados Unidos, se manifiestan en errores fundamentales
de criterio subyacentes a la manera en que la sociedad avanza
a tropezones, más o menos de manera inconsciente, de una acción,
o inacción, a otra. Tarde o temprano, el seguir tolerando tales
series falsas de supuestos axiomáticos implícitos desemboca en
un conflicto entre sociedad y naturaleza, llegando a asemejarse
a una especie de crisis existencial. Debe entonces esa sociedad,
como los actuales Estados Unidos, alterar sus axiomas subyacentes,
o venirse abajo. Tales son las condiciones de crisis en que lo
único que puede salvar a la nación es la aceptación social del
liderato del individuo excepcional. Es así como el infeliz apego
de Hamlet a las costumbres prevalecientes en Dinamarca condenaron
a la tragedia a ese país; y la negativa de Wallenstein a retractarse
de su juramento en aras de la ley natural, su negativa a derrocar
el orden Habsburgo, condenó a Europa a más de una docena de años
de una horrible guerra religiosa.[3]
La necedad
de Hamlet fue que, al final, como él mismo lo confiesa en el soliloquio
del tercer acto, se aferró, al igual que toda Dinamarca, a las
costumbres que acabaron por destruir a ese país. Y así, como lo
advierte el Horacio de Shakespeare, mientras se llevan los restos
de Hamlet del escenario teatral de esa misma estulticia cultural,
no sólo se condenó a sí mismo, sino a todo el reino cuyas costumbres
desquiciadas le depararon la muerte.
Y así,
en épocas posteriores, los generales alemanes reescenificaron
la sandez del Hamlet shakespeariano y del Marqués de Posa o de
Wallenstein, de las obras de Schiller, cuando traicionaron al
canciller Von Schleicher, adversario de Hitler, en los hechos
del 28 al 30 de enero de 1933, y luego otra vez con los hechos
del verano de 1934. Por eso la pagó tan caro la institución de
esos generales en julio de 1944, de la misma manera que hicieron
el ridículo el tonto káiser Wilhelm y toda su nación, por apoyar
al necio káiser habsburgo, durante el verano de 1914. En estos
y muchos otros casos de la historia real, las peores tragedias
suelen ser más el fatídico desenlace de la adhesión a tradiciones
erróneas, que la violación a las mismas en forma oportuna y congruente
con una autoridad superior idéntica a la ley natural invocada
por los Estados Unidos el 4 de julio de 1776.
Para
los efectos de la ciencia moderna, incluido el análisis económico,
la relación de Gauss de su teorema fundamental del álgebra, de
1799, es el acto fundacional de una forma matemática moderna de
geometría antieuclidiana, mediante un ataque devastador a las
necedades empiristas de D'Alembert, Euler y Lagrange. Este trío
había dedicado sus carreras a defender, como lo había hecho Descartes,
una interpretación empirista de los primeros nueve libros de los
Elementos de Euclides, apoyados en diversas refutaciones
fraudulentas de la existencia real de lo que tonta y fanáticamente
ridiculizaban como "números imaginarios". Gauss pudo abordar con
éxito el mismo problema que axiomáticamente se negaban a comprender
los principales matemáticos empiristas, la llamada paradoja de
"Cardan".
Gauss
reconoció lo que habían definido los científicos griegos de la
antigüedad, incluidos Arquitas, Platón y Eratóstenes, como el
principio físico de construcción que se expresa en soluciones
a paradojas tales como la construcción del doble de un cuadrado
o cubo, y los sólidos platónicos. Gauss reconoció el mismo concepto
de potencias físicas citado por Platón en el caso de la
construcción del doble del cuadrado. Gauss lo demostró de nuevo,
situando en el álgebra lo que Leibniz y Bernoulli habían demostrado
en su exposición de la catenaria en tanto reflejo de un principio
de acción mínima universal, y también en su demostración de la
importancia relacionada de los logaritmos naturales. Estas paradojas
matemáticas reflejaban la geometría natural, física, de
lo que Gauss definió como el dominio complejo, más allá de la
matemática antinatural, de "torre de marfil", de los célebres
matemáticos Euler y Lagrange.[4]
El trabajo
de Gauss sienta las bases para un entendimiento general de la
matemática formal desde el punto de vista de la ciencia física
experimental, en vez de un enfoque apriorístico de "torre
de marfil", de la llamada matemática "pura". Tal enfoque es indispensable
para el estudio científico exitoso de cualquier característica
física cuantificable de una economía política moderna. Este método
conceptual requiere hacer hincapié en el estudio de los ciclos
de mediana y larga duración de generación y agotamiento de las
mejoras de capital físico. Como lo he demostrado repetidas veces
con el éxito singularmente constante de mis pronósticos económicos
de largo plazo en décadas recientes, este enfoque de los ciclos
del capital es indispensable para definir las características
sistémicas de una economía moderna en el mediano y largo plazo.
Es así
como el progreso científico depende de la aplicación de descubrimientos
de principios físicos universales validados experimentalmente,
los cuales nunca ocurren sino como obra de las facultades soberanas
de hipótesis del descubridor individual. Y así, la mismísima cualidad
de facultades creativas del individuo excepcional dentro de la
sociedad es la que aporta los cambios en la forma de pensar, y
la calidad de liderato excepcional de los que depende una y otra
vez la supervivencia de una nación o cultura que se haya puesto
a sí misma en aprietos.
Me explico.
La política
del dominio complejo
El dominio
complejo, definido por la labor pionera de Gauss y Riemann, principalmente,
nos presenta una geometría física de poder real, un universo real
contrapuesto al mero mundo de sombras de la ingenua percepción
de los sentidos. Lo "imaginario" es el dominio euclidiano, o cuasieuclidiano,
de la geometría de "torre de marfil", que sólo ve las sombras
de la geometría física, real, y no la sustancia física que reflejan
esas sombras. No obstante, como parte de cualquier comprensión
competente de los orígenes y curas de las crisis sistémicas, tales
como el desplome monetario y financiero que el mundo se ha autoinfligido
y ahora se le viene encima, la causa de la calamidad son los falsos
supuestos a los que implícitamente se atribuye valor político
y social, cual si poseyesen autoridad axiomática, y funcionan
más o menos como si fueran axiomas verdaderos del universo real.
En esa intercalación de supuestos populares, unos válidos, otros
falsos, yace la causa del tipo de crisis sistémicas que ocasionalmente
causan la extinción de poderosos imperios, como los de la bíblica
Babilonia de Baltasar, o Roma.
El estudio
crítico de los rasgos patológicos de una geometría euclidiana
ayuda a quien los estudia a adquirir un concepto de las características
pertinentes de sistemas basados en una serie de supuestos apriorísticos,
de definiciones, axiomas y postulados deductivos, tales como los
de un sistema euclidiano deductivo ("lógico") de teoremas y corolarios.
El estudio de las falsedades inherentes a cualquier sistema deductivo
tal, es la clave para entender los estados sistémicos patológicos
de las creencias populares que causan las crisis sistémicas autoinfligidas,
tales como la que amenaza más o menos en lo inmediato con desintegrar
a los Estados Unidos en el corto plazo.
La causa
principal de la perdición de cualquier cultura es el desorden
mental típico de la opinión popular, que consiste en dar por válidos
los supuestos adoptados en un momento dado por alguna profesión
erudita, o enseñanza religiosa o, en un nivel más burdo, la "opinión
popular generalmente aceptada". Y así como una clase de geometría
incompetente siempre vuelve, directa o indirectamente, a la presunta
autoridad de una serie de definiciones, axiomas y postulados incuestionables,
los incautos siempre buscan la autoridad reconfortante de las
mismas ilusiones axiomáticas falsas que, de perdurar lo suficiente,
acabarán por sumir a esa sociedad en una ruina autoinfligida.
Un ejemplo
de esta forma de enfermedad mental en gran escala es la tradición
romántica de la vox pópuli, que fue el mecanismo subyacente
de la ruina autoinfligida de Italia. Vale la pena mencionar el
sistema patológico de Immanuel Kant, que labró como argumento
contra la existencia de una verdad conocible, porque pone al descubierto
los mecanismos de la enfermedad mental por los que la condición
patológica de una tradición puede llevar a la ruina a una cultura
otrora poderosa. En ese sentido, hago referencia a la defensa
del irracionalismo, bajo la rúbrica de "negación de la negación",
que Kant introduce en la sección temática sobre "dialéctica de
la razón práctica" en su Crítica de la razón práctica.
Kant,
quien a lo largo de sus escritos rechaza, como cuestión de principio,
la existencia de la verdad, alega que la aceptación por la víctima
de la represión social ("negación") de los impulsos a los que
se opone (por "negativos"), produce un impulso "positivo" congruente
con la "moralidad" impuesta por la sociedad. Esta generación de
un impulso ético positivista mediante la "negación de la negación",
le sirve a Kant, y él la propone, como alternativa a la verdad.[5]
En los escritos del doctor Sigmund Freud, seguidor del fanático
positivista Ernst Mach, hallamos esta misma doctrina de la "represión",
pero expresada en forma más turbia, y más lasciva, que en el original
de Kant. Por desgracia, Kant atina en su descripción de la aparente
difusión de los efectos de una cultura defectuosa en los pueblos.
El sustituto que ofrece Kant, la inducción de una ausencia de
fe en la verdad, es la insidiosa corrupción moral de las culturas
nacionales que impulsa la caída cíclica de las mismas en crisis
sistémicas, potencialmente fatales, de culturas nacionales o más
generales.
En este
sentido, el líder político excepcional que rescata a su población
del precipicio del colapso cultural autoinducido, ejerce una función
que expresa las mismas características que el descubrimiento de
un principio físico universal validado de forma experimental.
Antes que abogar por remedios dentro de los parámetros de la cultura
generalmente aceptada que amenaza destruir a esa nación, el líder
válido para tales tiempos de crisis se empeña, justamente, en
lo que se negaba a hacer Hamlet, perdido por obra propia, en la
obra de Shakespeare:
¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el
peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe
alguna cosa más allá de la muerte —aquel país desconocido, de
cuyos límites ningún caminante torna— nos embaraza en dudas
y nos hace sufrir los males que nos cercan, antes que ir a buscar
otros, de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión
nos hace a todos cobardes: así la natural tintura del valor
se debilita con los barnices pálidos de la prudencia; las empresas
de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino,
no se ejecutan, y se reducen a designios vanos.[6]
El líder
adecuado para el momento de inminente crisis sistémica, al igual
que el descubridor científico en un momento crucial de su labor,
debe apartar a la nación de su instinto suicida, guiarla a adoptar
profundos cambios de los supuestos axiomáticos en los que esa
sociedad ha basado sus acciones hasta ese momento. El pretendido
líder "práctico", que aguarda la autoridad de la opinión popular
prevaleciente antes de actuar, es, como Hamlet, una amenaza a
su nación. El líder que se requiere es un individuo excepcional.
Ningún otro servirá, si la nación ha de escapar del peligro inminente.
Cómo hacer
un líder

Creemos líderes |
Un
candidato idóneo para líder en tiempos de crisis sistémica
tales como el actual, debe haber dedicado gran parte de su
formación personal, mental y moral desde la niñez y la adolescencia
a estudiar y despreciar las que han resultado ser las falsedades
sistémicas aceptadas más o menos comúnmente por sus coetáneos,
así como otros de generaciones precedentes y subsiguientes.
Esta conciencia apasionada de los falsos supuestos sistémicos,
implícitamente axiomáticos, que gozan de acogida general,
fomenta en esa mente joven, en proceso de maduración, una
inclinación por aquellos temas que el poeta Shelley identificaba
como "conceptos profundos y apasionados acerca del hombre
y la naturaleza". Esta ha sido la característica consciente
de mi vida, experiencia y formación desde la niñez. Por esta
razón capto mucho más rápidamente que la mayoría de la gente
las cualidades correspondientes, o la falta de dichas cualidades,
tanto de personas vivas conocidas como de personajes históricos. |
Si los
juicios de tal personalidad relativamente excepcional, en proceso
de formación, están bien fundados, él o ella adquiere lo que ven
a veces los espectadores asombrados como un "don profético". Desde
que yo recuerde con alguna certeza, desde mi adolescencia temprana,
he gozado de ese don aparente. En el curso de los últimos cuarenta
y tantos años nunca me he equivocado en mis juicios relativos
al rumbo y ritmo aproximado de los sucesos que tienen que ver
con el desenvolvimiento de largo plazo de procesos económicos
y sociales. En consecuencia, en todos aquellos temas políticos
de largo alcance en que he basado mis candidaturas presidenciales
desde 1975–1976, nunca me he equivocado, como lo atestigua la
documentación escrita de los pronósticos mismos.
De ahí,
pues, mi previsión de febrero de 1983, que si los líderes soviéticos
rechazaban la política que yo le había recomendado al presidente
Reagan presentarles, el sistema económico soviético se derrumbaría
"en unos cinco años".
Ahora,
los supuestos políticos de índole axiomática de todos mis presuntos
rivales entre los economistas y dirigentes políticos han fracasado
ya, de manera rotunda. La mayoría de ellos sigue aferrándose histéricamente
a una política ya desacreditada, una política que sólo expresa
ya su desdichada forma de pensar en los procesos de gestión política
como tales. Pero no hay que dejarse entretener tanto con los errores
particulares de su opinión y práctica, como para dejar de ver
las raíces de su obsesión por seguir cometiendo los mismos errores
desesperados, del mismo tipo sistémico, aún en la actualidad.
Hay que ver las raíces sistémicas de su crisis; ver la "geometría"
de su vida mental, geometría de la que ellos no tienen conocimiento,
pero que sin embargo controla sus mentes tal como si tuviesen
el pensamiento "programado".
Por
consiguiente, tengo ahora dos misiones principales. Primero, conducirles
a ustedes, sanos y salvos, por la peor de las crisis mundiales
y nacionales que ahora mismo se desenvuelve; y, segundo, alentar
un nuevo liderato de entre las filas de nuestra gente joven, que,
por tanto, será mucho menos propensa a cometer errores tan crasos
como los que ha cometido hasta ahora la mayoría de los miembros
de las últimas dos generaciones de gente adulta.
[1]
Este poder de la razón puede llamarse también ley natural, a diferencia
de una ley meramente positiva. El proceso de Kepler en su descubrimiento
único y original del principio físico universal de la gravitación,
tal como lo presenta en su Nueva Astronomía, es
ejemplo de ese proceso de ley natural. Otros ejemplos son el descubrimiento
único y original de un principio físico universal de acción mínima
por parte de Leibniz, y el anuncio de Gauss, en 1799, de su descubrimiento
único y original del teorema fundamental del álgebra.
[2]
Hasta donde tengo información en este momento, el concepto de
una geometría "antieuclidiana", en vez de "no euclidiana", fue
introducido por uno de los dos maestros principales de Gauss,
Abraham Kästner. De hecho, el descubrimiento de Gauss de una forma
matemática de geometría antieuclidiana, se refleja ya en 1799
con la publicación de su descubrimiento original del teorema fundamental
del álgebra. Los descubrimientos de Lobachevsky y de Janos Bolyai
se distinguen de las geometrías antieuclidianas de Gauss y Riemann,
justamente porque son apenas "no euclidianas", que corrigen la
geometría euclidiana, en vez de derrocarla.
[3]
La narración de Schiller en su trilogía Wallenstein
señala ese mismo punto, como lo hace anteriormente en Don
Carlos, en que maneja elementos esenciales de la historia
real.
[4]
El siguiente asunto es de tal importancia para los temas que se
elaboran aquí, que se requieren implícitamente las siguiente notas.
La labor pionera de Gauss en la geometría antieuclidiana de su
maestro Kästner data de 1792, y juega un papel crucial en la publicación
de su descubrimiento del teorema fundamental del álgebra, en 1799.
Infelizmente el que el tirano Napoleón designase como su favorito
a Lagrange, ocurrió poco después de publicarse el primer ensayo
de Gauss sobre el dominio complejo, en 1799. El nombramiento británico
(es decir, por el duque de Wellington) de la deplorable monarquía
de la restauración francesa, agentes de Londres, perpetuó el ataque
lanzado contra Gauss por Lagrange, ya muerto para esta fecha.
La política antigaussiana continuó bajo la égida de los embusteros
Laplace y Cauchy. Hasta la década de 1840, no mejoraron las condiciones
en el continente europeo en general, como tampoco en Hanover.
Gauss mismo no habló de las implicanciones antieuclidianas de
su obra de 1799, hasta las posteriores referencias confidenciales
que hiciera a la obra de Janos Bolyai (1832) en su correspondencia
con Wolfgang Bolyai, y luego en correspondencia semipública con
C.L Gerling (1844) y H.C. Schumacher (1846). Así, en sus relaciones
posteriores sobre el teorema fundamental, se le impidió políticamente
a Gauss hablar de sus críticas de 1799 a las necedades de Euler
y Lagrange. La realidad de las repercusiones antieuclidianas del
anuncio de 1799 sólo vino a aflorar claramente con el Habilitationschrift
del protegido de Gauss, Bernhard Riemann: Üauber die Hypothesen
welche der Geometrie zu Grunde liegen (1854). Riemann
detalla allí las premisas en las que descansa su propia definición
de una geometría física antieuclidiana (no una no euclidiana),
provenientes del trabajo de Gauss sobre residuos bicuadráticos,
y las investigaciones de Gauss sobre los principios generales
de la curvatura del espacio-tiempo físico. La métrica paradigmática
del dominio complejo definido por Gauss y Riemann es el concepto
de un principio universal de acción física mínima, centrado en
la catenaria, como ya lo habían elaborado conjuntamente Leibniz
y Jean Bernoulli.
[5]
El argumento de Kant tiene orígenes anteriores en la historia
medieval europea, de fuentes tales como la doctrina de los "electos"
asociada con la secta cátara neomaniquea cuya influencia infectó
las regiones en torno a las cuencas del Garona y el Ródano. Esa
tradición cátara fue explotada sincréticamente por el veneciano
Paolo Sarpi con la creación del culto empirista de Francis Bacon,
Galileo, Thomas Hobbes y demás. En la fase posterior del empirismo
de la "Ilustración", de John Locke, Bernard Mandeville, François
Quesnay, David Hume, Adam Smith y el utilitarista Jeremy Bentham,
el irracionalismo neomaniqueo de los cátaros cobró formas tales
como la doctrina de la "mano invisible".
[6]
William Shakespeare, Hamlet, acto III, escena IV. elaleph.com,
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