A 25 años de la nacionalización de la banca
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El 17 de febrero de 2004 falleció a la edad de 83 años en la Ciudad de México el presidente mexicano José López-Portillo y Pacheco (1976-1982). A 25 años de la nacionalización de la banca, el Movimiento LaRouchista en México recuerda al último primer mandatario mexicano comprometido con el desarrollo y la defensa del Estado nacional mexicano, sus instituciones y sus ciudadanos.
‘¡El presidente López Portillo es un héroe de México!’
Lyndon LaRouche dio la siguiente respuesta el 21 de junio, durante una ciberconferencia internacional, a una joven larouchista de México. Ella preguntó cómo vincular algo de importancia estratégica internacional, como el escándalo de BAE, con los intereses de los partidos, por ejemplo, que se la pasan ocupados con pequeños asuntos locales o que son sólo efectos de una política oligárquica perversa; cómo elevar el nivel de la pelea.
El Papa y yo tenemos un problema; tenemos el mismo problema. Remóntense a 1982, la primavera a octubre de 1982, porque ahí está la respuesta al lado mexicano de las cosas. Acuérdense que tuvimos la guerra de las Malvinas, que azuzaron intereses británicos por medio del entonces Secretario de Defensa en Washington. Yo me oponía a esto. Era una violación de las obligaciones de nuestros tratados y de nuestra política nacional; era una política pro británica, y no podía entusiasmarnos mucho que digamos. Yo me metí en muchos problemas por eso. Pero también mi postura al respecto, al abordar la cuestión de Argentina, las Malvinas y demás, y la participación británica en ese momento, me llevaron de nuevo a México, donde no era ningún desconocido en ese tiempo. [José] López Portillo, quien llevaba cierto tiempo como presidente en ese entonces, me conocía muy bien. Así que en el transcurso de mi visita a México me reuní con el presidente López Portillo en Los Pinos, y él me pidió mi opinión sobre los problemas que México enfrentaba en ese momento. Y yo le dije: “Bueno, señor Presidente, ellos pretenden destruir a su país más o menos para septiembre de este año”.
A consecuencia de esa conversación, a la que siguió una conferencia de prensa que di en la casa presidencial, organizamos una ofensiva. Yo me comprometí a escribir un documento que esbozara una solución a la situación, que estableciera que hacerle esto a México —lo que tramaban hacer— iba en contra de los intereses históricos de Estados Unidos. Por tanto, escribí algo que se llama Operación Juárez. Y, de cierta forma, Operación Juárez se anticipa a lo que recientemente se ha propuesto como un nuevo orden bancario en cooperación con los Estados al sur del Hemisferio.
Cuando esta operación golpeó a México, como sabía que lo haría, lo hizo más o menos cuando publiqué este documento, a partir de agosto [de 1982]. De modo que López Portillo tomó las medidas que recomendé para que México se defendiera de esta intentona por destruirlo. Esto continuó hasta el grado que ya se había destruido al país, con ayuda de Henry Kissinger, quien fue enviado allí como un emisario del Gobierno estadounidense. Y López Portillo, como Presidente de México, dio un discurso en las Naciones Unidas en octubre, y quienquiera que sea un patriota, en cualquier parte en las inmediaciones del Hemisferio Occidental hoy, debe escuchar este discurso como el ejemplo de un patriota cuya nación acaba de ser destruida por órdenes, que se irguió como hombre, como presidente, para defender el honor de su país.
Ahora bien, la consecuencia de los golpes aplastantes que le dieron a él, y a mí y a otros, y de la gran corrupción que siguió, es que nadie en México que esté en una posición de poder ha tenido las agallas, hasta la fecha, de defender los intereses del país. No porque los mexicanos sean cobardes —no se jactan de ser cobardes, o no como los conocí—, sino porque no vieron esperanza alguna. Vieron a personas que debieron haber defendido al país, traicionarlo una y otra vez, por órdenes que venían de Londres y del norte, del gran amigo del Norte; de nosotros.
El problema aquí es entender el principio de la inmortalidad. . . y es que cuando abandonamos la defensa de los principios, lo perdemos todo. Y cuando desdeñamos a un héroe en una posición de poder, que se paró como un héroe en defensa de su nación, para hablar por el honor de su nación en un momento de gran desgracia, que no les sorprenda que la gente menuda que le siga no se alce y pelee. La cura para esto es que tenemos que decir, como lo he hecho en varias ocasiones, en el caso de López Portillo: “¡El presidente López Portillo es un héroe de México!” Y si no lo defiendes, y a su honor, no estás defendiendo a México. Porque sin ese compromiso, los mexicanos se han traicionado a sí mismos, porque reaccionan con indiferencia al gran crimen cometido contra su país y su pueblo.
Ahora bien, si no pelean, eso es una cosa, pero no escupan a sus héroes. Cuando escupen a sus propios héroes nacionales, se escupen a sí mismos y escupen el futuro de sus hijos. Por tanto, se le debe honor a López Portilo por lo que combatió hasta el último aliento. Y pretendieron asesinarlo después de eso, ¿sabían? Vivió, pero pretendían matarlo, y ahora también quieren matar a su hijo. Así que ésa es la clase de situación que tenemos.
Si decimos eso, si lo entendemos, si lo reconocemos, entonces les damos valor a los mexicanos. Pero cuando se les induce a escupir a su propio héroe, ¿cómo pueden encontrar el honor y la fortaleza para luchar por sí mismos?
Operación Juárez.
A 25 años de la nacionalización de la banca: Homenaje de los jóvenes a López Portillo