En
su famosa carta a Christiaan Huyghens sobre su descubrimiento de
la importancia de las raíces cuadradas de los números
negativos, Godofredo W. Leibniz reconoce claramente que esta investigación
se originó con los científicos de la antigua Grecia:
“Casi nada más puede desearse del uso que el álgebra
puede o podrá tener en la mecánica y en la práctica.
Cabe suponer que ésta era la intención de la geometría
de los antiguos (al menos la de Apolonio) y el propósito
del loci (lugar geométrico—Ndr.) que ha introducido”.
Es decisivo entender la implicación de la afirmación
de Leibniz para comprender el significado más profundo del
tratamiento que Carl F. Gauss le da a El teorema fundamental del
álgebra de 1779.
La afirmación de Leibniz desconcertará, o encolerizará
al académico moderno, pero tales reacciones sólo son
típicas de una enfermedad social más amplia: la incapacidad,
como Lyndon LaRouche ha subrayado en repetidas ocasiones, de reconocer
la diferencia esencial entre el humano y la bestia. Al igual que
cualquier enfermedad, ésta se propaga a través de
agentes infecciosos que atacan las defensas de la víctima,
haciendo que el propio sistema de la víctima actúe
como un agente agresor. La cura para semejantes condiciones consiste
en fortalecer las inmunidades naturales de la población amenazada,
permitiéndole, no sólo combatir la enfermedad, sino
desarrollar una resistencia permanente a sus efectos. En este caso,
esas
inmunidades naturales son los poderes cognoscitivos de la mente
humana. De ahí los efectos terapéuticos de los ejercicios
pedagógicos y del arte clásico.
Lo que Leibniz, Gauss y sus predecesores de la antigüedad entendieron,
es que la distinción esencial entre el hombre y el animal
es la capacidad de la mente humana de ir más allá
del dominio de los sentidos, para descubrir ahí aquellos
principios invisibles que gobiernan los cambios percibidos en el
universo físico. Sin embargo, al ser invisibles, esos principios
sólo pueden descubrirse mediante cambios (movimientos) en
el dominio de los sentidos.
Este dominio, a su vez, da paso a paradojas acerca de la relación
entre lo visible y lo invisible. En consecuencia, lo que hay que
comprender es la interacción aparejada entre lo visible y
lo invisible. El movimiento físico da lugar al movimiento
voluntario (la pasión) de la mente, de un estado dado a otro
superior.
Como indica Leibniz, ningún sistema formal —como el
álgebra o la geometría euclidiana— puede representar
esta característica de cambio que nace de la interacción
entre lo visible y lo invisible. Sólo una geometría
del cambio, como la “esférica” preeuclidiana
de Tales y la escuela pitagórica, la geometría del
movimiento asociada con Arquímedes, Eratóstenes y
Apolonio, con el cálculo infinitesimal de Leibniz, o con
el concepto de Gauss del dominio complejo, tiene semejante poder.
Al igual que los orígenes del descubrimiento del dominio
complejo, también las raíces de sus adversarios se
remontan a las culturas mediterráneas antiguas de Egipto
y Grecia. El método de ataque ha sido el de inducir a la
falsa creencia
de que los mundos físico visible e inmaterial invisible no
interactúan, sino que están herméticamente
separados. Esta creencia es típica de las sectas misteriosas
de las antiguas culturas persa y babilónica. Los eleáticos
(tales como Parménides y Zenón) pretendían
introducir esta per-versión en la cultura griega, en contra
de Herá-clito y los pitagóricos, insistiendo que el
cambio es sólo una ilusión y no existe.
Sócrates
vs. los sofistas
Sócrates hizo picadillo el argumento eleático de Parménides,
así que, después de eso, aquéllos a los que
ahora llamaríamos satánicos cambia-ron de táctica,
expresando la misma intención perversa en la forma de sofismas
tales como admitir que el cambio existe, pero definiendo entonces
el cambio, de forma arbitraria, como lo contrario del Bien, y definiendo
el Bien como aquello que no cambia y no es corrompido por el cambio.
Sin embargo, luego de que Platón desacreditó los trucos
del sofismo, Aristóteles propuso el mismo mal en una nueva
guisa, al tiempo que se distanciaba formalmente de los sofistas.
Por ejemplo, en su Ética a Nicómaco Aristóteles
dice: “Por esto Dios siempre goza de un mismo y sencillo deleite,
porque no solamente el deleite es ejercicio de movimiento, pero
aun también de quietud, y aun más consiste el deleite
en quietud que en movimiento. Pero la mudanza de todas las cosas,
como dice el poeta, es una cosa muy aplacible, por cierta imperfición
y falta de natura. Porque así como el hombre malo es fácil
de mudar de un parecer a otro, así también es mala
naturaleza aquella que tiene necesidad de trastocarse, porque ni
es sencilla, ni moderada en su bondad”. (La Ética de
Aristóteles).
Aristóteles adoptó esta misma perspectiva hacia el
movimiento físico, afirmando, en su Física y metafísica,
que el movimiento se origina sólo dentro de un cuerpo, y
que el movimiento irregular, por implicar mayor cambio, es de un
grado menor que el movimiento regular, el cual es de un grado menor
que el estado de reposo.
Al igual que los sofistas y los eleáticos, Aristóteles
no estaba desarrollando un argumento original, sino reaccionando
contra la reiterada demostración de Platón de que
lo material y lo inmaterial van aparejados: “El origen de
este mundo está, en efecto, en la acción simul-tánea
de la necesidad y de la inteligencia. Superior a la necesidad la
inteligencia la persuadió dirigiera hacia el bien a la mayor
parte de las cosas que nacen y porque la necesidad se dejó
persuadir por los consejos de la sabiduría, es por lo que
fue primeramente formado el universo”. (Timeo).
Y es el poder de conocer el universo mediante la interacción
entre lo visible y lo invisible, entre lo temporal y lo eterno,
lo que representa la naturaleza humana. El cambio es una característica,
no del vicio y la maldad, sino de la perfección: “La
observación del día y de la noche y las revoluciones
de los meses y de los años nos han proporcionado el número,
revelado
el tiempo e inspirado el deseo de conocer la naturaleza y el mundo.
Y así nació la filosofía, el más preciado
presente que los dioses le han hecho y podrán hacer jamás
a la raza mortal. . . Dios, al crear la vista y dárnosla,
no ha tenido más objeto que ponernos en condiciones, después
de que hayamos contemplado en el cielo las revoluciones de la inteligencia,
de sacar partido de ellas para las revoluciones de nuestro propio
pensamiento, las cuales, por desordenadas que sean, son de la misma
naturaleza que las primeras por bien ordenadas que sean, a fin de
que instruidos por este espectáculo y tomando parte de la
rectitud natural de la razón aprendamos, imitando los movimientos
perfectamente regulares de la divinidad, a corregir la irregularidad
de los nuestros.
“La misma observación referente a la voz y al oído
y por las mismas razones no los donaron los dioses. . . Y si la
voz tiene la facultad de apoderarse de los sonidos musicales, cuya
importancia es incontestable, es a causa de la armonía, y
ésta, cuyos movimientos son semejantes a los de nuestra alma,
al que cultiva con inteligencia el comercio con las musas no le
parece que tenga más destino que el de procurarnos frívolos
placeres, los solos que se le piden hoy día; al dárnosla,
las musas han querido ayudarnos a reglar y a poner de acuerdo entre
sí a las caprichosas revoluciones de nuestra alma. Y nos
han dado igualmente el ritmo como un medio de reformar las maneras
desprovistas de mesura y de gracia que se observan en la mayoría
de los hom-bres”. (Timeo).
La tensión en esta ironía socrática de los
principios inmutables del cambio, es el medio por el cual el hombre,
y el universo ente-ro, se autoperfeccionan. Como Kepler nota en
su Nueva astronomía, es la tensión del descubrimiento
de que las órbitas planetarias no son circulares la “que
da lugar a un poderoso sentido de maravilla, el cual a la larga
lleva a los hombres a buscar las causas”.
Quita esa tensión, como hacen Aristóteles, Leonhard
Euler, Louis de Lagrange, etc., y extirparás del hombre su
naturaleza humana, dejándolo indefenso contra aquellas fuerzas
oligárquicas que pretenden esclavizarlo.
La
raíz cuadrada de –1 y el movimiento
Aparte del problema del desapasionado (o más probable-mente
enfurecido) aristotélico de corazón, surge una dificultad
persistente para aquellos que quieren comprender el descubrimiento
de Gauss del dominio complejo. La dificultad estriba en entender
la importancia física de la raíz cuadrada de –1.
Para Euler, Lagrange y Jean le Rond d’Alembert, la raíz
cuadrada de –1 es sólo una definición desapasionada
de la solución a la ecuación x 2 +1=0. Toda la tensión
asociada con su existencia desaparece con la afirmación de
que es una definición de algo que es “imposible”.
¿Para qué me preocupo de algo que es
imposible?
La dificultad para la persona seria que busca asimilar la idea de
la raíz cuadrada de –1 surge del hábito obstinado
de empezar con un conjunto de axiomas, postulados y definiciones
que son indiferentes al universo físico, para llegar, mediante
una serie de pasos lógicos, a la raíz cuadrada de
–1, y de allí buscar algún significado físico
de este número lógicamente definido.
Todos estos esfuerzos son, como suele decir LaRouche, “como
tratar de ordeñar un cabrón, y agarrar el producto
con un cedazo”. Gauss recalcó que la raíz cuadrada
de –1 implica un principio físico, uno que, dijo, “tiene
las implicaciones más profundas para la metafísica
de la teoría del espacio”. Un estudio de los primeros
borradores de Gauss revela que su desarrollo del dominio complejo
vino de las paradojas del “problema de Kepler”, mismas
que seguían irresueltas en el cálculo infinitesimal
de Leibniz.
Con eso en mente, junto con lo arriba dicho, el significado físico
de la raíz cuadrada de –1 puede demostrarse, como indicó
Leibniz, conceptualizando la sucesión unificada de descubrimientos
desde Pitágoras hasta Gauss. Es sólo mediante este
enfoque irónico, polifónico, que puede vislumbrarse
la importancia física de la raíz cuadrada de –1.
Esto puede hacerse de forma bastante eficiente si uno ha dominado
los principios generales expresados en los descubrimientos de doblar
el cuadrado y el cubo, y de la catenaria. Deja a un lado toda noción
algebraica formal, junto con aquellas nociones fijas de corte euclidiano
de la geometría. Mira estos descubrimientos desde la perspectiva
del movimiento. El descubrimiento de que al cuadrado lo dobla (o
lo convierte en dos) un principio diferente que una línea,
queda de manifiesto en la determinación de Pitágoras
de la inconmensurabilidad entre el lado de un cuadrado de área
1 y el lado de un cuadrado de área 2. Esta relación
determina un nuevo tipo de magnitud, el cual, al igual que todos
los números, no es susceptible de definición formal
fuera de la relación física que la origina. En otras
palabras, la raíz cuadrada de 2 no es el número 1,14142135.
. . sino una magnitud que sólo existe en la relación
física de dos cuadrados cuyas áreas tienen una proporción
de 1:2.
Platón relata en el Teetetes que esta magnitud es sólo
un caso especial de toda una clase de magnitudes, que pueden caracterizarse
como la relación entre una media geométrica y dos
extremos.
No obstante, a toda esta clase de magnitudes no puede generarla
más que un tipo de movimiento físico, la acción
circular. Sin embargo, al doblar el cubo surge un tipo enteramente
nuevo de magnitudes. Como afirma Platón en el Timeo, si Dios
hubiera hecho un mundo plano, sólo fuera necesario tener
una media entre dos extremos; pero Dios lo creó sólido,
por eso es necesario encontrar dos.
Del modo que la construcción de Arquitas lo demuestra, este
nuevo tipo de magnitud no puede generarse por la acción circular,
sino que requiere una acción circular que actúe de
forma ortogonal sobre otra acción circular. Esta acción
sobre la acción es la que genera el toro, el cilindro y el
cono de la famosa construcción de Arquitas. Más tarde,
Menecmo y Apolonio demos-traron la forma más general del
principio de la construcción de Arquitas mediante el desarrollo
de las secciones cónicas. Para ellos, así como para
Arquímedes, Eratóstenes y demás, era esta forma
superior de acción física, expresada por el movimiento
que actúa sobre el movimiento, la que generaba las relaciones
que se manifiestan en los cuerpos sólidos, tales como los
cuadrados y los cubos. A diferencia de lo que Aristóteles
afirma, el movimiento no se origina en los cuerpos. Los cuerpos
tienen su origen en el movimiento.
Para recapitular: las magnitudes asociadas con una media geométrica
entre dos extremos son de una especie generada por un principio
de movimiento, es decir, por la acción circular, y las magnitudes
asociadas con dos medias geométricas son de una especie generada
por otra clase de movimiento, es decir, por la acción cónica.
La
‘clase de clases’
Sin embargo, como Leibniz y Jean Bernoulli indicaron, esta última
forma de movimiento (cónico) en realidad genera una clase
de clases de magnitudes. Cada clase separada se caracteriza por
el número de medias entre dos extremos, y se identifica con
un tipo específico de poder (por ejemplo, el cuarto poder
requiere tres medias geométricas entre dos extremos, el quinto
poder implica cuatro medias geométricas, etc.). Leibniz llamó
a tales magnitudes “algebraicas” o “poderes algebraicos”.
A las magnitudes asociadas con la clase de clases superior, Leibniz
las llamó “trascendentales”. Estas magnitudes
trascendentales existen fuera del dominio de lo algebraico. No obstante,
ambas están conectadas, porque las trascendentales superiores
generan a las algebraicas inferiores. Como establece Leibniz, las
trascendentales son las que expresan las relaciones
que surgen en el universo físico.
La importancia física de las dos primeras clases de poderes
algebraicos, los cuadrados y los cubos, es evidente en los problemas
de Pitágoras y Arquitas. ¿Cuál es la importancia
física del movimiento que genera la clase entera de poderes
algebraicos? Ésta radica en la solución de Leibniz
al problema de la catenaria. En tanto expresión del principio
de acción mínima, la catenaria es la forma que cobra
una cadena suspendida que está inmóvil. Pero, como
Leibniz demuestra, la inmovilidad de la cadena refleja el movimiento
que generan las magnitudes trascendentales superiores. En el caso
de la catenaria, ese movimiento se expresa como dos curvas exponenciales
(ver figura 1).
La catenaria visible, indica Leibniz, es la media aritmética
entre dos curvas exponenciales. Pero esa es sólo la mitad
de la historia. Parafraseando a Platón en el Timeo, puesto
que Dios hizo la catenaria con dos exponenciales, ¿cuál
es la naturaleza de la media que las une? O, en otras palabras,
¿qué acción física produce dos exponenciales
juntas? Podemos darnos una idea viendo las otras expresiones de
la relación exponencial, como la hipérbola y la espiral
logarítmica. En los tres casos existen dos formas distintas,
la izquierda y la derecha (ver figura 2).
Estas dos formas no pueden transformarse la una en la otra dentro
del plano de su existencia visible. Pero, como demuestra la catenaria,
el universo físico sólo está contento cuando
ambas formas se unen en una. ¿Cuál es la naturaleza
de las especies de movimiento que unen a las exponenciales izquierda
y derecha? Ese movimiento representa una rotación ortogonal
del plano visible de las dos curvas (ver figura 3). (Estas figuras
sólo tienen el propósito de ilustrar. Te recomiendo
que construyas los modelos físicos de este movimiento).
Ésta es la acción que Gauss entendió como la
acción física que da origen a la raíz cuadrada
de –1. Para visualizar esto, mira una de las exponenciales.
La misma genera todos los poderes algebraicos, creciendo en una
dirección y decreciendo en
la otra (ver figuras 4a, 4b, 4c, 4d y 4e).
Ahora ve la otra exponencial. Hace lo mismo, pero en la dirección
en que una crece, la otra decrece, y viceversa. Desde este punto
de vista, ambas son mutuamente excluyentes. No obstante, la catenaria
las une. Si llamamos, como hizo Gauss, a una exponencial positiva
y a la otra negativa, entonces las dos están unidas por la
media geométrica entre 1 y –1, o la raíz cuadrada
de –1.
¿Existe físicamente la raíz cuadrada de –1?
Sólo pregúntale a la catenaria. ¿Puede verse?
Sí, pero sólo por los humanos. No por los animales
ni por los aristotélicos.
—Traducción de Manuel Hidalgo.