Los tres niveles de la matemática: semillas del renacimiento
![]() La escuela de Atenas (detalle de Arquímedes), por Rafael Sanzio Por
Jonathan Tennenbaum Hasta
ahora no conocemos el desarollo inicial del lenguaje hablado. Las observaciones
astronómicas que se registran en los cantos vedas, que se cantaban y
que pasaron de generación en generación mucho antes de que se escribieran,
fijan cronológicamente esos himnos en fechas no menos de 6.000 años
antes de la actual; en ese entonces el sánscrito era ya un lenguaje
completo y bien elaborado. La estructura básica de los lenguajes indoeuropeos,
incluidos todos los lenguajes europeos modernos, y también el ruso y
otros lenguajes eslavos, se establecio hace miles de años y no ha cambiado
en lo fundamental desde entonces. Lo mismo se puede decir del chino;
igualmente de los lenguajes semitas, como por ejemplo el hebreo y el
árabe, y otros. A pesar de que han ocurrido muchos cambios, los lenguajes
que hablan los seres humanos en la actualidad son, en esencia muy antiguos. No
se puede decir lo mismo ni de la matemática ni de la música. La matemática,
como parte de un lenguaje cuyo desarrollo se correlaciona muy directamente
con el crecimiento del poder del hombre sobre la naturaleza en los últimos
2.500 años, ha evolucionado en una serie de revoluciones, en las cuales
su contenido y su forma han crecido y cambiado de una manera más bien
dramática. Este desarrollo más reciente del componente matemático (o
en un sentido más amplio, del componente geométrico) del lenguaje ,
es mucho más accesible para nosotros que el período inicial de desarrollo
del lenguaje hablado. Esperamos que del lenguaje matemático podamos
aprender algo de gran valor respecto a la mente humana. Si
observamos el panorama del desarrollo de la matemática en los últimos
2.500 años, hay dos acontecimientos específicos que se destacan, en
tanto revoluciones de un tipo relativamente más profundo. El
primero de estos acontecimientos ocurrió hace aproximadamente 550 años,
y tiene que ver con el trabajo de Nicolás de Cusa y el inicio del Renacimiento
Dorado en Europa en los siglos 15 y 16. El segundo, mucho más reciente,
data de hace 100 años cuando Georg Cantor elaboró el transfinito, culminando
con su descubrimiento de lo que él bautizó con el nombre de las series
alef.. Estos dos acontecimeintos marcan una división de la matemática
en tres niveles o dominios, tanto desde un punto de vista de su desarrollo
histórico como el de su existencia actual. Estos tres niveles de la
matemática se correlacionan con tres formas diferentes de reflexión
sobre el universo. El
primer nivel, “A”, podemos identificarlo históricamente con la denominada
geometría euclidiana de los griegos, tal y como la uso Arquímedes, por
ejemplo. El segundo nivel, “B”, se caracteriza por el gran desarrollo
iniciado con la introducción de lo que se conoce como funciones no algebraicas
o funciones trascedentales. Ese desarrollo empezó, fundamentalmente,
con Nicolás de Cusa, fue trasmitido a través de los geómetras del Renacimiento,
tales como Brunelleschi y Leonardo da Vinci; y floreció completamente
en las últimas décadas del siglo 17, en particular, con los trabajos
de Huygens, Leibniz y Bernoulli. Siglo y medio después encontramos que
Riemann ya estaba llevando a su límite este dominio de la matemática,
y poco después Cantor verdaderamente abrió paso hacia el nuevo universo
del transfinito. El tercer nivel, “C”, el dominio caracterizado
por el tipo de pensamiento encarnado en las series alef de Cantor, aún
está en pañales , en su etapa inicial. Es un nene muy bello. Propongo que demos un breve vistazo a estos tres niveles, no considerados
en sí mismos, sino para comprender mejor la clase de cambio en la manera
de pensar que ocurre al pasar de un nivel al siguiente; es decir, cómo
llegamos de “A” a “B”, y luego de “B” a ”C”. Antes
de empezar con nuestro tema permítanme advertirles que no es mi propósito
aquí llegar a una precisión de tipo formal. Todo lo contrario; estoy
obligado a emplear una forma metafórica de hablar. Espero que al final
quede claro por qué esto es necesario. En
segundo lugar, si algunas de las ideas y términos son extraños para
muchos de ustedes, no se dejen desconcertar. Estos temas son simples
en lo fundamental, aunque, en realidad, bastante profundos; además es
un poco difícil condensarlos en una charla corta. Simplemente acudan
a los representantes del Instituto Schiller más cercanos y acósenlos
hasta que se los expliquen. O si no son capaces, a lo mejor pueden trabajar
con ellos. No duden en desafiarlos; son gente muy valiente. El
nivel “A” La
forma de matemática ampliamente conocida como la geometría euclidiana
se codificó, como aproximación de un sistema deductivo lógico, alrededor
del año 300 antes de Cristo. Aunque los famosos trece libros de los
elementos de Euclides, en ciertos aspectos importantes, sólo representan
distorcionada y unilateralmente lo que era realmente la geometría griega,
podrían bastar como ejemplo negativo de lo que aquí me propongo; esto
es, ubicar la clase de limitaciones o restricciones que Nicolás de Cusa
superó al lanzar la revolución que condujo al siguiente nivel de la
matemática, el nivel “B”. La
geometría euclidiana aborda la cuestión de la organización del espacio
y de todas las formas espaciales posibles, e intenta reducirlas a elementos
fundamentales que se relacionan entre sí de varias maneras conforme
a ciertas reglas o leyes. El
elemento básico es el punto. Este se considera como un tipo de idea
obvia que no requiere demostración. El segundo elemento es la línea
recta, de nuevo considerada como entidad autoevidente. El tercero es
el plano. Y entre las relaciones básicas entre estos, la geometría euclidiana
postula, por ejemplo, que por dos puntos dados sólo puede pasar una
línea recta (ver la Gráfica 1).
Además
del punto, la línea recta y el plano, la geometría euclidiana introduce
otro elemento: el círculo, que conlleva un concepto de longitud, distancia
o medida. El círculo, considerando su circunferencia, pareciera consistir
de todos los puntos que se encuentran a cierta distancia fija de un
punto fijo que es el centro. En el espacio la forma correspondiente
es la esfera. De esta manera tenemos estas especies de objetos: punto,
línea recta, plano, círculo, esfera. Y ahora
tratamos de contruir o explicar todas las formas en el espacio a partir
de estos elementos. Esto conduce de inmediato a las famosas construcciones
con regla y compás.
Construimos varias clases de triángulos, ya que son las más simples
de las formas (ver la Gráfica 2). Después, rectángulos y polígonos
de varios tipos, y las formas sólidas correspondientes. Examinamos las
relaciones de proporción y magnitud, primero en tanto segmentos definidos
por pares de puntos sobre una línea. Inventamos formas de reproducir
o dividir cualquier segmento en dos, tres o cualquier número de segmentos
iguales, para poder sumar y restar longitudes y multiplicar y dividirlas
según las leyes de la proporcionalidad. Todas estas operaciones se pueden
expresar mediante una taquigrafía llamada álgebra. Luego
pasamos a las áreas y volumenes . Descubrimos relaciones tan bellas
como la que se atribuye a Pitágoras, que se refiere al área de los cuadrados
formados en los lados de un triángulo en que uno de sus ángulos es recto,
y que se puede demostrar dividiendo un cuadrado grande de dos formas
diferentes (ver la Grafica 3). Y así, vamos avanzando.
Pero
en la geometría euclidiana elemental de las figuras planas, encontramos
ya muy pronto paradojas y anomalías; problemas que se pueden formular
muy fácilmente, pero que no se pueden resolver dentro del mundo de la
geometría euclidiana misma. Esas anomalías marcan los límites externos
de la geometría euclidiana, que no alcanza a explicar del todo su propia
existencia; hay fenómenos que en ella no tienen explicación. Por
ejemplo, encontramos el fenómeno de la inconmensurabilidad entre segmentos
de distintas líneas. Podemos compartir la perplejidad de los primeros
geómetras al darse cuenta de que, cuando la diagonal y el lado de un
cuadrado se dividen en un número arbitrario de segmentos iguales, nunca
se llega a una medida común, a un segmento que quepa un número exacto
de veces en ambos. Este descubrimiento lleva a la creación de varias
especies de números en un intento de “cerrar” las brechas que hay en
la línea entre las fracciones ordinarias o números racionales.
Otra
anomalía tiene que ver con la división de un círculo mediante la inscripción
de polígonos regulares, de lados iguales (ver la Gráfica 4).
Es sencillo construir un triángulo equilátero en un círculo; también
es fácil hacer un cuadrado, cuyos vértices dividen la circunferencia
del círculo en cuatro arcos iguales. También podemos construir un polígono
regular de cinco lados, el pentágono, aunque la construcción es de una
forma curiosamente diferente, que sólo se puede entender a cabalidad
desde un punto de vista más avanzado. El exágono, o polígono regular
de seis lados, vuelve a ser fácil. Pero el que sigue, el heptágono,
de siete lados, desafía completamente cualquier solución exacta con
regla y compás. Aquí parece que nos topamos con un verdadero límite
de la geometría euclidiana. Todo está íntimamente relacionado con otro famoso problema: la llamada cuadratura del círculo (ver la Gráfica 5).
Y se
trata de esto: ¿Cómo construir un cuadrado cuya área interna sea exactamente
igual a la de un circulo dado? Un enfoque obvio, que se remonta a la
antigüedad, es aproximarse al círculo por medio de un polígono regular
con un número suficientemente grande de lados. Para quien conosca este
tipo de geometría, es cuestión sencilla dividir un polígono regular
en triángulos rectángulos, reorganizarlos en un rectángulo y, finalmente,
encontrar el lado de un cuadrado cuya área sea igual a la de ese rectángulo.
Si se usa un polígono inscrito en el círculo, el área del cuadrado correspondiente
será ligeramente menor al área del círculo; el “error” es la pequeña
área entre los lados del polígono y los arcos subtendidos del círculo. De
la misma manera, si circunscribimos un polígono al círculo, obtenemos
un área que es ligeramente mayor. El promedio de los dos valores nos
daría una buena aproximación. Por ejemplo, encontramos al geómetra chino
Liu Hiu, el año 264 después de Cristo, más o menos, que usó un polígono
de 3.072 lados para obtener un valor aproximado con presición hasta
el quinto decimal. Hasta
donde sabemos, Arquimedes, alrededor del año 250 antes de Cristo, fue
el primero en considerar no uno o dos, sino una serie completa de polígonos
inscritos y circuncritos con un número de lados cada vez mayor. El procedimiento
más sencillo es empezar con un triángulo o con un cuadrado, e ir duplicando
el número de vértices y de lados. Basta bisectar los arcos circulares
o lados correspondientes de cada polígono sucesivo. Así, por ejemplo,
a partir de un cuadrado inscrito, se puede construir el octágono, un
polígono de 16 lados, de 32, de 64, y así sucesivamente (ver la Gráfica
6).
Arquímedes llamó a este enfoque el “método de exhaución”, y en realidad
es fácil ver que el área del polígono muy rápidamente “llena” el área
circular conforme aumenta el número de lados. El área restante –el “error”,
como lo hemos llamado–, se reduce a menos de la mitad cada vez que doblamos
el número de lados del polígono. Hipotéticamente, si se sigue lo suficiente
por esta serie, se puede reducir el error hasta la mínima magnitud que
queramos. Estrictamente hablando, sin embargo (y esto es lo que más mortifica),
nunca se llagará en forma precisa a un verdadero error cero. Siempre
hay una pequeña discrepancia, representada por los pequeños pedacitos
en forma de media luna que quedan entre cualquier polígono y el círculo
(ver la Gráfica 7).
Mucho
más dramática es la situación que surge si tomamos la esfera en lugar
del círculo. En este caso tratamos de aproximarnos a la superficie de
la esfera mediante superficies limitadas por secciones de planos; en
otras palabras, por poliedros. Y entre estos, los de propiedades más
parecidas a la esfera son los poliedros regulares, análogos a los polígonos
regulares, que tienen caras simétricas e idénticas. He aquí que hallamos
que sólo se pueden construir cinco de esos poliedros, los famosos “sólidos
platónicos”: el tetraedo, el cubo, el octaedro, el dodecaedro y el icosaedro.
En realidad todos se reducen a uno solo, ya que todos los sólidos se
pueden derivar rápidamente del dodecaedro. No existe un procedimiento
sencillo de duplicación, análogo a lo que hicimos con lo polígonos,
y en todo caso ninguno que preserve las propiedades de simetría. Aquí
aparece, pues, en forma muy tangible e irreductible, una discrepancia
fundamental entre el mundo lineal de los planos y las líneas rectas,
y el mundo curvo de la esfera. La
revolución de Cusa Nicolás
de Cusa apareció a mediados del diglo 15 y empezó a reeleborar lo que
Arquímedes había hecho 1.700 años antes, y a llevar el trabajo de Arquímedes
a sus límites conceptuales. Cusa se preguntó, regresando al enfoque
de la “exhaución”: ¿podemos considerar que los polígonos convergen hasta
identificarse con la circunferencia del círculo? O, usando una forma
paradójica de hablar, ¿se hacen los polígonos iguales al círculo “en
el infinito”? ¿Podríamos decir, entonces, que el círculo es un polígono
con un número infinito de lados? Nicolás de Cusa respondió a estas preguntas
con un categórico ¡no! Cusa
subrayó que la diferencia entre el círculo y los polígonos no es simplemente
de magnitud, sino de cualidad o especie. Nicolás lo planteó de la siguiente
manera:
El
perímetro del círculo, en cambio, cambia de dirección continuamente,
y en ese sentido todos los lugares geométricos de la circunferencia
son completamente equivalentes entre sí (ver la Gráfica 8b).
De esa forma, la existencia de discontinuidad en los vértices distingue
absolutamente al polígono del círculo. ¿Y qué pasa cuando aumenta el
número de lados del polígono? Las discrepancias que representan los
puntos de discontinuidad direccional crecen en número y densidad. Por
ejemplo, tras duplicar cincuenta veces el número de lados a partir de
un cuadrado, llegamos a una situación en la que un grado de arco del
círculo correspondiente contiene ya más de diez billones de puntos de
discontinuidad del polígono. Evidentemente, aunque las áreas de los
polígonos se van aproximando a la del círculo en simple cantidad total,
sus perímetros se apartan cada vez más desde el punto de vista cualitativo. Esto
tal vez podría expresarse diciendo que hay un “no sé qué” muy delgadito
que separa al círculo no sólo de cualquier polígono individual, sino
del conjunto o suma de todos los polígonos habidos y por haber. Es algo
que ni tiene magnitud expresable, al menos en el sentido común y corriente,
pero de todas formas es algo que existe. Es de un grosor menor que cualquier
cantidad medible, pero rehusemos decir que es cero. Podemos concebirlo
como una zona de transición entre dos mundos, dos cualidades de existencia:
de la poligonía a la circularidad. Es lo que llamamos una singularidad.
Partiendo del mundo de los polígonos tan sólo podemos llegar a tocar
esa singularidad, pero no podemos pasar por ella hasta el universo del
círculo. Hasta
aquí pareciera que las observaciones de Cusa son completamente negativas.
¿Está tratando de quitarnos lo que nos dejó Arquímedes? Pero agreguemos
una última observación, y veremos que lo que acabamos de obtener es
muy valioso: El hecho de que el polígono nunca puede llegar a ser círculo,
ni siquiera con un hipotético “número infinito” de lados, nos fuerza
a concebir en forma totalmente diferente el círculo y toda la geometría. Si
el círculo es inaccesible desde el mundo de los polígonos, ¿de dónde
proviene? Pues el círculo, en cuanto forma, es la simple huella de un
movimiento circular que en sí mismo es resultado de la acción de rotación
(ver la Gráfica 9). Y Nicolás de Cusa consideró el movimiento
rotatorio como la única y más directa reflexión del ser –es decir, del
proceso de creación del universo mismo– en el dominio visible de la
forma y el movimiento. Esa correspondencia se demuestra, como posteriormente
lo subrayó Cusa, por lo que se denomina la característica isoperimétrica
o de acción mínima de la acción rotatoria.
Esta
nueva visión del círculo pone a toda la geometría euclidiana bajo una
nueva luz, al mismo tiempo que la trasciende. Observamos que las formas
elementales de la geometría euclidiana se derivan todas de la acción
circular. Por ejemplo, si empezamos con la acción circular, generamos,
en primer lugar, el círculo. Pero si al círculo recién creado se le
aplica de nuevo la rotación, de tal forma que el círculo se pliegue
sobre sí mismo, se obtiene entonces, como singularidad del proceso de
plegado una línea recta que es el diámetro del círculo. Si se dobla
de nuevo, se obtiene un segundo diámetro que interseca al primero lo
que crea un punto. Con
más pliegues –más grados de rotación– se van generando los vértices
de los polígonos de los que antes nos valíamos para tratar de aproximarnos
al círculo: el ángulo no es otra cosa que el resultado de la rotación.
Pareciera, pues, que la rotación permea a toda la geometría, como sustancia
subyaciente, pero al mismo tiempo yace apenas más allá del alcance de
la propia geometría euclidiana. A partir
de las observaciones puramente negativas de Cusa, que identifican una
barrera absoluta que separa al círculo de todos los polígonos, hemos
trascendido los límites de la geometría euclidiana y empezamos a ascender
a un ámbito más elevado de la matemática. Ahora comienza el desarrollo
de un nuevo tipo de geometría en el que prima el cambio, el movimiento,
el lugar de la forma en sí. Es el movimiento lo que genera las formas,
y una cualidad de cambio que determina las características de lo que
llamamos, en su conjunto, espacio-tiempo físico. El
nivel ‘B’
Ahora
bien, si miramos el trabajo de Leonardo da Vinci en el diseño de máquinas,
en anatomía, hidrodinámica y su concepto de ondas de luz y de sonido,
etc., queda claro que Leonardo estaba impregnado de la concepción geométrica
que apenas comenzamos a desarrollar. El desarrollo formal de una geometría
fundamentada en la acción circular empieza mucho más tarde, con los
trabajos de Christian Huygens, Gottfried Leibniz, y Johann Bernoulli.
Dicho en las palabras de Leibniz, este trabajo “abre la fuente y el
cofre del tesoro de las funciones no algebraicas”. Todo
lo que se hace, en esencia, es descubrir un universo entero de formas
o especies de movimiento, partiendo tan sólo de la acción circular.
Este principio demuestra muy bien la construcción de Huygens de los
diferentes cicloides. Tomemos
un círculo y hagamos rodar por su circunferencia, ya sea por dentro
o por fuera, un segundo círculo más pequeño (ver la Gráfica 10-a).
Entonces, el movimiento de un punto fijo, cualquiera que sea, en el
círculo pequeño, describe una curva, que en general se llama cicloide.
¿Qué pasa aquí? La curva se genera por dos especies simultáneas de acción
circular: primero, el centro del círculo pequeño está girando en torno
al centro del círculo grande; y, segundo, el círculo pequeño, a su vez,
gira en torno a su propio centro. Obsérvese que cuando los radios de
los dos círculos son conmensurables (es decir, que guardan relación
de números enteros), entonces los cicloides cierran, y los puntos singulares,
llamados cúspides, definen las posiciones de los vértices de los polígonos
regulares. Quizás
los polígonos debieran considerarse simples sombras de estas entidades
superiores, los cicloides cerrados. Al mismo tiempo, vemos que la mayor
parte de la aritmética elemental y la teoría de los números está contenida
en la conducta de estos cicloides. Surge un caso interesante cuando
los radios de los cicloides no son conmensurables; entonces las cúspides
forman una serie uniformemente densa por toda la circunferencia del
círculo grande (ver la Gráfica 10-b). Para
el caso especial de un círculo pequeño que rueda sobre una línea recta,
considerada ésta como el borde de un círculo “muy grande”, la distancia
rectilínea entre cúspide y cúspide es igual a la circunferencia del
círculo menor (ver la Gráfica 10-c). Con esto, quienes tengan
alguna pericia en geometría verán fácilmente como “cuadrar el círculo”.
Una
vez que se ha construido un cicloide mediante lo que podríamos llamar
la rotación doble, ¿qué nos impide seguir avanzando? Podemos rodar un
tercer círculo en el cicloide o, alternativamente, rodar una porción
del cicloide en un círculo, o en otro cicloide (ver la Gráfica 10-d).
En cada caso un punto fijo de la curva en movimiento describe una nueva
curva. Obviamente este proceso se puede continuar indefinidamente. El
mismo principio, de otra manera, subyase la construcción de Huygens
de la llamada involuta de una curva (ver la Gráfica 10-e). Tomemos
cualquier círculo, atémosle en algún punto una cuerda y envolvámosle
una parte alrededor del círculo. Ahora desenvolvamos lentamente la cuerda,
manteniendola tensa. El movimiento del extremo de la cuerda describe
una nueva curva, una especie de espiral, llamada la involuta del círculo
originario. A primera
vista, este movimiento pareciera completamente diferente del que genera
al cicloide. Pero si lo examinamos más detenidamente no encontramos
otra cosa que una combinación de dos grados de acción de rotación, pues
en cualquier momento del proceso puede verse que el final de la cuerda
gira alrededor del punto en el que la cuerda toca el círculo. En ese
momento ese punto se ha convertido en lo que los geómetras llaman el
centro de la curvatura. Al mismo tiempo, ese centro de contacto se está
moviendo, está rotando a lo largo del círculo originario. De esta manera
tenemos dos grados de rotación. El
aspecto adicional, si se le compara con el cicloide, es que el radio
del segundo grado de rotación –la distancia entre el final de la cuerda
y el punto de contacto con el círculo– crece constantemente. Si avanzamos
un poco más aprendemos a generar envolturas de curvas, incluida la famosa
“cáustica” producida por los rayos de luz reflejados en un espejo curvo
(ver la Gráfica 11-a). ¿Qué
nos impide ahora abrir aún más el “cofre del tesoro” de las nuevas curvas?
Al
aplicar las operaciones de involución y de rodar una curva sobre otra,
a la totalidad de las curvas ya generadas a partir de un punto dado,
se produce una nueva generación de curvas. Se crea una especie de proceso
evolutivo. Pero observemos que la acción de rotación permanece en todos
los casos como el “principio hereditario” subyacente al proceso de generación. Ahora,
como ya lo subrayo Leibniz, las curvas de esta creciente familia no
se pueden describir con los métodos del álgebra ordinaria. El álgebra
fracasa ya desde el caso del cicloide más sencillo. Leibniz bautizó,
pues, esta nueva familia con el nombre de curvas “no algebraicas” o
“trascendentales”. La
taquigrafía del álgebra sólo sirve si se introduce toda una serie de
símbolos y operaciones nuevas, como las integrales y diferenciales de
Leibniz. Pero no se puede explicar ni dar cuenta de ninguna dentro del
mundo lineal del álgebra misma; uno siempre tiene que referirse al proceso
de generación externo al álgebra, razón por la que el cálculo de Leibniz
causó tanta conmoción entre los matemáticos, y la sigue causando hasta
la fecha. Pero
esto es apenas una primera muestra del cofre del tesoro de las funciones
no algebraicas. Tomemos
ahora un círculo y hagámoslo rotar sobre su diámetro; generamos una
superficie: la esfera (ver la Gráfica 11-b). Fijemos un círculo
pequeño en ángulo recto a la circunferencia de un círculo más grande.
Hagamos girar el círculo mayor: generamos un toro (ver la Gráfica
11-c). Fijemos cualquier otra curva al círculo grande y hagámoslo
girar: se crea el tipo general de superficie que se conoce como superficie
de revolución. Esta nueva fuente de funciones trascendentales fue aprovechada
especialmente por Gaspard Monge y sus colaboradores en la Ecole Polytechnique
de fines del siglo 18. Por
ejemplo, al rotar una línea obtenemos conos e hiperboloides (ver la
Gráfica 11-d). Ahora
tomemos cualquier superficie de revolución, y cortémosla con una serie
de planos. La intersección de la superficie con cualquier plano es una
nueva curva. Los
que conozcan de geometría sabrán que al cortar un cono obtendremos,
según el corte que decidamos, círculos de varios tamaños, elipses, parábolas
e hipérbolas anchas o delgadas. Al
cortar un toro, por ejemplo, por planos paralelos, se obtiene una familia
de curvas de un orden superior que, hasta donde yo sé, aún no se les
ha dado nombre (ver la Gráfica 11-e). Pero cualquiera de ellas
se puede tomar como base para un proceso posterior de generación, formando
superficies de revolución de ellas, o produciendo sus involutas. De
esta manera, una sola curva puede generar, vía su superficie de revolución,
toda una familia de curvas y nuevas superficies (ver la Gráfica 11-f);
y así, ya las contiene todas en forma potencial. Si lo pensamos un poco,
de veras es algo extraordinario. Baste
lo dicho, a modo de rápida incursión en el mundo de las funciones no
algebraicas. Antes de seguir en nuestra travesía, permítanme señalar
que esta generación de curvas no algebraicas de un orden cada vez más
elevado es al mismo tiempo una exploración de posibles diseños de máquinas. Tan
pronto se introduce mediante la actividad de la mente, como lo hizo
Cusa, el concepto de una nueva calidad de cambio, y el universo manifiesta
su concordancia con experimentos cruciales de los que realizó Leonardo
da Vinci y posteriormente, en el caso de la luz, Römer y Huygens, entonces
ya estamos listos para una revolución tecnológica. Esto fue exactamente
lo que ocurrió con el rápido desarrollo de las máquinas, anticipado
por Leonardo da Vinci y que tomó vida explosivamente con la revolución
industrial. Fue por esta razón que Leibniz y Huygens se refirieron a
las funciones no algebraicas como “curvas mecánicas”: son curvas descritas
por las piezas de máquinas. Existe mucho más que una simple analogía
entre la generación de órdenes superiores de curvas y superficies, y
el progreso de la tecnología. Reflexionando sobre esto, tenemos que preguntarnos: ¿Cuáles son
los límites de este mundo de las funciones no algebraicas? Observemos
primero lo siguiente: El
universo de las funciones no algebraicas es uno en que el concepto de
cambio conlleva una idea de movimiento. Pero también hay un concepto
implícito de cambio de cualidad o especie de movimiento. Cuando se procura
entender el universo físico desde el punto de vista del concepto de
movimiento, es preciso dividir en especies las cualidades del movimiento. Una
característica de las funciones no algebraicas es que se desarrollan
por especies. Ya tuvimos un atisbo de ello en la distinción que hizo
Cusa entre los polígonos y el círculo. La elaboración de las curvas
no algebraicas lleva a una gran multiplicidad de nuevas especies de
funciones, y ocasiona una pregunta de mayor alcance: ¿Será posible enumerar
esas especies mediante algún tipo de función? En
otras palabras, supongamos por un momento que el concepto de la acción
circular multiconexa, eleborada en las formas que he indicado, cubre
todos los modos de cambio en el espacio-tiempo físico. ¿Podrá ahora
definirse ese espacio-tiempo mediante una función que incluya todas
las cualidades o especies de movimiento generados por la acción circular? También
preguntamos: ¿Es posible que haya otro tipo de cambio en nuestro universo
que no sea el movimiento sino que podría ser la causa más inmediata
del movimiento y del cambio en la cualidad del movimiento? Con esto
ya entramos en el problema del llamado campo cuántico. Teoría de Funciones El
intento de abarcar toda la gama de posibilidades de las funciones no
algebraicas y establecer sus relaciones desde el punto de vista de la
especie, se llama teoría de funciones. Carl Gauss y Bernhard Riemann
, en particular, lograron llevar la teoría de funciones hasta el punto
en que llegó Georg Cantor a transportarnos, con su extraordinaria intuición,
al mundo del transfinito. Basten
por ahora algunas breves indicaciones. Gauss adoptó el método de relacionar
todo a la esfera, donde cualquier traslación ocurre en forma de rotación.
Esto conduce, entre otras cosas, a lo que se llama el dominio complejo.
Cuando se redefinen las funciones trascendentales desde el punto de
vista de ese dominio esférico o complejo, se eliminan ciertos rasgos
artificiales del ordenamiento del espacio euclidiano, y se revela en
forma maravillosa la organización interna de estas funciones. Siguiendo esos lineamientos de la obra de Gauss, Riemann mostró
cómo caracterizar una función del dominio complejo tan sólo desde el
punto de vista del tipo y la conGráficación de sus singularidades, sin
relacionarlas con magnitudes escalares. Esto reduce la determinación
de las especies de funciones trascendentales a un problema del analisis
situ o topología. Riemann
también intentó caracterizar el proceso por el cual una función puede
“saltar” de una especie inferior a una superior. La introducción de
una nueva singularidad en una función corresponde al caso en que un
proceso físico es conducido hasta sus límites y más allá, en tanto esos
límites parecen ser determinados por una tasa finita de propagación
de la acción dentro de ese proceso. En ese momento se llega a lo que
los físicos llaman un cambio de fase: surgen nuevas cualidades en el
proceso, acompañadas (en el feliz caso de ser un proceso negatoentrópico)
de un aumento del número de grados de libertad. Riemann mostró cómo
se pueden construir funciones que pasan por una serie de cambios de
fase, de la especie o estado S1 al estado S2, a S3, y así sucesivamente. Por
esa época Riemann, Weierstras y otros estaban llevando a sus límites
el concepto general de función”. ¿Cuál sería una serie de funciones
completamente arbitraria, la serie más general de funciones matemáticas?
¿Es posible abarcar el tipo más general de curvas con algún método uniforme
de representación? La forma más importante de representación que la
gente veía era la llamada serie de Fourier. Esencialmente, el método
de Fourier era explicar los cambios dentro de una función dada desde
el punto de vista de las fases cambiantes relativas de un número muy
grande de procesos cíclicos; una especie de cicloide múltiple generalizado. La
revolución de Cantor Cantor
empezó su trabajo sobre la teoría de las funciones estudiando el problema
de representar una función arbitraria de la llamada serie de Fourier,
y encontró que la representación de Fourier tenía una falla frecuente:
por lo general, habrá un dominio singular en el que una función dada
no concuerda con su serie de Fourier. Entonces, tal como indico Cantor,
las especies de funciones se pueden ordenar según su grado de irrepresentabilidad,
como lo refleja la densidad de singularidades en cada intervalo. Esto
implica que las especies de funciones tienen un rango u ordenamiento
natural conforme va aumentando la densidad de singularidades. Este
tipo de cosas ya las vimos en nuestra discusión del círculo y los polígonos.
Cada uno de los polígonos representa una especie, con 4, 8, 16
y más singularidades así sucesivamente. Estas especies estón ordenadas
de manera natural en el orden ascendente del aumento de la densidad
de sus singularidades –los vértices– en la circunferencia del Círculo. Obsérvese además que cada especie contiene a la anterior en el siguiente
sentido: el cuadrado se obtiene de inmediato uniendo los lados del octágono,
por ejemplo, de dos en dos. Nótese también que cada especie superior
se obtiene por la simple acción de doblar el número de lados. Ahora
bien; ya hemos observado que el círculo permanece, digámoslo así, por
encima de toda la serie de especies de polígonos y de cada uno de ellos,
generándolos a todos por acción circular. Así, al parecer se completaría
el ordenamiento si agregamos, después de todas las especies de polígonos,
por así decirlo, la especie circular: [P4, P16, P32 ...],
...? ..., C Los
corchetes significan todo el sistema ordenado de especies de polígonos
cuyo número de lados son potencia de dos. Cusa insistió en que el círculo
es absolutamente diferente de cada uno de los polígonos y de la suma
de todos ellos. Ello plantea la interrogante de si no habrá otra especie
ubicada en el espacio entre el círculo y los polígonos. Cantor responde
definitivamente esta pregunta con un “sí”. Sin tratar de representar
una Gráfica concreta de cómo sería la forma de esa especie, simplemente
imaginemos una especie hipotetica S que será la “primera
especie posterior o superior a la de los polígonos” y que representa
únicamente aquella porción del poder de acción universal que sea exactamente
suficiente para generar todos los polígonos. Algo
parecido se puede apreciar en un dibujo en perspectiva de un ferrocarril
que se va al infinito como tratando de llegar a una estrella, pero converge
en cambio en un punto de fuga sobre el horizonte, abajo de la estrella,
que sigue infinitamente lejos. El punto de fuga es la especie S;
la estrella es la especie de la acción circular. Lo
que hizo entonces Cantor fue desarrollar lo que podríamos llamar una
teoría general de tipos de ordenamiento de las especies. En esa teoría
general se deja completamente a un lado la naturaleza particular de
las especies que se ordenan, y sólo se examina la relación mutua en
que se ordenan. Así, podemos aplicar el método de Leibniz de analisis
situ. Empecemos con la serie simple de especies S1, S2 ..., Sn en
la que S2 es el sucesor
natural de S1, S3 el sucesor natural
de S2, etc. Tal serie
podría continuar indefinidamente, como los polígonos, agregando grados
de libertad en cada paso. La
cualidad de cambio encarnado en la serie S1, S2, S3 ..., que es la
causa inmediata de la progresión de cada especie hacia la siguiente,
constituye una especie superior a cualquiera de los términos individuales
de la serie. Llamemos a esto la especie superior S’.
Siguiendo a Cantor colocamos S’ inmediatamente arriba
o después de la serie S1, S2, S3 ..., en cuanto
es su sucesor natural: [S1, S2 ...], S’ Observen algo interesante que Cusa ya señaló en el caso del círculo
y los polígonos: pareciera como si un número literalmente infinito de
pasos separara la primera especie, S1, de la especie
superior S’. Ese tipo de infinidad numérica en realidad
es apenas un reflejo paradójico del hecho que no se puede llegar a
S’ , la especie superior, partiendo de las especies inferiores
Sn tomadas en sí y por sí mismas; es decir, separadas del
principio universal creativo (el absoluto) que es el mismo en todas
las cosas y permanece por encima de todo. Ahora
bien; la especie S’, no siendo en absoluto, en sí misma
puede progresar. Ahora podemos empezar a ver por qué Cantor utilizó
el término “transfinito” para describir este tipo de ordenamiento.
Así, empezando con S’ tenemos la serie anterior. [S1, S2, S3 ...], S’,
S’2, S’3 ... De
nuevo habrá una especie superior sucesiva S”, que encarna el principio
de cambio generando esta segunda serie y constituye la siguiente especie
después de esa serie: [S1, S2, S3 ...], [S’1, S’2, S’3 ...], S” Podemos
seguir así con S’, S”, S”’, y así sucesivamente,
pero el principio es claro. Refelexionen en eso por un momento: “el
principio es claro”. Ya nuestra mente ha formado el concepto de una
serie superior S, S’, S”, S”’ ...
que trasciende la primera serie original, y también la segunda y la
tercera y la cuarta y las demás en nuestro ordenamiento de series. Esa
serie superior encarna en sí misma una cualidad superior de cambio,
especie que podríamos denominar T y que yace fuera del
alcance de todas y cada una de las especies del tipo S,
constituyéndose en sucesor necesario en su ordenamiento. ([S1, S2 ...], [S’, S’1, S’2 ...], S”, S”1, S”2 ...], {S”’, S”’1, S”’2 ...], ...), T Pero T, por supuesto, empieza una nueva serie, y así
sucesivamente. Estamos explorando las primeras bases de lo que Cantor
bautizó con el nombre de números de segunda clase. Ahora
surge una nueva idea en nuestra mente. Todo el proceso por el cual empezamos
con la primera especie S1 y llegamos por
fin a T, ¡podría aplicarse también a T !
Claro que ese ya no sería el mismo proceso, literalmente, pero sería
equivalente en el sentido del concepto de analisis situ de Leibniz.
Así, formalmente hablando, podemos asociar otra copia de todo el ordenamiento
a T, simplemente reemplazando en todas partes S
por T. La siguiente especie superior, que encarna la cualidad
de cambio de toda la serie T, la llamaríamos U. ¡Ajá!
Si reflexionamos sobre todo el proceso de ir de S a T
como un tipo específico de transformación , y el mismo tipo nos lleva
de T a un nivel U aún más elevado, entonces
tenemos el concepto de una serie S, T, U, V, etc., y una
cualidad de cambio encarnada en toda esa serie, que está por encima
de todos los procesos que hasta ahora hemos discutido. Ya vemos el camino
hacia un nivel más alto de desarrollo transfinito. Para
continuar esta exploración sin que nos dé vértigo y nos caigamos de
la cumbre, se necesitaría una especie de mapa de la clase general de
ordenamientos que van surgiendo. Cantor lo proporcionó (o por lo menos
hizo el intento) con su teoría de los tipos ordinales transfinitos y
una clase especial de notación, que juega en los ordenamientos transfinitos
un papel similar al conocido sistema decimal para los números naturales.
Pero esa construcción formal no es esencial para nuestra presentación. Se
reconocerán algunas semejenzas entre lo que venimos haciendo y lo que
hicieron Leibniz, Huygens y Gaspard Monge al abrir el manatial de las
funciones no algebraicas. También es del mismo tipo de cosa en que se
entra cuando exploramos el Motivführung y el principio de las
variaciones musicales. De hecho, el transfinito de Cantor no es otra
cosa que el analisis situ, el principio subyaciente de ordenamiento
de todos estos tipos de procesos de desarrollo. Pero
tadavía no hemos llegado a lo más importante; hasta ahora sólo le hemos
puesto el andamiaje. Empezamos con la pregunta de si es posible enumerar
todas las especies posibles mediante una función matemática única, tal
y como Riemann y otros plantearon implícitamente el problema. La estremecedora
respuesta a esta pregunta abre el camino a la famosa serie de los alef
de Cantor, y conduce nuestro viaje a feliz término. Reflexionemos un poco sobre el tipo de proceso que empezamos a desplegar.
En cualquier punto de ese proceso, todo el ordenamiento de las especies
comprendidas hasta ese momento se pueden enumerar implícitamente; simplemente
tenemos que volver a trazar los pasos que nos llevaron hasta allí. ¿Y
qué del principio que nos sigue impulsando a extender el proceso cada
vez más? Ese proceso lo impulsamos formando en nuestra mente el concepto
de una nueva cualidad de progresión, a la cual le damos el nombre en
tanto función matemática. Al
desarrollar el proceso fundamentados en este concepto, nos damos cuenta
de sus limitaciones o su relativa finitud, y al mismo tiempo se forma
un nuevo concepto. Mas tan pronto se concibe como función una serie
de desarrollo –es decir, una progresión ordenada del tipo que hemos
indicado– en ese punto exacto empieza una nueva fase de desarrollo más
allá de esa función. ¡Ajá!
Eso quiere decir que el potencial, el poder de este proceso de formación
de conceptos, trasciende el concepto mismo de función, al menos en el
sentido de función que hemos heredado del nivel “B” de la matemática.
A la usanza de Cantor, llamamos “alef cero” (N 0) al poder de ese concepto ordinario de función, enumeración u ordenamiento
de valores. Luego llamamos “alef uno” (N 1) al poder del
concepto de un principio generador del proceso transfinito que acabamos
de describir, mediante un proceso de concebir funciones cada vez superiores,
proceso que por su naturaleza misma trasciende cualquier función posible. Ahora
bien, observemos que N 1 es el sucesor
necesario de N 0, aunque están
separados por lo que podría parecer una gran brecha insalvable y casi
indescriptible. Observemos además que N 1 es absolutamente
inalcanzable por medio de lenguaje alguno. No podemos comunicarlo de
manera directa, lineal, sino que tan solo puede ser evocado,
hecho surgir, en el proceso creativo mental de la mente de otra persona.
N 1, en este sentido,
sólo se puede transmitir por medio de metáforas. Pero
aún así –y esto es fundamental– N 1 es un objeto
de pensamiento definido de manera muy precisa. Se trata de la acción
creativa, o de la formación creativa de conceptos en general, en un
sentido muy vago; tampoco de trata de Dios. Pero es ese objeto de pensamiento
inmediatamente superior a cualquier concepto de función de la matemática
ordinaria, de función, y que inmediatamente genera ese concepto. Podemos
decir que N 1 es el tipo de
nivel de realidad física que inmediatamente confina desde afuera al
espacio-tiempo físico. Al
haber convertido ahora esta capa limitante inmediata en objeto de la
conciencia, impulsamos la física a nuevo dominio: un renacimiento científico. En
cierto sentido, el concepto de función heredado del nivel “B” de la
matemática, ahora juega el papel que jugaron los polígonos para Nicolás
de Cusa. Eso nos dice también que el espacio-tiempo normal de la física
matemática actual está limitado externamente por algo diferente, de
lo que apenas ahora venimos a formarnos un concepto. Hemos
llegado a un Stretto. ¿Hará
falta decirles que hay alef superiores y que en realidad hay
toda una serie transfinita de éstos? Pensemos en el paso de N 0 a N 1. Eso caracteriza,
creo que muy bien, el paso revolucionario de Cantor del nivel “B” de
la matemática, el dominio de la teoría de funciones, al nivel “C”, fuente
y cofre del tesoro del transfinito. Ahora
comparemos ese paso al paso que dio Nicolás de Cusa, del nivel “A” al
nivel “B”. ¿Acaso no hay una especie de equivalencia superior entre
estas dos revoluciones? Ahora regresemos y miremos lo que Lyndon LaRouche
ha estado escribiendo sobre las hipótesis superiores y la acción de
formular hipótesis sobre las hipótesis superiores. ¿No
sugiere esto que estamos en el umbral de un nuevo renacimiento? Ya hemos
dado los primeros pasos. No faltará quién diga: ¿Qué? ¿Un nuevo renacimiento?
Están locos? ¡No lo he visto en la televisión! Pues no lo verán, al
menos al principio. Pero no olviden que para cosechar las flores debemos
tener primero las semillas. Y éstas las estamos sembrando ya. |