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Grecia,
hija de
Egipto
I Parte |
por Susan Kokinda
En el año 490 a.c., 11.000 griegos enfrentaron a 30.000 persas en una
planicie al norte de Atenas, llamada Maratón. Un siglo antes, los persas
emprendieron desde su tierra una campaña de pillaje y conquista hacia
el oeste, en lo que hoy es Irán; derrotaron a todos a su paso: Babilonia,
Asiria, toda la península Turca, el norte de Grecia, la gran civilización
milenaria de Egipto. Al parecer nada podía detenerlos.
Pero en dos días de batalla, los griegos derrotaron a los persas, sufriendo
menos de 200 bajas e inflingiéndoles más de 6.000 a sus fuerzas. Diez
años después, en la batalla naval de Salamina, los griegos derrotaron
de nuevo a los persas destruyendo a su flota, númericamente superior.
En ambas batallas los griegos desplegaron fuerzas superiores, desde
los comandantes hasta los soldados comunes. Sin embargo, las diminutas
ciudades estado griegas apenas se habían recuperado, en los últimos
200 años, de una larga edad oscura que duró varios siglos.
En los siglos antes y después de la batalla de Maratón, la civilización
griega floreció con una ciencia, un arte y un estadismo basados en el
método de conocer y actuar sobre el universo. Entre los dones de este
método clásico están el Renacimiento dorado europeo del siglo 15, la
unión más perfecta de la Constitución de los Estados Unidos, y la ciencia
que puso al hombre en la Luna.
Sin embargo, desde aproximadamente 1200 a 800 a.c. la península griega
pasó por una edad oscura. Sus grandes ciudades, como Pilos y Micenas,
quedaron en ruinas, su lenguaje escrito se perdió y su nivel de población
se vino abajo. Cien años después, alrededor del 700 a.C., Homero escribió
sus grandes obras épicas la Ilíada y la Odisea, que presentaban, en
forma de drama, las lecciones de ese desplome, y la semilla de su solución.
Luego, en el 600 a.C. las ciudades estado griegas en la Grecia continental
y en la costa jónica de Turquía comenzaron a recuperarse. Los albores
del siglo 6 a.C. vieron surgir las grandes reformas políticas de Solón
de Atenas, y el trabajo científico de Tales de Mileto y de Heráclito.
Al final de ese siglo Grecia estuvo en posición de derrotar a los persas.
¿De dónde vino esta civilización que desarrolló de forma tan repentina
el poder de derrotar a los antes inconquistables persas, y de desatar
tales nuevas capacidades revolucionarias para la humanidad?
La respuesta es: Egipto.
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Lyndon LaRouche describió
hace poco a la Grecia clásica como la “hija de Egipto”. Los
grandes personajes del siglo 6 a.C. – Solón, Tales y Pitágoras-
eran, en efecto, los hijos de Egipto, pues todos y cada uno
de ellos viajó a Egipto y estudió con los sacerdotes astrónomos
y geómetras egipcios. A través de ellos, y de otros, Egipto
transmitió una ciencia; un método para conocer el universo que
alcanó su cumbre actual en los trabajos de Carl Gauss, Bernhard
Riemann y Lyndon LaRouche. No obstante, los historiadores modernos
de la ciencia han rechazado de forma universal el papel de Egipto
en relación a la ciencia, la astronomía y las matemáticas, como
muestran los siguientes ejemplos:
“Al ver el conjunto de las matemáticas egipcias, uno no
puede escapar al sentimiento de decepción por el nivel matemático
general... Las matemáticas babilónicas... aportaron una base
para las matemáticas griegas... No necesitamos establecer una
hipótesis sobre una matemática superior egipcia perdida”.
- B.L. Van der Waerdan; Science Awakening (Noordhoff,
1954). |
“Las matemáticas y la astronomía desempeñaron un papel uniformemente
insignificante en todos los períodos de la historia egipcia... las
matemáticas y la astronomía prácticamente no tuvieron ningún efecto
sobre las realidades de la vida en las civilizaciones antiguas”.
- O. Neuegebauer;
De Exact Sciences in Antiquity (Dover, 1969).
“Los griegos le deben mucho más a los babilonios que a los egipcios”.
- Thomas L. Heath;
Greek Astronomy (Dutton, 1932)
Tampoco encontraremos en los escritos antiguos disponibles muchas
pruebas literarias del papel de Egipto en esas esferas. Sólo se han
descubierto unos cuantos papiros con escritos matemáticos científicos,
la mayoría de la época del Imperio medio de Egipto (2000 – 1800 a.c.),
y ninguno de la gran era de las pirámides del Imperio antiguo. De
Pitágoras, la figura central en esta transmisión de ideas, no queda
ningún escrito, ni tampoco de ningún otro pitagórico de su generación.
Pero si miras con tu mente, en vez de con tus sentidos, las pruebas
son abundantes.
| El perímetro de
la
base de la Gran Pirámide
es el mismo que el de la
circunferencia dada,
tomando como
radio la altura de ésta,
o, lo que es lo mismo,
dividiendo el
perímetro de la base
de la Gran Pirámide
por el doble de la altura
obtenemos el número Pi. |
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La Gran Pirámide
no sólo determina la cuadratura del círculo, sino que también
determina la "cubatura" de la esfera. Algo extraordinario, aunque
arqueólogos y matemáticos se empeñen en decir obcecadamente que
"en la pirámide no hay ningún asunto de números". |
La pirámide
de Keops
tiene esta
extraña
propiedad,
según recoge
Herodoto:
El cuadrado de la altura
coincide con el área
de una de sus caras |
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De
Egipto a Platón, a Kepler
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El viaje comienza con una comparación
de un pasaje de Kepler con uno de Platón. Kepler, en la introducción
del libro 5 de La armonía del mundo, rinde homenaje a la
importancia de Egipto: “Soy libre de mofarme de los mortales con
la franca confesión de que me estoy robando los vasos de oro de
los egipcios, para construir con ellos un templo a mi Dios, lejos
del territorio de Egipto. Si me disculpan, me regocijaré; si se
enojan, lo soportaré. La suerte está echada, y estoy escribiendo
un libro para mis contemporáneos, o bien para la posteridad. El
libro podrá esperar por cien años para encontrar un lector, puesto
que Dios esperó seis mil años un testigo”. |
Kepler
se hace eco de un pasaje de Las leyes de Platón, en el que
éste, en la persona del ateniense extranjero, cita los mismos “vasos
de oro”: “Aún hay, por supuesto, tres temas para que el nacido libre
estudie. El cálculo y la teoría de los números forman un tema; la
medición de la longitud, la superficie y la profundidad hacen un segundo;
y el tercer tema es la verdadera relación del movimiento de las estrellas
unas a otras... Entonces, el nacido libre debe aprender tanto de estas
cosas como un gran número de muchachos aprenden en Egipto con sus
cartas...Los niños deberían jugar con tazones que contengan oro, bronce
y plata, y cosas parecidas entremezcladas, o los tazones pueden distribuirse
como enteros”.
¿A qué juegan los niños? A lo inconmensurable, como elabora a continuación
el extranjero. En sus preguntas a Cleinias, establece que éste cree
saber lo que quiere decir “línea”, “superficie” y “volumen”. Luego:
Ateniense: ¿Acaso
no te parece que todos son conmensurables (medibles) unos con otros?
Cleinias: La mayoría
seguramente.
Ateniense: Pero
supón que no puede decirse lo mismo de algunos de ellos, ni con mayor
ni menor seguridad, sino que en algunos casos es verdad y en otros
no; y supón que crees que es vedad en todos los casos. ¿Cuál crees
que es tu estado mental a este respecto?
Cleinias: Claramente,
que es insatisfactorio.
Ateniense: De nuevo,
¿qué hay de las relaciones de la línea y la superficie con el volumen,
o de la superficie y la línea una con otra? ¿Acaso no es cierto que
todos los griegos imaginamos que de uno u otro modo son conmensurables?
Cleinias: En efecto.
Ateniense: Entonces,
si esto es absolutamente imposible, aunque todos los griegos lo imaginemos
posible, ¿no estamos obligados a avergonzarnos por ellos, diciéndoles:
“Queridos griegos, esta es una de esas cosas por las que decimos que
la ignorancia es una desgracia?”
Con este breve pasaje de las Leyes Platón nos dio la esencia
del “qué” y el “quién” está detrás del desarrollo de la Grecia clásica:
el “quién” es Egipto, el “qué” es una matemática con una base geométrica,
por lo que las cuestiones que involucraban lo inconmensurable eran
fundamentales. Platón desarrolla varias paradojas que abordan lo inconmensurable
en Menón, Teetetes y Timeo.
Muchos lectores estarán familiarizados con la “introducción” de Platón
al diálogo del Menón, que trata de que la diagonal del cuadrado
es inconmensurable con su lado. El que en el curso de este diálogo
Anito (quién más tarde ayuda en el juicio y ejecución) amenace a Sócrates
por su método, quizá presagia el reconocimiento de Kepler de que algunos
se “enfurecerán” con tales ideas.
Pero es en el Teetetes y en el Timeo en donde Platón
establece, directamente, la deuda que se tiene con Egipto. El Teetetes
comienza por introducir el necesario concepto de “poder” o dúnamis.
El poder que crea un cuadrado o un cubo es una acción en el universo,
una acción que la mente puede conocer, pero que no se reduce a la
certeza sensorial de los números del dominio visible. Los dos personajes
de este diálogo, además de Platón, eran dos verdaderos geómetras que
hicieron avances fundamentales. El más viejo de los dos, Teodoro,
viene de la ciudad griega-egipcia de Cirene, ubicada al extremo occidental
de Egipto y dominada por el templo del dios egipcio Zeus Amón. Teodoro
es el maestro del joven Teetetes, quien descubre la cualidad singular
de los cinco sólidos platónicos.

Sólidos platónicos
El
Timeo
En su obra maestra, el Timeo, Platón es aún más directo en
identificar la deuda de Grecia con Egipto. Platón inicia el diálogo
donde su tío, Critias, relata el viaje de su ancestro Solón a Egipto,
y su instrucción con los sacerdotes de la Heliópolis. Cuando los sacerdotes
le echan en cara a Solón que los griegos son unos niños y que no conocen
las cosas antiguas, le dicen que la civilización y el conocimiento
egipcios se remontan a 9.000 años atrás (es decir, a 9600 a.C.). Con
esa introducción, Platón desarrolla su composición sobre el universo
en una discusión pitagórica de astronomía, armonía y geometría.
En efecto, Pitágoras fue la figura decisiva en la transmisión del
conocimiento egipcio a Grecia. El 6 a.C. fue el siglo de Solón. Tales
y Pitágoras, y fue el siglo en el que la potestad en este método de
pensamiento pasó de Egipto a Grecia. Iamblico, un biógrafo de Pitágoras,
escribió en el siglo 3 d.C. que fue Tales, el científico jónico, quien
mandó a Pitágoras a Egipto:
“Cuando cumplió 18 años de edad, surgió la tiranía de Polícrates,
y Pitágoras previó que bajo tal Gobierno se interrumpirían sus estudios...
Así que partió en secreto, de noche (de la isla de Samos)... acudiendo
a Ferécides, al filósofo natural Anaximandro y a Tales de Mileto...
Tras aumentar la reputación que ya tenía Pitágoras, al comunicársele
que el supremo Tales podía enseñarle, éste, en razón de su avanzada
edad, le aconsejó a Pitágoras que fuera a Egipto para ponerse en contacto
con los sacerdotes de Menfis y Zeus (sacerdotes de Amón-ndr.).
| “Tales
confesó que la instrucción que recibió de estos sacerdotes era
la fuente de su propia reputación de sabiduría, aunque ni sus
propias dotes o logros igualaban a los que eran tan evidentes
en Pitágoras. En vista de todo esto Tales insistió que si Pitágoras
había de estudiar con estos sacerdotes estaba seguro de que
se convertiría en el más sabio y divinal de los hombres... Él
[Pitágoras] visitó a todos los sacerdotes egipcios, adquiriendo
toda la sabiduría que cada uno poseía. Así pasó veintidós años
en los santuarios de los templos estudiando astronomía y geometría,
e iniciándose de ningún modo casual o superficial en todos los
misterios de los dioses”.
Revisando las diferentes oportunidades en que Platón identifica
a Egipto como el manantial de una tradición geométrica, astronómica
y armónica intrínseca al estudio de los inconmensurables, hasta
la historia de los viajes y estudios de Solón, Tales y Pitágoras
en siglo 6 a.C., debíamos preguntarle al señor Van der Waerden
y sus correligionarios por qué piensan que las matemáticas superiores
egipcias o están “perdidas”, o no existen. Quizá, como sugiere
Kepler, sea por la cólera que induce el vivir dentro de una
mente reduccionista que sólo puede ver las sombras proyectadas
sobre la pared de la caverna.
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Dejen
que hablen las estrellas y las piedras
Pero, ¿dónde encontramos en el propio Egipto antiguo los orígenes
de las tradiciones pitagórica y platónica? La respuesta es: en los
cielos.
Comencemos con un ejercicio para liberar tu mente de las nociones
reduccionistas de los números de la certeza sensorial, y de la idea
de un universo compuesto de partículas discretas infinitamente divisibles.
Mira al cielo como lo hicieron los antiguos. Imagínate a ti mismo
en la meseta de Gizeh (la de la Gran Pirámide y la Esfinge) en el
año 2500 a.C. o antes. Nada obscurece el cielo en ninguna dirección.
Ninguna luz artificial disminuye nunca el brillo de las estrellas
y otros cuerpos celestes. Piensa en el movimiento diario del Sol,
un período; o en el movimiento anual del Sol, un período; en las diferentes
fases de la luna, o de los planetas; cada uno diferente, pero cada
uno un período. Si estás atascado en un mundo de números contables
discretos, puedes irritarte con facilidad, pues ninguno de los períodos
encaja con el otro (¿por qué necesitamos años bisiestos? ¿Es suficiente
la adición de un día cada cuatro años en el transcurso de los siglos?).
La observación astronómica ¡te lleva de inmediato a un universo lleno
de inconmensurables!
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No
obstante, cada período es Uno, y la mente comienza a luchar con
el concepto de unicidad, con el de las relaciones entre las “unicidades”,
y con una unicidad superior, o una unicidad superior que pueda
abarcar las relaciones de todos los ciclos inconmensurables.
El jeroglífico egipcio que representa el “uno” deja clara esta
perspectiva antigua del mundo. Toma el símbolo () y ponlo de lado;
representa una boca abierta. ¿Por qué? Porque cuando Ptah, el
dios crador, creó el universo, lo hizo hablando (“Al principio
era el verbo...”). Para los egipcios, la idea del Uno es la idea
de un solo principio universal de creación. Todo en la existencia
se desenvuelve desde el Uno, una idea que Kepler replicó más tarde
cuando usó la palabra “dianoia” (mediante la mente) para
discutir el desenvolvimiento del universo desde la mente de Dios. |
Ahora, infla un globo, enciende una fuente de luz (el Sol) en el centro
del cuarto. Juega con el movimiento diario y anual de la Tierra alrededor
de su eje y alrededor del Sol. ¿En qué dirección gira la Tierra con
respecto al Sol de modo que éste “salga por el Este y se ponga por
el Oeste”? Pronto descubrirás que todo en el cielo, que ves con los
sentidos, es una inversión de los movimientos verdaderos de la Tierra.
Ahora, tomemos uno de los mayores ciclos astronómicos; la rotación
de aproximadamente 26.000 años del Eje de la Tierra, llamada precesión
del eje de la Tierra, o precesión de los equinoccios. (ver figura)
Observa en tu globo que el eje de la Tierra no es perpendicular al
plano del sistema solar (el piso de tu cuarto), ya que tiene un ángulo
de 23° con respecto a la perpendicular. Hoy, el eje apunta a Polar,
nuestra actual Estrella Polar. Gira este eje en un ciclo de 26.000
años. Notarás que diferentes estrellas se convertirán en la “Estrella
Polar” en ese período de tiempo.
Esta
rotación tiene una dirección contraria a la rotación diaria
y anual de la Tierra. Así que, en los miles de años de este
ciclo, hay estrellas y constelaciones que giran lentamente “hacia
atrás” en el cielo. Una constelación aparecerá poco después,
el mismo día, cada año. Usa tu mente para pensar en los movimientos
reales de la Tierra, y cómo eso se traduce en lo que ves con
tus ojos en el cielo. Así, hoy, en el equinoccio vernal, el
Sol sale en Piscis, como lo ha hecho por casi 2.000 años. En
varios cientos de años más saldrá por Acuario (de ahí esa música
ambiental o de supermercado que escuchamos por doquier).
La idea de que este período precesional de 26.000 años puediera
ser importante para las civilizaciones antiguas, o registrado
por ellas, es un anatema para la oligarquía. Después de todo,
según ellos, la civilización comenzó en Mesopotamia apenas en
el 3000 a.C. aproximadamente; muy poco tiempo como para percatarse
siquiera de un ciclo de 26.000 años. Aún así, los cambios precesionales
de las constelaciones en el cielo aparecen en toda la literatura
y las sociedades antiguas (la obra de Bal Ganfadhar Tilak, Orión,
se cuenta entre las más competentes de una literatura cada vez
más extensa sobre la materia, en los últimos cien años más o
menos). |
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