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¡Iberoamérica a la conquista del espacio!

El astronauta peruano Carlos Noriega da una caminata espacial (izq.);
Cohete brasileño VLS en su plataforma de lanzamiento(ctro.);
por
Marsha Freeman
Por
más de 15 años, el astronauta costarricense Franklin Chang-Díaz ha encabezado
una campaña de apoyo para crear una agencia espacial iberoamericana,
con un concepto parecido al de la Agencia Espacial Europea, que realiza
proyectos a gran escala con la participación de 15 naciones. En octubre
del 2000, el doctor Conrado Varotto, director de la Comisión Nacional
de Actividades Espaciales de Argentina, hizo una propuesta concreta
para crear dicha agencia espacial para todas las naciones de Iberoamérica,
basada en actividades conjuntas entre las dos potencias espaciales de
la región, Brasil y Argentina, con "objetivos específicos y detallados
comunes".1
Pero,
¿es este el momento adecuado para una iniciativa tan audaz?
Argentina sufre una crisis financiera que amenaza su propia existencia.
La economía, que opera bajo el peso de decenas de miles de millones
de dólares de deuda ilegítima e impagable, casi se ha paralizado. La
importación de medicamentos necesarios para salvar vidas ha cesado,
el comercio internacional está detenido, las fábricas y las granjas
están vacías y a un sector cada vez mayor de la población ni siquiera
le alcanza para comprar comida.
Para
que Argentina sobreviva, se necesita una reorganización financiera que
detenga el pago de la deuda, establezca una moneda soberana controlada
y protegida por el gobierno, y que dirija crédito interno nuevo para
reactivar la agricultura, la producción industrial y el comercio. Estas
son medidas de emergencia a tomarse de inmediato.
En
perspectiva al futuro, Argentina, y todas las naciones de Iberoamérica,
no sólo deben regresar a lo que fue un pasado mejor, sino dar, no pasos,
sino saltos hacia el futuro. Desde su independencia en el siglo 19,
hasta la recolonización financiera del Fondo Monetario Internacional
en 1970, los pueblos de Iberoamérica anhelaban desarrollar su industrias,
su ciencia y su tecnología, al parejo de su vecino desarrollado del
norte.
La
imposición de los mentados "tratados de no proliferación", en especial
por parte de los Estados Unidos, han representado un obstáculo para
Argentina, y para todas las naciones en vías de desarrollo del mundo,
que ha enervado el desarrollo del sector nuclear y de los programas
espaciales, al coartar la transferencia de tecnología avanzada. Al evitarse
tal desarrollo económico las condiciones de atraso persisten, sentando
las bases para el descontento y la guerra civil.
¿Pueden
naciones como Argentina, que sufren una crisis tan grave, darse el lujo
de financiar un programa espacial? ¡No pueden darse el lujo de no hacerlo!
A largo
plazo, no hay nada más importante para la salud de una economía que
el desarrollo de las capacidades científicas y técnico-industriales
de una nación. Los grandes proyectos de infraestructura, como la exploración
del espacio, ponen en movimiento estos recursos, mejoran la educación,
inspiran a los jóvenes y elevan a una nación. Si concentra sus talentos,
capacidades y recursos, Iberoamérica puede ponerse a la vanguardia de
la exploración de la frontera espacial.
Y,
contrario a la creencia común, a Iberoamérica no la conforman países
del "Tercer Mundo" que comienzan un programa espacial desde cero. Estas
naciones tienen ya una larga historia de logros en las esferas de la
astronomía, la aeronáutica y el espacio, así como en las aplicaciones
de la tecnología nuclear y otro tipo de tecnologías avanzadas.
Pioneros iberoamericanos
de la aeronáutica
En
1870, el entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento invitó al científico
estadounidense Benjamin Althorp Gould a Argentina. Gould estuvo asociado
con el bisnieto de Benjamín Franklin, Alexander Dallas Bache, fundador
de la Academia Nacional de Ciencias y adalid de la ciencia estadounidense
en el siglo 19. Gould estudió en Alemania con el científico Carl Gauss,
fue parte del movimiento intelectual del Sistema Americano en Filadelfia
y fundó el Observatorio Dudly en Albany, Nueva York, en los 1850. En
Argentina, Gould fundó y dirigió el observatorio astronómico de Córdoba.
En
los pasos de Alejandro de Humbolt, al lado de un equipo de científicos
argentinos y estadounidenses, Gould estableció el Servicio Meteorológico
Nacional del gobierno de Argentina. De 1872 a 1884, el Servicio construyó
52 estaciones de observación y recolección de información para realizar
estudios del clima y la hidrología de la Patagonia.
En
1885, uno de los asociados de Gould en el observatorio, Walter G. Davis,
se hizo cargo del Servicio Meteorológico, el cual dirigió los siguientes
30 años. En 1910, el Departamento de Agricultura publicó "El clima de
la República Argentina", de Davis, e incluyó los análisis más amplio
del clima, los ríos, la hidrología y las características magnéticas
que se hubiera hecho en cualquier parte de Sudamérica en ese entonces.
Fue el manual para el desarrollo de la navegación, el control de las
inundaciones, la irrigación y la electrificación, que sólo mejorarían
substancialmente décadas después, con el advenimiento de la tecnología
de sondeo remoto desde el espacio.
Pero
para fines del siglo 19, se abría una nueva frontera que prometía darle
al hombre una nueva perspectiva del mundo circundante; el viaje a través
de la atmósfera. En varios países de Iberoamérica, la emoción que despertó
la posibilidad de la exploración tripulada se extendió e impulsó a jóvenes
entusiastas a probar su suerte ante el desafío de volar.
En
Argentina, Jorge Alejandro Newbery (1875–1914), fue miembro activo del
Club Aéreo argentino, y participó en una serie de vuelos en globo. Una
explosión en 1908, en la que su hermano Eduardo falleció, fue un duro
revés para el Club Aéreo. Pero Jorge Newbery, que comprendió la importancia
de desarrollar esta nueva tecnología, mostró un gran valor y tomó parte
en dos vuelos en globo un año después del accidente.

Jorge Alejandro
Newbery (1875–1914)
En
1909, Newbery escribió un artículo para el diario La Nación,
titulado, "Aeronáutica". Ahí, dijo que el "asombro que produce el progreso
en la aerostática (los vuelos en globo-ndr.) no es de sorprender". Él
describe esa tecnología como el "trampolín de una revolución mundial,
no sólo ligada a la ciencia de la guerra, sino que también representa
una vasta contribución al estudio de la meteorología y un paso para
resolver el ideal del transporte cómodo y rápido".
Argentina estaba bien preparada para desarrollar una industria de
la aviación, dice Newbery, razón por la que se fundó el Club Aéreo.
Los vuelos en globo tenían un propósito científico, "al poner en práctica
los estudios teóricos y prácticos realizados en otros países". Usando
los instrumentos apropiados, los globos pueden proveer "información
científica de las observaciones de las capas de la atmósfera, y otras
cuestiones importantes, cuya utilidad ha sido bien apreciada por el
docto director del Servicio Meteorológico, Walter Davis, quien no ha
escatimado sacrificios para contribuir al mejor éxito de los [vuelos
en globo]".
El
valor de Newbery para continuar los vuelos en globo, y el entusiasmo
que generó el artículo aquí citado, revitalizaron al Club. En 1912,
a iniciativa del Club Aéreo, se fundó el campo de aviación militar de
Argentina; el primero en Iberoamérica.
Al
mismo tiempo, "la fiebre de los globos" también contagió al Brasil.
Alberto Santos-Dumont nació en el estado brasileño de Minas Gerais,
en 1873. A los 18 años de edad viajó a París, donde, siete años más
tarde, en 1898, realizó su primer vuelo en globo. Entonces, Santos-Dumont
inició un proyecto para desarrollar su propia aeronave, más ligera que
el aire, impulsada por un motor de combustión interna. Bautizó a su
primer globo, "Brasil". En julio de 1901, dio la vuelta a la torre Eiffel
en su propio dirigible, impulsado por un motor de 15 caballos de fuerza,
que daba potencia a una hélice, volando unos 11,3 kilómetros. Ganó el
premio de 100.000 francos de la Deutsch de la Meurthe, y el "glamoroso
brasileñito", como se le describió, se hizo famoso internacionalmente.

El brasileño Alberto
Santos-Dumont, osado aeronauta y experimentador aéreo,
en uno de sus aeróstatos con motor. Dentro del canasto, suspendido de
la nave,
con un motor que impulsa una hélice rudimentaria, viaja el inventor
y piloto
Santos-Dumont decidió que los aviones, más pesados que el aire,
y no los globos, serían el futuro del vuelo. En 1906, su máquina voladora,
con todo y fuselaje, alas de biplano, un motor Antoinette y una hélice,
estuvo lista para su prueba de vuelo. Sus primeros intentos, el 21 de
agosto de 1906, fallaron debido a la falta de potencia. Pero el 13 de
septiembre, con un motor más grande, voló 7 metros, o 33 pies. Al mes
siguiente, en su segundo vuelo, viajo 60 metros en siete segundos, y
en noviembre de 1906, volando a unos cinco metros de altura, cubrió
una distancia de 220 metros. Este fue el primer vuelo exitoso con motor
que haya logrado alguien aparte de los hermanos Wright, de los Estados
Unidos.
Santos-Dumont también construyó pequeños monoplanos, llamados Demoiselles,
antes de retirarse de sus investigaciones aeronáuticas, en 1910. Murió
en Brasil en 1932, y se le considera el padre de la aviación brasileña.

Henry Farman,
Alberto Santos-Dumont and Gabriel Voisin, 13 de Junio de 1928
En
Perú, el ingeniero Carlos Tenaud Pomar construyó un monoplano de 36
pies en la Escuela de Artes y Comercio de Lima, en 1908. Tenaud se educó
en el Liceo Carnot de Francia, y regresó a Perú para trabajar en el
proyecto. En 1910, se fundó la Liga Nacional Pro Aviación en Perú, y
poco después se estableció el Club Aéreo peruano. Ambos fueron precursores
de la Fuerza Aérea peruana.
El
establecimiento de organizaciones que promovían la aeronáutica en Perú,
se debió en gran parte al trabajo de Pedro Paulet, él mismo un pionero
de la aeronáutica y la tecnología espacial . Mientras otros aún trataban
de diseñar una nave que pudiera volar en la atmósfera, Paulet ya estaba
diseñando una nave que pudiera volar más allá de ella, en el espacio.
Durante sus estudios en París, de 1895 a 1898, Paulet escribió que llevó
a cabo experimentos con un motor de cohete con combustible líquido,
el primero del mundo.

Retando
a pilotos de toda Iberoamérica, abrió nuevos caminos y estableció nuevas
marcas en los primeros años de la aviación. En 1910, el piloto peruano
Jorge Chávez logró el primer vuelo sobre los Alpes; y en 1918, el teniente
Canadalaria, piloto del ejército de Chile, logró el primer vuelo a través
de los Andes, de oeste a este. Poco después, empresas alemanas, francesas
e italianas comenzaron a realizar vuelos comerciales regulares de Europa
a Iberoamérica, entrenando a pilotos locales y estableciendo la infraestructura
aeronáutica.
Este
interés inicial en la aviación en Iberoamérica llevó a la creación de
los institutos de investigación aeronáutica, y, posteriormente, a que
la industria produjera aeronaves militares y comerciales. En el periodo
posterior a la Segunda Guerra Mundial, los principales científicos europeos,
como el experto en aerodinámica alemán Kurt Tank, un ex alumno de Albert
Einstein, se mudó a Argentina. En tanto, en el Instituto Aerotécnico,
Tank diseño el aeroplano argentino "Pulqui II", que se considera al
nivel del MIG-15 soviético. Para 1947, había 392 expertos extranjeros
trabajando en el Instituto Aerotécnico de Córdova.
En
Brasil hubo algunos éxitos parciales en establecer una línea de ensamblaje
de aeronaves, a finales de los treinta. En los cincuenta, el gobierno
reconoció que se necesitaban equipos de personal altamente calificado,
así como una inversión importante de capital, lo que llevó al establecimiento
del Centro de Tecnología Aeronáutica (CTA), descrito como el "MIT de
Brasil", y el Instituto de Tecnología Aeronáutica (ITA), de la Fuerza
Aérea. En esa época también se crearon varias empresas aeronáuticas.
En
la década de los sesenta, la Fuerza Aérea brasileña le asignó a la CTA
la tarea de diseñar, desde cero, un avión bimotor de tamaño mediano
para transporte, para remplazar su vieja flota. El prototipo Bandeirant
(Explorador, o Pionero) se terminó en 1968, y al año siguiente, la Empresa
Brasileira de Aeronáutica S.A (Embraer), se fundó como una empresa estatal
para iniciar la producción de la aeronave. Esto involucró a la industria
privada de Brasil desde el inicio, siendo el 51 por ciento de la empresa
propiedad del gobierno y 49 por ciento de los accionistas. Se privatizó
a fines de 1994, y ahora es propiedad de un grupo de inversionistas
nacionales.
En
1970, Embraer firmó un acuerdo con el fabricante italiano Aermachhi,
para fabricar el Xavante, un avión de ataque, de entrenamiento y de
reconocimiento fotográfico. En 1972, se entregó a la Fuerza Aérea brasileña
el primer EMB 110. Hoy, Embraer produce toda una línea de sus propios
aviones comerciales y militares, incluyendo el EMB 145 AEW&C con
un sistema de radar de ordenamiento en fase, para aplicaciones de pronta
detección.

El avión
Embraer 145 AEW&C, parecido a los sistemas de control y advertencia
más avanzados de los Estados Unidos, está equipado con un avanzado radar
de
ordenamiento de fases, construido en Europa por la empresa Ericson.
El principal
producto de exportación del Brasil no es el café, sino las aeronaves
Embraer
es el cuarto fabricante a nivel mundial de aeronaves comerciales, y
en el año 2000 produjo 160 aviones, con una planta laboral de casi 11.000
trabajadores. En los últimos tres años, el principal producto de exportación
de Brasil, no ha sido el café, sino las aeronaves, por 2.300 millones
de dólares el año pasado. Embraer tiene subsidiaras en Singapur, Australia
y China.
Preludio a
la exploración espacial
Dr. Hermann
Oberth, cientifico aleman, considerado como uno
de los fundadores de la astronautica moderna.
Hacia
fines de los veinte, hubo una explosión de interés por el desarrollo
de la tecnología de cohetes a nivel mundial, que emanaba de la Sociedad
Alemana para el Viaje Espacial, formada en 1927. La Sociedad publicó
revistas, debatió con sus oponentes y ofreció conferencias públicas
sobre cohetes y vuelos a la Luna dondequiera, ¡desde universidades hasta
sótanos de tiendas departamentales! Además, se realizó un modesto programa
experimental con la participación del padre del viaje espacial, Hermann
Oberth, y un entusiasta y joven estudiante, Werneher von Braun. Los
resultados se publicaban en su revista mensual, y le dieron la vuelta
al mundo.
Por
todas partes surgieron sociedades hermanas de aficionados a los vuelos
espaciales y los cohetes, y en los veinte y principios de los treinta,
la Sociedad Alemana para el Viaje Espacial recibía solicitudes de información
sobre sus actividades de todas partes del mundo, incluyendo Montevideo,
Uruguay y Buenos Aires, Argentina. El corresponsal argentino era Ezio
Matarazzo, un estudiante de química de primer año en la Universidad
de Buenos Aires. En 1932, Matarazzo inauguró la primera revista astronáutica
de Iberoamérica y formó un grupo de viaje espacial, el Centro de Estudios
Astronáuticos. A pesar de que duró poco tiempo, la organización publicó
artículos en Aeronáutica Argentina.
Al
mismo tiempo, otra figura argentina más importante comenzaba una campaña
de educación y organización para el nuevo campo de la exploración espacial.
Como se informó en un periódico presentado en el Congreso de la Federación
Astronáutica Internacional en el año 2000, por el doctor Oscar Fernández-Brital
y el profesor Miguel Sánchez-Peña, el argentino Teófilo M. Tabanera
comenzó a promover la exploración espacial en 1930.
Ese
año, en un escrito publicado en la Mendoza Ilustrated News Magazine,
Tabanera declaró: "La Luna nos está esperando. Se llegará a la Luna
antes de lo que imaginamos. Este mundo es muy pequeño para nosotros;
debemos tratar de extendernos más allá". Usando una comparación para
que le quedara claro a los argentinos, Tabanera escribió: "Antes de
que construyéramos la vía férrea Mendoza-Buenos Aires, construimos una
más pequeña de Buenos Aires a Palermo. Alcanzar la Luna nos dará la
certeza de que después llegaremos a Marte y más allá". Tabanera se ofreció
como voluntario para "acompañar a la primera" tripulación en estas misiones,
y dijo, "según veo, sólo necesitamos un poco de tiempo para resolver
todos los detalles, elegir el mejor método y decidirnos a emprender
el viaje".
Por
el resto de su vida, Teófilo Tabanera dedicó un considerable esfuerzo
a escribir libros sobre el viaje espacial, presentando documentos y
discursos sobre la importancia de las aplicaciones de la tecnología
espacial (como la educación a distancia), y a representar a Argentina
en foros internacionales sobre el espacio. En 1979, escribió su último
libro, Argentina ante el reto del tercer milenio.
En
1945, Tabanera se convirtió en el primer miembro argentino de la Sociedad
Interplanetaria Británica. Tres años después, fundó la Sociedad Interplanetaria
Argentina, la cual se convirtiría en la Asociación de Ciencias Espaciales
de Argentina. Durante 10 años, publicó la única revista mensual sobre
temas del espacio en Iberoamérica.

Centro Espacial
Teófilo Tabanera. En el edificio principal de la Estación Terrena Córdoba
se pueden apreciar las antenas fijas de telecomunicaciones sobre el
techo del edificio y dos pequeñas antenas usadas para el seguimiento
de los satélites NOAA. A la derecha sobre el terreno se puede apreciar
la antena de 7 metros. La antena de 13,5 metros está fuera de la foto
hacia la derecha.
Teófilo
Tabanera trajo la era espacial a Argentina, y la puso en contacto con
las personas y las organizaciones internacionales dedicadas a la promoción
de la exploración espacial. En 1950, asistió —como único delegado de
una nación en vías de desarrollo— a la conferencia de la fundación de
la Federación Astronáutica Internacional (FAI) en París, y participó
en cada conferencia anual por los siguientes treinta años. Fue anfitrión
del congreso de la FAI de 1969 en Mar del Plata, Argentina.
En
1952, Tabanera publicó un libro de bolsillo, titulado ¿Qué es la
astronáutica?, que se convirtió en un éxito de librería y se reimprimió
varias veces. "La mayoría de nosotros nos volvimos adictos al espacio
debido a este libro", dice el autor del artículo acerca del informe
Tabanera. Tabanera también dirigió una campaña pública para organizar
estudios espaciales en Argentina y estableció la Comisión Nacional del
Espacio, siendo él su primer presidente.
En
la reunión de las Naciones Unidas en 1969, en Viena, dictó una conferencia
sobre la educación a distancia usando la tecnología satelital para toda
Iberoamérica, y en 1971, propuso un estudio muy detallado de cómo organizar
mejor la educación en áreas remotas a través de la televisión vía satélite.
Tabanera también asistió a todos los lanzamientos lunares del programa
Apolo y al primer lanzamiento, en 1981, del trasbordador espacial, sólo
unos cuantos meses antes de su muerte.
Cuando
falleció, el diario argentino La Nación escribió: "La muerte
del ingeniero Teófilo Tabanera significa, para nuestro país, la pérdida
de un lúcido observador y un inteligente visionario que intentó traer
el conocimiento y poner a su país en términos de igualdad y justicia
dentro de la comunidad científica y tecnológica mundial". Tabanera asumió
que Argentina, y muchas otras naciones de Iberoamérica, sería parte
integral de esta gran aventura de la humanidad.
Iberoamérica
en la frontera nuclear

El
final de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo la posibilidad de que
el mundo desarrollara cohetes para la exploración espacial, y la fisión
nuclear para obtener energía. Las naciones de Iberoamérica estaban ansiosas
por explotar estas nuevas herramientas revolucionarias.
En
Argentina, el gobierno de la posguerra del presidente Juan Perón invitó
a varios cientos de científicos europeos a enseñar y a ayudar a desarrollar
la infraestructura científica de la nación. En 1950, se fundó la Comisión
Nacional de Energía Atómica para promover y controlar la investigación
gubernamental y privada, y para ideas propuestas sobre el uso de la
energía nuclear por parte del gobierno. El decreto de la creación de
la Comisión señalaba que, "la República Argentina, sin interés en ninguna
intención ofensiva, puede trabajar. . . con un elevado sentido
de la paz, en beneficio de la humanidad".
La
Dirección Nacional de Energía Atómica se fundó al año siguiente, para
entrenar al personal técnico que debía "dirigir, orientar y coordinar
todos los estudios relacionados al uso y la aplicación de la energía
atómica, así como para llevarlos a cabo, de ser necesario". Fueron creados
nuevos laboratorios de investigación, y, con esto, las antiguas y moribundas
instituciones científicas se revitalizaron.
En
1953, con el programa Átomos para la Paz, del presidente Dwight Eisenhower,
Argentina se convirtió en la primera nación en firmar un acuerdo de
cooperación para los usos pacíficos de la energía nuclear con los Estados
Unidos. En la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Usos
Pacíficos de la Energía Atómica, en 1955, la delegación argentina presentó
ideas para más de 40 proyectos. Se firmaron también acuerdos entre Argentina
y varios países de Iberoamérica, incluyendo a Perú y Colombia, para
la cooperación sobre tecnología nuclear.
En
la primera década de su programa nuclear, Argentina se concentró en
aprender la nueva ciencia y tecnología de la fisión nuclear, a través
de programas educativos y de cooperación con varios países, en especial
Alemania. En la década de los sesenta, se ideó la primera planta nuclear
comercial para generación de energía eléctrica, a ubicarse en Atucha,
a unos 100 kilómetros de Buenos Aires. La construyó la empresa alemana
Siemens, y su reactor de 335 megavatios entró en funcionamiento en 1974.
La
segunda planta nuclear se instaló cerca del centro científico de Córdoba.
Hubo mas participación de la industria local en la construcción de este
reactor CANDU canadiense, al comenzar Argentina un programa de desarrollo
de sus propias capacidades para el diseño y fabricación de nuevas plantas
nucleoeléctricas. La construcción de la segunda planta generadora, la
Embalse, comenzó en 1974, y la planta empezó a operar en 1983.
En
1977, el gobierno promulgó un decreto definiendo los objetivos nacionales
del programa nuclear argentino, el cual incluía el alcanzar el máximo
de autonomía. En 1979, se aprobó un programa para construir cuatro plantas
generadoras nuevas, a entrar en operación entre 1987 y 1997, incluyendo
también la extracción y uso del uranio nacional. La primera de esta
serie de plantas sería la Atucha II, para lo cual se firmó un contrato
con KWU de Alemania. A diferencia de la construcción de las dos plantas
generadoras anteriores, se creó en 1980 una empresa argentina de ingeniería
para tomar el papel de contratista en el diseño y para realizar el trabajo
de arquitectura e ingeniería. La planta debía entrar en operación en
1988.
Pero
el deterioro inducido de la situación de la deuda en Argentina retrasó
la construcción, lo cual paralizó su programa nuclear. Argentina se
enfrentó también con un cambio en el ambiente político, con lo que se
usaron los argumentos de la no proliferación para justificar la cancelación
del desarrollo de la energía nuclear. En 1994, el gobierno intentó privatizar
la capacidad nuclear argentina y buscar financiamiento privado para
completar la Atucha II, pero el esfuerzo no consiguió atraer capital
extranjero. En el año 2001, la Comisión Nacional de Energía Atómica
terminó un estudio que incluía las opciones para la inconclusa planta
Atucha II, que cuenta con un 80 por ciento de su construcción terminada.
Costaría 700 millones de dólares terminar el proyecto, según calcularon,
y mas de 3 mil millones el abandonarlo.

A unos 100
Km. al noroeste de la Capital Federal, en el pueblo de Lima, cerca de
la localidad de
Atucha (partido de Zárate), se levanta la primera central nuclear de
la República de Argentina.
Tiene una potencia de 335 Mw. Eléctricos netos, que se agregan al sistema
interconectado
Gran Buenos Aires-Litoral.
En
mayo del 2001, en un discurso que pronunció
en la Décima Conferencia Iberoamericana sobre Energía, en California
(estado que se encontraba en medio de una crisis energética por la desregulación),
el secretario de Energía, Alejandro Suroga, dijo que el gobierno pensaba
apoyar la temeraria venta de las dos plantas nucleares del país, y presentó
su plan para desregular el sector eléctrico del mismo.
La
actual crisis del derrumbe financiero y económico argentino ha detenido
todos estos planes. En febrero de este año, en los sobresaltos políticos
que acompañaron a la bancarrota de esa nación, el presidente de la Comisión
Nacional de Energía Atómica renunció.
Pero,
mientras importaba sus plantas generadoras nucleares comerciales, Argentina
esperaba convertirse en un proveedor mundial de tecnología de energía
nuclear, y en un competidor de las naciones "desarrolladas". La provincia
de Río Negro estableció en 1976 la empresa INVAP en Bariloche, para
desarrollar, construir y poner en el mercado internacional la tecnología
nuclear nacional de Argentina. La INVAP es también la única empresa
argentina que cumple con los requisitos de la NASA para proyectos espaciales
completos, tales como la construcción de satélites, equipo espacial
y estaciones terrestres.
En
1982, la INVAP inauguró el primer reactor diseñado y construido en Argentina.
Este fue el reactor de investigación y entrenamiento RA-6 de 500 kilovatios,
localizado en el Centro Nuclear Bariloche, dirigido por la Comisión
Nacional de Energía Atómica. Lo opera, repara y le da mantenimiento
personal local, que incluye a estudiantes de ingeniería del Instituto
de Física e Ingeniería Nuclear de Balseiro, llamado así en honor al
fundador de la Comisión de Energía Atómica, José Antonio Balseiro.

Reactor de
investigación y entrenamiento RA-6 de 500 kilovatios,
localizado en el Centro Nuclear Bariloche, Argentina
Argentina también comenzó a exportar tecnología nuclear. El primer
reactor pequeño de investigación que construyó fue para Perú.
En
1985, el INVAP firmó un contrato con Argel para la construcción de un
reactor térmico multipropósito de 1 megavatio para investigaciones.
Éste se inauguró en 1989, y tiene un diseño parecido al del RA-6. El
reactor se usa para la producción —a escala de laboratorio— de radioisótopos
en la investigación básica y aplicada, y para el entrenamiento del personal
operativo. Para asegurar la transferencia de tecnología, desde el momento
en que se firmó el contrato, participaron en el proyecto más de 50 ingenieros
y técnicos argelinos.
En
1992, la INVAP ganó un concurso convocado por la Atomic Energy Authority
(Administración de Energía Atómica) de Egipto, y firmó un contrato para
la construcción de un reactor para actividades de investigación y aplicación
tecnológica en una amplia rama de la ciencia relacionada con la energía
nuclear. El funcionamiento formal del reactor, ubicado en Inshas, a
60 kilómetros del Cairo, inició en 1997, y el reactor alcanzó su potencia
esperada de 22 megavatios térmicos al año siguiente. En febrero de 1998,
los presidentes Hosni Mubarak, de Egipto, y Carlos Menem, de Argentina,
inauguraron el reactor. Muchos de los componentes fundamentales del
reactor —el 60 por ciento del proyecto— los manufacturaron empresas
egipcias.
La
Organización Australiana de Ciencia y Tecnología Nuclear (OACTN), anunció
en julio de 2000 que había seleccionado a la empresa argentina INVAP
para construir un reactor de 20 megavatios que remplazara su actual
reactor de investigación. La OACTN dijo que el reactor de remplazo sería
de los únicos dos del mundo que usan la última tecnología optimizada
para las investigaciones científicas, y que su desempeño sería "comparable
a las fuentes nacionales de neutrones de Japón, Francia y los Estados
Unidos". La OACTN informó que el contrato, con valor de 278,5 millones
de dólares, "representa la mayor inversión en ciencia y tecnología de
la historia de Australia, y está entre los desarrollos de infraestructura
de este tipo más grandes de la región de Asia y el Pacífico".
A mediados
de los ochenta, Argentina comenzó el Proyecto CAREM para el diseño de
pequeñas plantas generadoras nucleares modulares para su venta comercial,
y para producirlas para su exportación a países en vías de desarrollo.
La meta incluía el entrenamiento y educación de especialistas de estas
naciones, para propagar la ciencia y la tecnología nuclear a todo el
mundo. Aunque la crisis económica global ha frenado la demanda que deberían
tener estas pequeñas plantas nucleares estandarizadas, el diseño de
la CAREM argentina es uno de los más importantes dentro de las plantas
generadoras exportables a países en vías de desarrollo.

Las primeras
ideas sobre el proyecto fueron presentadas en 1984, en una conferencia
del Organismo
Internacional de Energía Atómica (OIEA), realizada en Lima, Perú, sobre
reactores medianos y pequeños.
El reactor CAREM es uno de los más promisorios dentro de los reactores
nucleares de pequeña potencia y
la construcción y operación del prototipo ayudará a abrir un importante
mercado para su comercialización
El caso
de Brasil
Un
proceso paralelo en el desarrollo de la ciencia y la tecnología nuclear
ha estado dándose en Brasil. A principios de los treinta, científicos
de la Universidad de São Paulo llevaban a cabo investigaciones sobre
fisión nuclear. En 1940, el presidente Getulio Vargas firmó un acuerdo
de cooperación con los Estados Unidos para la extracción de uranio a
cambio de tecnología nuclear, y se creó un comité para examinar los
acuerdos nucleares con los Estados Unidos. Al mismo tiempo, Brasil decidió
esforzarse por desarrollar una capacidad nuclear independiente. En 1955
se firmó el acuerdo bajo el programa Átomos para la Paz, para la transferencia
de tecnología nuclear de los Estados Unidos a Brasil, con la expectativa
de Brasil de que esta nueva tecnología sentaría las bases para el desarrollo
industrial de la posguerra y la independencia económica de Iberoamérica.
Al
año siguiente, en 1956, se creó el Instituto para el Desarrollo Nuclear
y Energético, seguido por la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN)
de Brasil. En 1957, bajo el programa Átomos para la Paz, Brasil construyó
el primeros de dos reactores nucleares de investigación, con apoyo de
los Estados Unidos. En 1960 se construyó un segundo reactor, y en 1965,
Brasil erigió su primer reactor brasileño de investigación en Río de
Janeiro.
Durante
la década de los sesenta, la CNEN realizó estudios de viabilidad para
el establecimiento de la primer planta nuclear comercial de Brasil,
y el sitio que se eligió en 1968, fue Angra dos Reis, a 130 kilómetros
de Río. La empresa Westinghouse empezó la construcción de la planta
nuclear Angra I, de 625 megavatios, en 1972, que entró en operación
en 1982, aportando el 20 por ciento de la electricidad de Río de Janeiro.
Pero el contrato con la Westinghouse prohibía la transferencia de tecnología
nuclear a Brasil, por lo que se buscaron otros proveedores.
Después
de la crisis petrolera de 1973–1974, y en respuesta a que se cuadruplicaron
los precios del petróleo, el presidente de Brasil, Ernesto Geisel, creó
Empresas Nucleares Brasileiras S.A., o Nuclebras, la cual consistía
en empresas dedicadas al desarrollo de la ingeniería, construcción de
reactores, y actividades de ciclos de combustible. Su función era ampliar
los programas de energía nuclear del país.
En
1975, a pesar de las fuertes objeciones de los Estados Unidos, Brasil
firmó un acuerdo de cooperación con la Kraftwerk Union AG de Alemania,
para construir hasta ocho plantas nucleares adicionales, incluyendo
la de Angra II y III, una planta comercial de enriquecimiento de uranio,
y también una planta piloto para el reprocesamiento de plutonio, y cerrar
así el ciclo del combustible nuclear. A Alemania Occidental no se le
aplicaban las salvaguardas que requiere la Agencia Internacional de
Energía Atómica de las Naciones Unidas. Poco después del inicio de la
construcción, una crisis financiera en Brasil en 1982, la obligó a negociar
préstamos con el Fondo Monetario Internacional. Esa institución exigió
como "condición" para un préstamo, que Brasil limitara su pacto nuclear
con Alemania. El número de plantas generadoras planificadas se redujo,
hasta incluir sólo las plantas Angra II y III; las otras dos se cancelaron.
En
1991, se tomó la decisión de continuar con la construcción, y para 1996
ya se habían asignado los recursos. En julio de 2000, Angra II, del
doble de capacidad que la primera planta, finalmente se conectó a la
red eléctrica. Más del 50 por ciento del equipo de la planta generadora
lo fabricaron empresas brasileñas.
Con
respecto a la Angra III, por 15 años se ha atacado a la planta generadora,
parcialmente terminada, con quejas que van desde que la energía nuclear
es "demasiado cara", hasta que la electricidad es innecesaria e incluso
"insegura". El gobierno no ha estado dispuesto a financiar la conclusión
del proyecto, a pesar de que ya se han invertido casi 2 mil millones
de dólares. Alrededor del 70 por ciento de la maquinaria necesaria ya
se envió y actualmente se encuentra almacenada. La planta Angra III
tiene alrededor de un 30 por ciento construido y se necesitan 1,7 mil
millones de dólares para terminarla. Pero hace poco, obligado por la
necesidad, el gobierno empezó a reconsiderar la conclusión de la tercera
planta generadora nuclear de Brasil.
En
mayo de 2001, el presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, anunció
que la excepcional sequía había llevado las reservas de agua a un 30
por ciento de su nivel normal, y que la electricidad de las plantas
hidroeléctricas de la nación tenía que racionarse. A las tres cuartas
partes de los 170 millones de ciudadanos de la nación, se les pidió
que redujeran su consumo de electricidad en un 20 por ciento. Como resultado
de la crisis, en el transcurso del verano, el Consejo Nacional de Política
Energética pidió un "análisis detallado" para reconsiderar la finalización
de la planta Angra III. Ese estudio está por terminarse para fines de
este año.
Por
desgracia, se busca conseguir financiamiento privado extranjero para
terminar la planta, y Electronuclear, la empresa estatal que dirige
Angra I y II, ahora trata de conseguir apoyo financiero del extranjero.
Se espera que la bancarrota del vecino de Brasil, Argentina, la reorganización
financiera, y la cancelación de las deudas que ahí se requiere, crearán
las condiciones en Brasil para retornar a una política de interés e
inversión nacionales en energía y otro tipo de infraestructura.
El fraude
de la no proliferación

Vista de
la Planta Nuclear Angra II. En 1975, a pesar de las fuertes objeciones
de los Estados Unidos,
Brasil firmó un acuerdo de cooperación con la Kraftwerk Union AG de
Alemania, para construir
hasta ocho plantas nucleares adicionales, incluyendo la de Angra II
y III
Pero
no fue sólo la serie de crisis financieras en Iberoamérica lo que paralizó
los programas de energía nuclear. La ofensiva para imponer controles
internacionales a la tecnología nuclear practicamente comenzó desde
antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial. Y en 1977, con la
llegada de Jimmy Carter a la Casa Blanca, la ideología maltusiana del
crecimiento negativo, centrada en las políticas de la "no proliferación",
encaminada a parar el desarrollo económico, se lanzaron con furia contra
la energía nuclear, tanto en los Estados Unidos como en el ámbito internacional.
Para
mantener el acceso a la tecnología nuclear comercial, se presionó a
las naciones a que firmaran el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).
El Tratado lo firmaron la Unión Soviética y los Estados Unidos el 1
de julio de 1968, y lo ratificó el Senado estadounidense dos años después.
A pesar de que el Tratado incluye el supuesto de que "nada en este Tratado
deberá interpretarse como algo que afecte el derecho inalienable de
todas las partes firmantes a desarrollar la investigación, producción
y uso de la energía nuclear para propósitos pacíficos, sin discriminación",
virtualmente ningún país sin capacidad nuclear creyó que podría tener
acceso libre a la tecnología nuclear pacífica bajo este régimen.
Después, bajo presión del gobierno de Carter, el Congreso de los
Estados Unidos aprobó la Ley de no Proliferación Nuclear de 1978, que
enmendaba la Ley de Energía Atómica de 1950, y suspendía de forma unilateral
las exportaciones nucleares a países que se negaron a firmar el Tratado.
Estas medidas se aplicaron de manera retroactiva para suspender
los embarques de combustible nuclear al Brasil para la operación del
reactor de Westinghouse, Angra I.
El
gobierno de Carter amenazó con tomar represalias si Brasil y Alemania
Occidental no aceptaban las condiciones en su contrato nuclear bilateral
de 1975, acordando someter cualquier reprocesamiento de combustible
al control internacional y permitir la intervención de los Estados Unidos
en el control de cualquier transferencia de tecnología nuclear entre
ellos. La idea de controlar las mentadas tecnologías de "uso dual",
como la utilizada en el reprocesamiento del combustible nuclear y la
tecnología de producción de reactores, se convirtió en una política.
Bajo la guisa de evitar que los países que no tenían la bomba nuclear
desarrollaran una, la política pretendía evitar que las naciones se
hicieran autosuficientes en el ramo de la energía nuclear civil. Tanto
Argentina como Brasil acertadamente consideraron semejantes restricciones
como una violación de su soberanía nacional.
La
implacable campaña para obligar a Argentina y Brasil a firmar el TNP
se basó en el supuesto de que, dado que los programas de investigación
y desarrollo los dirigían, o al menos estaban involucradas, las fuerzas
armadas, éstos, sin duda, eran proyectos militares encaminados a desarrollar
"armas de gran poder destructivo". Esto omite por completo cuál era
la intención de estas dos naciones al desarrollar tecnología
nuclear. Aun después de que Brasil y Argentina —las únicas dos naciones
de Iberoamérica que podrían recurrir al uso de armas nucleares en una
guerra entre ellas— firmaron acuerdos bilaterales en 1980 para compartir
su tecnología nuclear, un mundo de no proliferadores insistió en que
esos programas todavía eran "sospechosos".
De
hecho, en los Estados Unidos, fue el alto mando de los militares estadounidenses
el que creó las primeras instituciones científicas y la infraestructura
básica de las que ha dependido el desarrollo económico de este país.
La primera educación avanzada disponible, especialmente en ciencia,
matemáticas e ingeniería, se dio a través de las academias militares,
como West Point. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército construyó la infraestructura
física que fue el prerrequisito para el desarrollo del oeste del país.
Las instituciones militares en Iberoamérica, de forma parecida, han
jugado un papel muy importante en la creación, organización y concentración
del talento científico de la nación. Entienden que la fortaleza científica
y económica es la primera línea de defensa de cualquier nación.

Jimmy Carter
y George W. Bush
De
haber existido alguna vez una preocupación legítima de que estas dos
naciones pudieran desarrollar armas nucleares, el negarles el acceso
a la tecnología atómica proveniente de las potencias nucleares establecidas
sólo fortaleció la decisión de los dos países de desarrollar sus propias
industrias nucleares nacionales. Además, la política de la negación
sólo destruyó el dizque propósito del tratado.
En
realidad, el ex secretario de Estado Henry Kissinger ya había delineado
con claridad el verdadero propósito de tales políticas de "no proliferación"
en 1974, cuando el Estudio de Seguridad Nacional 200 advirtió que el
crecimiento poblacional en las naciones en vías de desarrollo del Hemisferio
Sur, podría amenazar la seguridad nacional de los Estados Unidos, al
usar sus supuestos recursos finitos.2 Kissinger también declaró públicamente
su creencia de que ningún avance para la humanidad podría venir del
"sur". Semejante plan geopolítico, que décadas más tarde se llegó a
conocer como el "apartheid tecnológico", representó los fundamentos
subyacentes de las políticas antinucleares y anticrecimiento del presidente
Carter.
Hoy,
la existencia misma de hasta los limitados programas de energía nuclear
de Brasil y Argentina, es un ejemplo de lo que puede lograrse con el
cometido de alcanzar una paridad científica, tecnológica y económica
con las naciones consideradas "avanzadas", o "desarrolladas".
Se
necesitó la misma perspectiva de largo plazo y la misma inversión de
recursos para que estas naciones entraran a la era espacial.
Estudiando
la Tierra, del Ecuador a la Antártida
Tan
pronto inició la era espacial, a sólo unos cuantos años del inicio de
la era nuclear, las naciones de Iberoamérica estaban ansiosas por participar.
El lanzamiento del satélite Explorer I en enero de 1958 demostró, por
medio del descubrimiento de los cinturones de radiación de Van Allen,
que los cohetes podían abrir una nueva era de exploración del espacio
cercano a la tierra. Y la sóla localización geográfica de Brasil y Argentina,
con acceso a las singularidades geofísicas en el ecuador y la Antártida,
colocarían a Iberoamérica en una posición estratégica para los estudios
científicos.
En
1961, el presidente brasileño Jânio Quadros firmó un decreto para la
creación del grupo organizativo para la Comisión Nacional de Actividades
Espaciales (CNAE), bajo el Consejo Nacional de Investigaciones. Lo encabezó
el coronel Aldo Vieira da Rosa. La Comisión desarrolló un programa para
crear laboratorios técnicos en São José dos Campos, relacionados al
desarrollo de tecnología para el estudio de las ciencias atmosféricas
y del espacio.
Un
lugar de estudio importante fue la región de Barrèira do Inferno en
Río Grande do Norte. Esta zona está a sólo 5 grados del ecuador magnético
terrestre, (que se encuentra inclinado 11 grados en relación al ecuador
geográfico), donde un magneto se alineará con la superficie de la Tierra.
Es una región importante desde donde pueden realizarse estudios de la
ionosfera terrestre, la cual se extiende entre los 60 y 500 kilómetros
desde la superficie. Esta capa atmosférica contiene iones y electrones
libres, y su grado de ionización cambia dependiendo de la hora del día,
la estación del año, la actividad solar, etc.
En
1965, el gobierno de Brasil inició la construcción de una base de lanzamiento
en Barrèira do Inferno, con el fin de lanzar cohetes para estudiar las
capas de baja altitud de la ionosfera terrestre, y se firmó un acuerdo
de cooperación con la NASA para estudiar la ionosfera a altitudes por
debajo de los 200 kilómetros. La NASA suministró los cohetes sonda suborbitales
para llevar los instrumentos científicos. El primero de una serie de
lanzamientos desde Barrèira do Inferno, tuvo lugar el 16 de diciembre
de 1966, y los experimentos continuaron desde esta base de lanzamiento
todos los ochenta.
Al
mismo tiempo, Brasil comenzó a desarrollar sus propios cohetes con el
Programa Sonda. El objetivo era desarrollar una serie de vehículos de
lanzamiento que incorporaran cada vez mayores mejoras por medio del
desarrollo de tecnología nacional, culminando en un cohete lo suficientemente
poderoso como para colocar satélites en la órbita terrestre.
El
Sonda I, lanzado por primera vez en 1965, era un cohete sonda de combustible
sólido, de dos etapas, con un peso de solo 5 kilogramos y capaz de alcanzar
una altura de 70 kilómetros, transportando una carga de instrumentos
científicos. El Sonda II, desarrollado para probar propulsores mejorados,
la aerodinámica, los instrumentos electrónicos, y la protección térmica,
era un cohete de una sóla etapa, de los cuales se lanzaron 30. Era capaz
de alcanzar una altura de 180 kilómetros con una carga de 50 kilogramos
de instrumentos científicos.
El
Sonda III, que voló por primera vez en 1976, era un cohete de dos etapas
que usaba al Sonda II mejorado como una de ellas. Se usó como un cohete
meteorológico que alcanzaba una altura de 600 kilómetros, con una carga
de 500 kilogramos.
En
1984, se lanzó el Sonda IV, que estaba diseñado para transportar 300
kilogramos de carga a una altura de 1.000 kilómetros, y fue el precursor
de la serie de cohetes VLS (Veículo Lançador de Satélites), capaces
de colocar satélites en la órbita terrestre.

El Sonda
III, que voló por primera vez en 1976
Argentina
en el Polo
Mientras Brasil estudiaba la región ecuatorial, los científicos
aprovecharon la larga historia de Argentina de exploración en la Antártida
para lanzar cohetes de estudio atmosférico.
En
1960, se estableció por decreto presidencial la Comisión Nacional de
Investigaciones Espaciales (CNIE), a cargo de la Fuerza Aérea. Tres
años más tarde, el Instituto de Investigaciones Aeronáuticas y Espaciales
(IIAE) de la Fuerza Aérea, proyectaba realizar experimentos en latitudes
al extremo sur, cerca del propio Polo Sur. Argentina estableció el primer
observatorio antártico, "Islas Orcadas", en 1904.
En
un documento de 1999, llamado "Experiencias científicas usando cohetes
sonda argentinos en la Antártida", el profesor Miguel Sánchez-Peña,
un general retirado de la Fuerza Aérea que participó en las campañas
científicas de la Antártida, describió la tecnología desarrollada y
las investigaciones que se llevaron a cabo en los últimos confines al
sur del globo.
El
IIAE trabajó en el diseño de cohetes sonda para estudios atmosféricos.
La primera campaña científica se realizó en la isla volcánica de Larsen,
en la base de Matienzo, que se fundó en 1961. En 1965, arribó el equipo
de la Fuerza Aérea por avión y en un barco rompehielos, junto con los
cohetes. Se lanzaron tres cohetes Centauro y dos globos de polietileno
para realizar mediciones en la atmósfera. De manera simultánea, se lanzaron
tres cohetes Gamma desde desde el Centro Chamical de Experimentación
y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados, en la provincia de La
Rioja, a 3.900 kilómetros de Matienzo, para comparar la información.
La
base del Chamical también se usó en la década de los ochenta para realizar
estudios de la atmósfera con cohetes sonda, en el Hemisferio Sur. La
Red Interamericana de Cohetes Experimentales Metereológicos, el programa
EXAMATNET, involucró instituciones científicas de Argentina y Brasil,
y de la NASA. Y la base Marambio en la Antártida se usó para efectuar
estudios del ozono atmosférico, de 1980 a 1982.
Desde
la base Marambio en la Antártida, que se inauguró en 1969, se lanzaron
dos cohetes Castor argentinos en 1975, con una carga de equipo científico
desarrollada por el Instituto Max Planck de Alemania. Se lanzó a la
atmósfera una carga de prueba con una mezcla química especial para formar
una nube ionizada. La nube produjo una chorro de electrones que alcanzó
un punto de conjunción en el Hemisferio Norte, y se observó desde observatorios
terrestres en Argentina y desde un avión de la NASA que voló al este
de Nueva York. El objetivo era estudiar los campos eléctricos y magnéticos
a diferentes altitudes, encontrar puntos neutrales, y recopilar perfiles
de temperatura y electrones.
Como
Brasil, Argentina creó las instituciones educativas y la infraestructura
de investigación y desarrollo para establecer su propia capacidad de
lanzamiento espacial. En 1958, la Fábrica Militar de Aviones comenzó
a desarrollar cohetes de combustible sólido y a construir una serie
de vehículos de lanzamiento, incluyendo la serie Centauro, con sus versiones
alfa, beta y gamma, y los cohetes Orión, los Canopus, y los de dos etapas,
Rigel y Castor.
Para
1979, el IIEA, ubicado a las afueras de Córdoba, tenía instalaciones
de investigación que cubrían un amplio abanico de tecnologías necesarias
para el desarrollo de vehículos de lanzamiento, incluyendo aquellas
para desarrollar nuevos propulsores y combustibles sólidos, realizar
investigaciones en aerodinámica usando túneles de viento, llevar a cabo
pruebas estructurales en equipo espacial y desarrollar sistemas de cómputo,
navegación y control, metalurgia y propiedades de materiales.
En
tanto las naciones de Iberoamérica entrenaban a sus cuadros de científicos
e ingenieros, y empezaban a desarrollar sus programas espaciales nacionales,
estuvieron listas para aprovechar las aplicaciones prácticas de la tecnología
espacial que los cohetes y los satélites estaban haciendo disponibles.
Las aplicaciones
terrestres del espacio
Brasil,
que tiene un territorio mayor que el de los Estados Unidos, se extiende
desde los 3 grados norte hasta 34 grados al sur del ecuador. Desde el
comienzo de la era espacial fue claro que Brasil sería uno de los países
que se beneficiarían de la capacidad de estudiar y supervisar su línea
costera, territorio y medio ambiente desde el espacio. En 1966, se instaló
la primera estación terrestre brasileña que recibió imágenes meteorológicas
desde satélites.
En
1971, el presidente Emilio Garrastoyu Medici creó la Comisión Brasileña
de Actividades Espaciales, para que lo asesorara en la planificación
de las prioridades nacionales en la esfera del espacio. Ese mismo año,
empezó a desarrollarse una capacidad de sondeo remoto de clase mundial,
con el establecimiento del Instituto Nacional de Pesquisas Espacais,
o INPE.
En
1973, Brasil se convirtió en el tercer país del mundo (después de los
Estados Unidos y Canadá) en tener una estación terrestre para recibir
imágenes de sondeo remoto desde satélites Landsat de la NASA. Los brasileños
fueron a los Estados Unidos a recibir capacitación para interpretar
y procesar la información de los Landsat, y, por medio de sus instalaciones
de laboratorio en São José dos Campos, el INPE procesó información de
imágenes de sondeo remoto para Uruguay, Chile, Perú y Colombia.
Desde
1971, el INPE ha ofrecido un programa de maestría en ciencia espacial,
que en 1997 se amplió para incluir un programa de doctorado. Desde el
principio, se mandaba a 50 estudiantes prometedores al año a los Estados
Unidos y Europa a familiarizarse con las tecnologías de sondeo remoto
más avanzadas. Al mismo tiempo, expertos estadounidenses viajaron al
Brasil para ayudar a formular la política espacial.
Muy
pronto, las autoridades brasileñas se dieron cuenta de que se necesitaba
una política general de largo plazo para canalizar la inversión en la
tecnología espacial, y, en 1980, se aprobó la Misión Espacial Completa
Brasileña. Los tres objetivos del programa eran desarrollar: a) satélites
nacionales; b) un vehículo de lanzamiento, el VLS, para poner satélites
en la baja órbita Terrestre; y, c) un centro de lanzamiento en Alcântara.
El programa, de 1.000 millones de dólares, aspiraba a alcanzar la autosuficiencia
en tecnología espacial, de forma parecida al objetivo en la energía
nuclear, y se calculaba que requeriría un equipo de 1.000 científicos
e ingenieros brasileños.
Se
le añadieron nuevas instalaciones al INPE, incluyendo un Centro de Pronóstico
y Estudio del Clima, que ofrece cinco predicciones climatológicas diarias
y es el único centro de su clase en el Hemisferio Sur. El Laboratorio
de Integración de Pruebas también es una instalación única, donde pueden
ensamblarse y probarse pequeños satélites nacionales, y también tiene
espacio para probar grandes satélites comerciales extranjeros de comunicaciones.
La
Misión Espacial Completa autorizó específicamente el desarrollo de cuatro
satélites brasileños. Un par de ellos eran de la serie Satélite de Coleta
de Dados, o SCD, el primero de los cuales se puso en órbita en un cohete
estadounidense Pegasus, en 1993. Fue el primer satélite "casero" de
Brasil, y costó 14 millones de dólares. El segundo satélite SCD se lanzó
en 1998. El propósito de los satélites SCD es funcionar como retransmisores
de la información recabada desde plataformas, como boyas marinas e instrumentos
de medición atmosférica. Esta red comprende información de más de 250
plataformas automatizadas de recopilación de información en Brasil y
en países vecinos, la mayor parte de las cuales las instaló la Agência
Nacional de Energia Elétrica (ANEEL). Esta información se usa para observar
ocho cuencas hidrográficas, permitiendo la gestión de recursos acuáticos,
los pronósticos y las alertas sobre inundaciones.

Fue el primer
satélite "casero" de Brasil, y costó 14 millones de dólares.
El segundo satélite SCD se lanzó en 1998
La
información recabada se transmite a satélites, y de ahí se retransmite
a estaciones terrestres que procesan la información. Ésta llega al usuario
en menos de 30 minutos desde que el satélite pasa sobre la estación,
y también está disponible en la internet.
El
segundo par de satélites, los SSR 1 y 2, brindarán una cobertura de
sondeo remoto completa del Brasil cada cuatro días, facilitando información
necesaria para observar recursos naturales, como quemas y talas en el
Amazonas, y desastres, como inundaciones en el sur del Brasil. Los Landsat
pueden ofrecer dichas imágenes sólo cada dieciséis días, y el satélite
SPOT europeo, cada veintiséis.
El
costo de la constelación de cuatro satélites de sondeo remoto es de
280 millones de dólares, un 80 por ciento del cual se gasta dentro del
Brasil.
Puesto
que el Amazonas cubre una superficie de 5 millones de kilómetros cuadrados
—mayor que la de Europa Occidental—, sólo puede observarse desde el
aire o el espacio. Brasil está metida en un proyecto con múltiples facetas
para observar el Amazonas, con una variedad de propósitos, incluyendo
la vigilancia de las actividades ilegales del narcotráfico. En 1974,
Brasil empezó a vigilar la deforestación del Amazonas usando imágenes
del landsat. Ahora trabaja en el Projeto de Estimativa do Desflorestamento
Bruto da Amazônia (PRODES), que inició en 1988. El PRODES es el mayor
proyecto de vigilancia forestal del mundo, y forma parte del Sistema
de Vigilancia del Amazonas/Protección del Amazonas, de 1.400 millones
de dólares, que desarrolla el INPE. Se ha propuesto ampliar el PRODES
para que cubra las selvas tropicales de la Panamazonia y extender la
cooperación internacional, lo que para cada nación sólo representaría
un 10 por ciento del costo de hacer las observaciones por su cuenta.
La propia Amazonia cubre parte de Guyana, Suriname, la Guyana Francesa,
Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, además de Brasil.
Al
tiempo que Brasil progresaba en el diseño, construcción y prueba de
sus propios satélites de sondeo remoto, también desarrollaba una serie
de satélites pequeños para probar tecnologías espaciales con varias
aplicaciones. El satélite SACI-1, con un peso de sólo 60 kilogramos,
se lanzó en octubre de 1999. La nave de 4,6 millones de dólares se diseñó
para probar tecnologías de antenas, baterías, energía y sistemas de
cómputo en el espacio. Por desgracia, el INPE no pudo hacer contacto
con el satélite después del lanzamiento.
El
SACI-2 era un satélite meteorológico que se lanzó dos meses después,
en el cohete brasileño VLS. Pero la segunda etapa del lanzacohetes falló
y tuvo que destruirse el satélite. Sin embargo, estos esfuerzos demostraron
que Brasil era completamente capaz de construir sus propios satélites,
una capacidad fundamental para el desarrollo espacial futuro de toda
Iberoamérica.
Brasil
sigue jugando un papel destacado en el desarrollo de tecnología de satélites
de sondeo remoto. Contribuirá con el Sensor de Humedad para el Experimento
de Brasil, que volará en el satélite de observación terrestre Aqua de
la NASA. Este es un radiómetro de microondas pasivo diseñado para ofrecer
perfiles de la humedad atmosférica y detectar precipitaciones debajo
de las nubes. En los trópicos, las variaciones en la humedad vertical
son una influencia mayor en la formación de nubes y en las precipitaciones,
que la temperatura. Matra Marconi Space está desarrollando el instrumento,
bajo contrato del INPE.
Aqua
servirá para realizar estudios multidisciplinarios de los procesos interrelacionados
de la atmósfera, los océanos y la superficie terrestre. Otros instrumentos
a bordo ofrecerán información sobre la concentración de hielo en el
mar y la temperatura, capas de nieve y humedad del suelo. El lanzamiento
se haría a fines de 2002.
Argentina
en el espacio
SAC-B (Satélite de Aplicaciones Científicas-B) - Argentina
Como
Brasil, Argentina reconoció que la primera aplicación de la tecnología
espacial de importancia económica sería la capacidad de ver la Tierra
desde el espacio. En los setenta, la Comisión Nacional de Investigaciones
Espaciales equipó al Centro Espacial Vicente López con tecnología para
procesar información del Landsat.
Pero,
a diferencia de Brasil, que en 1980 decidió formular y llevar a la práctica
un plan amplio y de largo plazo para el desarrollo espacial, Argentina
no lo hizo por otra década. Aun así, en 1989, los presidentes de ambas
naciones firmaron la Declaración Conjunta Brasil Argentina sobre Cooperación
Bilateral en los Usos Pacíficos del Espacio Exterior, y dos años después,
el gobierno argentino creó la CONAE, Comisión Nacional de Actividades
Espaciales. En 1994, la CONAE promulgó el Programa Espacial Nacional,
Argentina en el espacio 1995–2006. Se revisa cada dos años y
tiene un horizonte permanente de una década.
El
primer satélite construido en Argentina se diseñó aun antes de este
programa a diez años. Fue el primero de una serie de satélites SAC (Satélite
de Aplicaciones Científicas) construidos por el INVAP, que también produce
pequeños reactores nucleares en Argentina. En 1990, Argentina le propuso
a la NASA realizar tareas espaciales conjuntas. En noviembre de ese
año, el presidente Bush y su asesor sobre ciencia, el doctor Alan Bromley,
visitaron Argentina, y se acordó desarrollar un satélite solar de rayos
X con el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA. En agosto de 1991,
el vicepresidente estadounidense Quayle y el presidente argentino Carlos
Menem firmaron un acuerdo para crear un marco de cooperación sobre ciencias
terrestres y del espacio con la NASA, y se formalizó la misión SAC-B.
Esta fue la primera misión conjunta para un vuelo de la NASA y un país
de Iberoamérica.
Cuando
el ex director de la NASA, Dan Goldin, acompañó al presidente Clinton
a Argentina en octubre de 1997, se firmó una carta de compromiso para
el lanzamiento estadounidense de la serie de satélites argentinos SAC.
El primero que se lanzó fue el SAC-B —diseñado para estudiar fenómenos
astrofísicos—, en noviembre de 1996, pero se perdió en el lanzamiento.
El SAC-A se lanzó desde el transbordador espacial en la misión STS-88
en 1998. Recabó más de 600 imágenes de la Tierra, y operó por siete
meses. El satélite puso a prueba páneles solares que había diseñado
la Comisión Nacional de Energía Atómica de Argentina, y también recopiló
información geomagnética.
El
SAC-C se lanzó en junio de 2000 en un cohete Delta estadounidense, y
es la contribución de Argentina al proyecto Misión Planeta Tierra. El
SAC-C será parte de la constelación de satélites Morningstar, que también
incluye al Landsat 7, al Earth Observing Satellite-1 y al satélite Terra.
Pero,
por supuesto, Brasil y Argentina no fueron los únicos países de Iberoamérica
interesados en unirse a la era espacial.
Perú, tierra
natal de Pedro Paulet
Las
contribuciones de Perú se remontan a los experimentos y diseños de Pedro
Paulet, a fines del siglo 19. Desde temprano, Perú reconoció su "posición
privilegiada" respecto al ecuador geomagnético, y se creó el Sistema
de la Universidad Peruana para explotar su posición geográfica. Perú
también contribuyó a la primera misión Apolo a la Luna, con observaciones
y mediciones de la consistencia del suelo lunar desde el Radio Observatorio
Jicamarca, cerca de Lima.
En
1972, en el Cuarto Simposio Internacional de la "Aeronomía Ecuatorial",
que tuvo lugar en Nigeria, se hizo la recomendación al gobierno peruano
de que estableciera una base científica de lanzamiento de cohetes para
recopilar información ionosférica, y complementar la obtenida en el
Observatorio Huayao de Perú, que se encuentra a sólo 3,5 kilómetros
del ecuador magnético. Las autoridades peruanas aceptaron la recomendación
y procedieron a construir la base de lanzamiento de Punta Lobos, a 70
kilómetros al sur de Lima, en el mismo meridiano magnético que el Observatorio
Jicamarca, que está a 12 grados al sur, a sólo un grado del ecuador
magnético.
En
mayo de 1974, se realizó el primer lanzamiento de un cohete para estudiar
las perturbaciones en la ionosfera sobre el ecuador magnético. El 11
de junio del mismo año, el gobierno peruano creó la Comisión Nacional
de Investigación y Desarrollo Aero-espacial (CONIDA), como la agencia
espacial del Perú.

Se
estableció el Centro de Procesamiento de Sistemas e Información para
procesar imágenes de sensores remotos. Perú ha emprendido estudios sobre
la recesión de los glaciares y la elaboración de mapas costeros.
La
CONIDA realiza investigaciones y desarrollo en el área de la tecnología
de cohetes y tiene planes para desarrollar, junto con otras agencias
espaciales, vehículos de lanzamiento de pequeña y mediana envergadura.
Ya se han programado estudios de aerodinámica y dinámica de gases para
el diseño del vehículo, y la producción física de partes y el ensamblaje
del cohete, en coordinación con la industria nacional.
En
1995, se creó el Centro de Estudios Espaciales para emprender un programa
académico que capacite a profesionistas en el uso de tecnologías del
espacio. Éstas incluyen el procesamiento e interpretación de imágenes
de sensores remotos en toda la gama de aplicaciones, desde la geología
y la geografía, hasta áreas específicas como la pesca y la oceanografía,
y la vigilancia fronteriza y de aeropuertos clandestinos. Cada año,
más de 200 estudiantes reciben capacitación ahí
Por
medio de un acuerdo con la Universidad Nacional de Ingeniería, la CONIDA
está elaborando un plan de estudios para una maestría en ingeniería
aeronáutica. Pero el interés de Perú en la ingeniería aeroespacial no
es sólo académica; el Conidasat, un minisatélite de 200 kilogramos,
cuyo diseño y construcción está a cargo por completo de la CONIDA, se
encuentra en proceso de desarrollo. La misisón del Condisat consistirá
en observaciones diarias del Perú, ofreciendo imágenes pancromáticas
mientras viaja en una órbita polar, de sur a norte. Se está diseñando
el Conidasat para que sea compatible con una diversidad de vehículos
de lanzamiento, incluyendo el Pegasus estadounidense y el Ariane europeo.
El
objetivo del proyecto es adquirir experiencia en todas las fases del
diseño, construcción, prueba e integración de satélites. Esto traerá
otro miembro iberoamericano al "club" de naciones con capacidad de vuelo
espacial.

El astronauta
peruano Carlos Noriega saluda a los miembros de la tripulación a bordo
del transbordador espacial Endeavour, durante una caminata espacial
en diciembre del 2000
Perú
tiene otro vínculo importante con la exploración espacial, el peruano
de nacimiento, Carlos Noriega. Noriega y su familia se mudaron a los
Estados Unidos cuando él tenía cinco años de edad. Después de una carrera
en la Marina, se seleccionó a Noriega como astronauta de la NASA, en
diciembre de 1994. En 1997, viajó a bordo de la misión STS-84 del transbordador
espacial, que se acopló a la estación espacial Mir. En la STS-97 en
2000, Noriega ejecutó 19 horas de EVAs, o caminatas espaciales, por
fuera de la Estación Espacial Internacional (EEI), instalando páneles
solares. Actualmente se le ha asignado el cargo de comandante de apoyo
de la tripulación para la sexta Expedición a la estación espacial.
En
una entrevista previa a su vuelo a la EEI, se le preguntó a Noriega
sobre la importancia de la estación. "Fuimos a la Luna, y entonces no
hemos ido a ninguna otra parte", dijo. "Pero en realidad no hemos desarrollado
lo suficiente las tecnologías como para descubrir mejores formas de
contrarrestar el efecto de la ingravidez sobre el cuerpo humano. . .
Necesitamos poder viajar más allá, y, en mi mente, ese es el mayor beneficio
que obtendremos".
Los planes
chilenos para el espacio
En
la última década, Chile ha cobrado un creciente interés por unirse a
las naciones que tienen una capacidad de vuelo espacial. Chile se ha
concentrado en desarrollar su propia capacidad satelital y en hacer
accesibles los logros del desarrollo espacial a sus comunidades científicas
y académicas. En 1994, la Fuerza Aérea chilena firmó un contrato con
Surrey Satellite Technology, Ltd. de Gran Bretaña, para construir su
primer microsatélite, el FASat-alpha. El objetivo del proyecto del satélite,
de 50 kilogramos de peso, era crear un grupo de ingenieros con experiencia
aeroespacial, e instalar y operar una Base de Control de Misiones en
Santiago. Fasat-alpha se lanzó en agosto de 1995, pero, para mala fortuna,
la nave no logró separarse del vehículo de lanzamiento ruso y nunca
entró en órbita.
FASat-Bravo, que también construyó Surrey, se lanzó en julio de
1998, y orbitó alrededor de la Tierra 14 veces al día, por tres años.
Por medio de su Experimento para Supervisar la Capa de Ozono, la nave
obtuvo un total de 1.273 imágenes de Chile, que se compartieron con
la NASA y con varias universidades que estudian la capa de ozono.
En
agosto de 2001, se fundó en Chile una agencia espacial civil. Sus planes
para los próximos 10 años, son desarrollar un minisatélite de comunicaciones
y, en 15 años, un satélite geoestacionario para comunicaciones internas,
aprovechando la cooperación internacional.
La misión
mexicana
En
toda Iberoamérica, siempre ha habido interés y emoción por el espacio,
en muchos grados y formas, en especial entre los jóvenes. En 1962, México
tenía una sociedad espacial de aficionados que formó parte de la Federación
Astronáutica Internacional. En ese año, el presidente Adolfo López Mateos
firmó un decreto que establecía la Comisión Nacional del Espacio Exterior.
Pero el programa mexicano de exploración espacial nunca se financió
de forma adecuada y, en 1977, se canceló la Comisión. En 1988, también
se deshizo una pequeña Dirección de Asuntos del Espacio.
México
se sumó al consorcio internacional de comunicaciones satelitales, Intelsat,
en 1968, para tener acceso al espacio para los servicios de televisión
nacional y de otra índole, y en 1980, el presidente José López Portillo
decidió adquirir los primeros dos satélites de comunicaciones de México.
El gobierno en ese entonces calculaba que había más de 14.000 pueblitos
y comunidades sin servicio telefónico. En 1985, se lanzó para México
el satélite Morelos, construido por Hughes, desde el transbordador espacial.
En
ese entonces (antes del accidente del Challenger), la NASA de vez en
cuando mandaba especialistas junto con alguna carga o equipo específico,
e invitó al gobierno mexicano a seleccionar y enviar a un astronauta
para que acompañara al satélite Morelos 2 en el transbordador. Cuando
se pidieron solicitudes, más de 1.500 estudiantes y profesionistas en
las áreas de medicina, ingeniería, física y matemáticas se ofrecieron.
Se escogió a Rodolfo Neri Vela, y el gobierno mexicano le pagó a la
NASA 10 millones de dólares por el vuelo.

El gobierno mexicano
de José López Portillo, tomó la decisión de adquirir su primer sistema
de satélites:
el Sistema Morelos, constituido por los satélites Morelos 1 y 2 y el
centro de control satelital ubicado en
Iztapalapa, D.F. El costo del sistema Morelos fue de 92 millones de
dólares
Durante
su misión en el transbordador, Neri, que tenía un doctorado en física,
realizó varios experimentos, incluyendo un estudio de los efectos de
la microgravedad en la reproducción de la bacteria Escherichia coli-B,
el transporte de nutrientes en las plantas, la electroconductividad
en áreas específicas del cuerpo y el efecto de la ingravidez y la luz
en la germinación de semillas. También tomó fotografías de México desde
el espacio.
El
interés en el espacio ha seguido floreciendo en las universidades de
México. En 1995, se construyó un satélite de 50 kilogramos de peso desarrollado
en la Universidad Autónoma de México, la UNAM, para obtener información
sobre partículas volcánicas y rastros de meteoros en la atmósfera superior.
El satélite se perdió en una falla de un cohete ruso. El segundo pequeño
satélite de la UNAM, que pesaba sólo 17 kilogramos, se lanzó con éxito
en 1966, para investigar pequeños meteoritos.
Recientemente, un alegre grupo de jóvenes y entusiastas del espacio
han alentado al gobierno mexicano a restablecer una agencia espacial
y a unirse a otras naciones iberoamericanas en la exploración del espacio.
La Asociación Espacial Mexicana se fundó en 1990 con el vivo empeño
de Jesús Raygoza. El grupo ha trabajado con escuelas mexicanas para
desarrollar un plan de estudios sobre ciencia espacial, y ha trabajado
en proyectos de cohetes de aficionados.
Raygoza
ha presentado documentos a la Comisión de Energía del Congreso de México,
donde propone la creación de instalaciones mexicanas de investigación
espacial y posibles bases de lanzamiento. En 1995, la Asociación Espacial
Mexicana entregó una propuesta formal al gobierno para formar una agencia
espacial, y en marzo de 1998, prestó testimonio ante una audiencia de
la Comisión del Congreso sobre Ciencia y Tecnología.
En
una entrevista de 1999, Raygoza dijo, "Regresar a la Luna y enviar gente
a Marte. . . no sólo son las metas teóricas de un puñado de
científicos espaciales, sino una necesidad para la civilización actual
si quiere garantizarse su desarrollo futuro a largo plazo". Comparó
la exploración espacial con la empresa del Rey de Castilla en el siglo
15, al enviar a Colón, lo que culminó con la conquista de América.
"Nuestra civilización se deteriora", dijo Raygoza, "y si no nos
desarrollamos en los económico, a la larga, nos hundiremos". La Sociedad
Espacial Mexicana continúa promoviendo esta idea, que sin duda ganaría
respaldo si hubiera una agencia espacial iberoamericana.
De
modo parecido, en Colombia un grupo entusiasta de estudiantes universitarios
y profesores ha formado la Asociación para Promover una Agencia Aeroespacial
Colombiana. Los participantes, de la Universidad Nacional, Universal
District y Antonio Narino y la Universidad de San Buenaventura, han
construido y lanzado cohetes de aficionados, y estudian física, química
y otras ciencias que se requieren para un programa espacial.
La pelea por
el derecho al espacio
Desde
el momento en que Iberoamérica empezó a participar en la exploración
del espacio, tanto Argentina como Brasil estuvieron desarrollando sus
propios cohetes. La capacidad de lanzamiento de cohetes se ha visto,
correctamente, como una cuestión de soberanía y de seguridad nacional,
así como también económica. Para 1994, México, por ejemplo, había gastado
579 millones de dólares en un sistema satelital de comunicaciones en
el que, en gran medida, se le pagó a empresas extranjeras para que construyesen
y lanzasen sus satélites. Argentina y Brasil resolvieron desarrollar
sus propias industrias espaciales.
Los
programas de cohetes de Argentina y Brasil evolucionaron de sus primeras
campañas con cohetes sonda. Ambos usaron los cohetes a pequeña escala
como las piezas para construir vehículos de lanzamiento de varias etapas,
con el objetivo de usar los cohetes de manufactura propia, desde bases
de lanzamiento propias, como lo hacen los Estados Unidos, Rusia, Europa,
Japón, India y China.
En
los sesenta y los setenta, las Fuerzas Armadas argentinas diseñaron
una serie de cohetes cada vez más capaces, y en 1982, empezó el desarrollo
del Cóndor II. Este era un cohete de combustible sólido de dos etapas,
diseñado para transportar una carga de 450 kilogramos y alcanzar un
rango de 800 a 1.000 kilómetros.
Argentina contó con ayuda del exterior para mucha de su tecnología
de cohetes nueva. Después de la Guerra de las Malvinas, emprendida contra
Inglaterra en 1982, el gobierno argentino decidió que, aunque aún debía
obtener ciertos componentes del exterior para el Cóndor II, debería
fomentarse y aprovecharse la industria local, como igual de viable.
El objetivo declarado de los militares en el programa Cóndor II era
lograr poner equipo, tanto militar como civil, en la órbita terrestre,
y mejorar las tecnologías de vanguardia con aplicaciones en las ramas
aeroespaciales militar y civil.
El
Cóndor II también fue un proyecto conjunto en el que Egipto participó
en la fabricación del lanzacohetes (llamado Vector), e Iraq proveía
de financiamiento para el proyecto del Oriente Medio, conocido como
Badr-2000. Un consorcio, en su mayoría de empresas europeas, fabricó
varias partes del proyecto Cóndor, y más de una docena de empresas estadounidenses
participó de manera directa.
En
honor a la verdad, la "carrera misilística" en el Oriente Medio no comenzó
durante la guerra entre Irán e Iraq, sino en 1961, cuando Israel lanzó
su cohete Shavit. Después de la guerra en el Oriente Medio en 1967,
Francia levantó un embargo, pero los Estados Unidos ayudaron a Israel
en el desarrollo de tecnología de navegación y de ojivas, y éste construyó
su propio misil Jericho, y lo desplegó en 1968.
Y dale con
el cuento de la 'no proliferación'
Ya
desde 1972, los Estados Unidos prohibieron la exportación de tecnología
de vehículos de lanzamiento al Brasil, en la esperanza de que esto acabaría
con el programa lanzacohetes. A mediados de los ochenta, las potencias
espaciales se movilizaron para cancelar toda transferencia de tecnología
a cualquier país que se negara a detener el desarrollo de sistemas lanzacohetes.
En
1982, después de la guerra entre Irán e Iraq, el presidente Ronald Reagan
firmó una Orden de Seguridad nacional para investigar formas de controlar
la proliferación de misiles. En 1985, el Grupo de los 7 países más industrializados
inició negociaciones, y en abril de 1987, los Estados Unidos, Gran Bretaña,
Francia, Alemania Occidental, Italia, Canadá y Japón hicieron público
el Régimen de Control de Tecnología de Misiles (RCTM, siglas en inglés),
un dizque "acuerdo voluntario".
Donde
sale a relucir la mentira de que la intención de este Régimen es detener
la proliferación de armas, es el hecho de que su definición de "misiles",
incluye vehículos espaciales de lanzamiento que se usarían con propósitos
comerciales, y cohetes sonda, usados para experimentos científicos.
Los países miembros están de acuerdo en no exportar, no sólo cohetes,
sus instalaciones de producción y sus sistemas, sino también una amplia
gama de partes, componentes y subsistemas de "uso dual", como propulsores,
materiales para estructuras, equipos de pruebas, instrumentos de vuelo,
etc. Al igual que el Tratado de No Proliferación Nuclear, el RCTM establece
que el acuerdo "no se ideó para impedir los programas espaciales nacionales
o la colaboración internacional en dichos programas", pero después admite
que "la tecnología para un vehículo de lanzamiento espacial es casi
idéntica a la utilizada en un misil"; prohibiendo la transferencia tecnológica
para todo programa de cohetes.
Así
como las potencias nucleares insistían en que los países iberoamericanos
querían desarrollar armas nucleares, ahora pueden decir que sus cohetes
son el sistema para lanzar "armas de gran poder destructivo".
Al
prohibir la exportación de tecnología, el RCTM arruinó los programas
espaciales de lanzamiento de Iberoamérica. En su calidad de "acuerdo",
que no tratado, el RCTM no impone sanciones a los países que exportan
tecnología de misiles y violan el Régimen. Pero las protestas de los
Estados Unidos y la presión de otros países miembros llevaron a que
Italia le retirara su apoyo al programa Cóndor de Argentina, y en 1989,
Francia finalmente capituló y canceló su oferta de enviar expertos y
tecnología de su combustible líquido para cohetes Viking al Brasil.
Los
Estados Unidos sí aplicaron sanciones de manera unilateral contra
países de Iberoamérica, como también lo han hecho contra las empresas
espaciales de Rusia por su cooperación con Irán, y contra Pakistán,
por recibir asistencia de China. Estas sanciones, y la presión mayor
del RCTM, sirvieron para bajarle el ritmo al proyecto de lanzamiento
del VLS en Brasil, y acabó con el proyecto Cóndor II en Argentina.
Se suspendió
Cóndor, pero Brasil resiste
En 1991,
en Argentina, se creó la Comisión Nacional de Actividades Espaciales,
la CONAE,
para abrir la puerta a una creciente cooperación con la NASA en los Estados
Unidos
En
abril de 1990, el ministro de Defensa de Argentina, Humberto Romero,
dijo que el programa Cóndor se había suspendido y congelado". Dijo que,
aunque el cohete Cóndor se ideó como un lanzador de satélites, un asalto
político internacional lo "paralizó", en el sentido de que había de
tomarse la determinación política de detenerlo. Además, añadió, Argentina
no tiene los recursos necesarios para continuar. El Fondo Monetario
Internacional le prometió al país, que está hasta el cuello de deudas,
nuevos préstamos si abandonaba su programa de misiles.
La
Gran Bretaña tenía la "preocupación" de que Cóndor II le permitiría
a Argentina atacar las Malvinas. A Israel le preocupaba que los vínculos
egipcios e iraquíes con el proyecto amenazaran con propagar la tecnología
de misiles por todo el Oriente Medio, aunque sólo el propio Israel tenga
tales capacidades. Al mismo tiempo que la presión política escalaba,
la situación financiera llegaba a un punto de ruptura, y el ministro
de Relaciones Exteriores de Argentina, Domingo Cavallo, le aseguró a
los Estados Unidos que su país eliminaría el programa Cóndor. A cambio,
esperaba recibir la ayuda de los Estados Unidos con el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial y negociaciones con la banca privada.
Qué tanto éxito tuvo entonces Cavallo, o más recientemente, cuando regresó
por más como ministro de Hacienda, está ahora a la vista en la actual
bancarrota de Argentina.
En
1991, Argentina se integró al Régimen de Control de Tecnología de Misiles
(RCTM), y en abril de 1992, cedió ante la enorme presión y entregó la
mayoría de los componentes del programa Cóndor para que fuesen destruidos.
En 1991, se creó la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, la
CONAE, para abrir la puerta a una creciente cooperación con la NASA
en los Estados Unidos.
Brasil
se negó a ceder ante la presión, aun cuando en 1992 la Fuerza Aérea
brasileña anunció que, como resultado de las sanciones, el programa
VLS estaba atrasándose bastante. Como no tuvo acceso a los componentes
combustibles, a la tecnología de navegación inercial, de reingreso y
de otro tipo, que se necesitan para seguir desarrollando el VLS, Brasil
se vio obligado a fomentar su investigación interna y sus industrias,
o abandonar el proyecto.
De
nuevo, como en el caso de la energía nuclear, si el objetivo era de
veras evitar que las tecnologías de cohetes maduraran en Iberoamérica,
la política de sanciones fracasó. Sólo obligó a las naciones a desarrollar
internamente estas industrias, aunque a un ritmo menor sin la yuda internacional.
El supuesto de que el bloqueo tecnológico acabaría con el programa de
cohetes de Brasil fue estúpido desde el comienzo. Un artículo publicado
en la edición de octubre-noviembre de 1997 de la revista Air &
Space, le recuerda a la mafia de la "no proliferación" que el cuento
de que el VLS no tendría éxito "sin un Von Braun", es decir, sin un
extranjero, es un "mito".
Pero,
dice el artículo, el programa espacial brasileño tiene sus propios padres,
incluyendo a Jayme Boscov, quien trabajó en Francia en el Concorde y
regresó a Brasil para iniciar el programa que creó al Sonda y al VLS;
y a João Verdi y Carvalho Leite, que fue presidente de Avibras.
Para
mostrar sus intenciones, en 1994, el gobierno de Brasil creó la Agência
Espacial Brasileira (AEB), que dijo se guiaría por los lineamientos
del RCTM. Los "expertos" en proliferación incluso admitieron que Brasil
había probado a cabalidad "que nunca hubo un misil".
En
1994, los Estados Unidos accedieron a unirse a una campaña para lanzar
30 cohetes sonda desde el Centro de Lançamento de Alcântara, como el
señuelo para convencer al Brasil de que se uniera de manera formal al
RCTM. En octubre de 1995, el Senado brasileño aprobó una ley que impone
controles a las exportaciones de materiales y equipo de lanzamiento,
y seis días después, los estados miembros del RCTM votaron para aceptar
a Brasil, con la condición de que abandonara sus proyectos de misiles.
Antes de 1987, a ningún país que no fuera un estado sin misiles se le
permitía unirse al RCTM sin que accediera a destruir su programa de
cohetes.
Pero
Brasil no aceptaría semejante cosa. A la larga, el gobierno de Clinton
aceptó la promesa de Brasil de que no desarrollaría el VLS como un misil,
perdiendo la batalla con esta nación sobre su desarrollo como vehículo
comercial de lanzamiento. Los Estados Unidos tuvieron que tragarse sus
regulaciones, y admitieron a Brasil en el RCTM como la única nación
que no había probado un cohete antes de 1987, pero que no tuvo que destruir
físicamente su programa.

El cohete
VLS sobre la plataforma en el Centro de Lanzamiento de Alcântara en
Brasil
El
primer vuelo de prueba del VLS tuvo lugar en noviembre de 1997, pero
uno de sus cuatro motores falló, y se destruyó el cohete. El segundo
vuelo de prueba, en diciembre de 1999, que llevaba un satélite SACI-2,
de 6 millones de dólares, se destruyó a causa de una segunda falla de
lanzamiento. Esto no es nada fuera de lo común al iniciar un programa
de pruebas de cohetes.
Desde
que promulgó su Misión Espacial Completa Brasileña en 1980, Brasil ha
planeado terminar el desarrollo de un lanzacohetes espacial comercial,
para hacerse autosuficiente en enviar naves a la órbita de la Tierra.
Aunque se ha retrasado ese esfuerzo, sigue en marcha. La tercera prueba
de un vehículo VLS se programó para octubre de 2002, y se espera una
cuarta prueba.
Hace
poco, una delegación brasileña, encabezada por el presidente Fernando
Henrique Cardoso, visitó Rusia, y se esperaba que una delegación rusa
visitara Brasil en el verano de 2002. Las discusiones incluirían el
desarrollo de tecnología de propulsión con combustible líquido para
la próxima generación de lanzacohetes brasileños, después del programa
de pruebas del VLS. Tales etapas superiores de alta energía aumentarán
la capacidad de carga del lanzacohetes de Brasil.
El
tercer objetivo de la Misión Espacial Completa es desarrollar la capacidad
de enviar satélites hechos en Brasil, en cohetes brasileños, desde una
base de lanzamiento brasileña. Pero aquí, como en las otras áreas, se
ha emprendido un ataque frontal desde los Estados Unidos.
Una base de
lanzamiento iberoamericana
El
16 de octubre de 2001, el Washington Post informó de una declaración
del presidente de la Agência Espacial Brasileira, Luis Gilvan Meira
Filho, quien dijo, "No queremos quedarnos atrapados para siempre en
el mundo en vías de desarrollo. Nuestra vía de salida se pavimentará
con ciencia y tecnología. De eso se trata Alcântara".
En
los setenta, la Fuerza Aérea brasileña construyó un centro de lanzamiento
de cohetes en Alcântara, la capital del estado de Maranhão, en un terreno
que abarca más de cinco veces el área de la base de lanzamiento de la
Agencia Espacial Europea en Kourou, Guyana Francesa. Las instalaciones,
de 230 millones de dólares, se usaron para experimentos con cohetes
sonda suborbitales.
En
1980, el plan era ampliar Alcântara para alojar los lanzamientos de
los VLS de Brasil y los lanzamientos comerciales de cohetes y satélites
de otras naciones. Aunque las dificultades financieras retrasaron el
prograso, en 2000, el general (r.) de la Fuerza Aérea, Arquímedes de
Castro Faria Filho, director de programas del Ministerio de Ciencia
y Tecnología, dijo en un simposio en Washington que, entre 1984–1990,
se construyó el nuevo Centro de Lançamento de Alcântara, con un costo
de 300 millones de dólares.
Infraero, la operadora aeroportuaria del estado, es la responsable
de desarrollar comercialmente a Alcântara. En 1999, se calculaba que
a los clientes extranjeros se les cobrarían unos 2 millones de dólares
por lanzamiento al usar las instalaciones. En ese momento, Fiat/Avio
de Italia había firmado un acuerdo de colaboración para invertir 70
millones de dólares en mejoras, como parte de un consorcio, usando los
cohetes Tsyklon ucranianos de Alcântara. También, Lokheed-Martin sostuvo
pláticas con Brasil para lanzar desde ahí su nuevo cohete Athena-3.
Más
recientemente, Space News informó el 8 de octubre de 2001, que
la Fuerza Aérea de los Estados Unidos planea lanzar desde Alcântara
un satélite experimental a bordo de un impulsor Pegasus lanzado desde
el aire, en 2003.
Más presión
estadounidense
Pero
los Estados Unidos han decidido que, no obstante el reconocimiento de
que el VLS se desarrolla como un cohete comercial, y el hecho de que
Brasil es uno de los firmantes del RCTM, harán todo lo que esté a su
alcance para evitar que Brasil logre una capacidad de lanzamiento de
cohetes independiente. El 18 de abril de 2000, se firmó un Acuerdo de
Salvaguardas Tecnológicas, requerido bajo el RCTM, entre Brasil y los
Estados Unidos, que pretende permitir el lanzamiento de cohetes comerciales
estadounidenses desde Alcântara. Cualquier satélite que tenga aunque
sea sólo un componente fabricado en los Estados Unidos, está sujeto
a la aprobación de exportación de los Estados Unidos para su lanzamiento.
El
31 de agosto de 2001, se envió un documento explicando el Acuerdo a
los diputados y senadores de Brasil. El 9 de septiembre de 2001, el
diputado brasileño Waldir Pires dijo en un informe al Consejo de Relaciones
Exteriores y Seguridad Nacional, que el Acuerdo de Salvaguardas debía
rechazarse porque "desprecia la soberanía nacional". Otras voces en
la legislatura brasileña también exigen que se rechace el Acuerdo. ¿Por
qué?
El
Acuerdo establece áreas restringidas en las instalaciones, de acceso
exclusivo para el personal aprobado por los Estados Unidos, durante
el ensamble y lanzamiento de equipo espacial o vehículos estadounidenses.
El Acuerdo prohibe que los oficiales de aduanas inspeccionen contenedores
cerrados con equipo estadounidense que entren por Alcântara. Y peor
aún, el Acuerdo estipula que ¡Brasil no puede usar los ingresos que
perciba por concepto de lanzamientos comerciales para el desarrollo
del VLS! La misma cantaleta con la mentira acustumbrada de que los regímenes
con control de exportaciones no impiden el desarrollo de tecnología
civil.
Según
el Departamento de Estado de los Estados Unidos, esta restricción es
exclusiva del Acuerdo con Brasil, porque los Estados Unidos no quieren
que haya ningún apoyo para "nuevos sistemas de misiles". El Departamento
reconoce que la política estadounidense "va más allá de la esfera del
RCTM", y admite que no cree que "otros países estén de acuerdo con los
Estados Unidos" en cuanto a estas restricciones. El Departamento de
Estado reconoce que esto es un "tema político delicado para Brasil",
pero confía en que el Senado brasileño aprobará el Acuerdo de Salvaguardas.
Aunque eso está por verse.
Brasil
también considera otras opciones. El 18 de noviembre de 1999, las agencias
espaciales de Brasil y de Ucrania firmaron un acuerdo en Kiev para la
cooperación en las áreas del espacio, incluyendo el lanzamiento de cohetes
ucranianos, como el Tsyklon, desde Alcântara. Una delegación ucraniana
visitaría Alcântara en la primavera de 2002, según dijera el director
de la Agência Espacial Brasileira, Mucio Dias, para determinar las modificaciones
que se requieren en las instalaciones existentes, y el costo que representaría,
para poder lanzar cohetes ucranianos Tsyklon. Se calcula que el proyecto
costará entre 150 y 200 millones de dólares. Ambas naciones firmaron
ya un acuerdo de salvaguardas tecnológicas.
Casi
tan pronto como empezó a operar el Régimen de Control de Tecnología
de Misiles (RCTM) en 1987, Brasil se dio cuenta de que tendría que ampliar
su ámbito de cooperación internacional en la tecnología espacial para
poder avanzar. En julio de 1988, el presidente brasileño José Sarney
visitó China. Ambos gobiernos firmaron un acuerdo para desarrollar dos
satélites avanzados de sondeo. Brasil construiría los satélites y China
brindaría parte de la tecnología y el lanzamiento en un cohete Long
March. Al inició del programa, el INPE dejó en claro que Brasil pretende
aprovechar la cooperación con China "para romper con el prejuicio de
los países desarrollados contra la transferencia de tecnología avanzada".

En
1993, se firmó el contrato para la fabricación y lanzamiento de dos
satélites de sondeo remoto China-Brasil, CBERS. Ese año, el presidente
Jiang Zemin visitó al INPE durante una gira por Brasil, y observó de
primera mano la construcción de satélites y las capacidades de pruebas
del Brasil. En 1995, el presidente Fernando Henrique Cardoso visitó
China, y ambas partes decidieron ampliar el programa CBERS, sumándole
la construcción de un tercer y un cuarto satélite, y un satélite más
de transición entre cada par.
El
CBERS-1 se lanzó el 14 de octubre de 1999, y el Ministerio de Ciencia
y Tecnología de Brasil logró captar su primera imagen 15 días más tarde;
una región selvática en el estado de Amazonas, en el noroeste de Brasil.
El CBERS-1 es un satélite de 1.360 kilogramos de peso, operado desde
el Centro de Control Satelital Xi'an en China. A bordo del CBERS-1 viaja
un Receptor de Imágenes de Espectro Amplio para capturar información
en luz visible y en la región infrarroja del espectro electromagnético,
una Cámara CCD de Alta Resolución y un Barredor Multiespectral Infrarrojo.
Tanto China como Brasil son naciones con un gran territorio, con amplias
regiones deshabitadas, difíciles de alcanzar. La información del satélite
se usará en los campos forestal, agrícola, de la geología y de la hidrología.
Brasil espera competir con los sistemas de sensores remotos estadounidenses
y franceses en el mercado de la captura de imágenes.
El
segundo satélite CBERS estuvo programado para su lanzamiento desde China
en el verano de 2002.
En
septiembre de 2000, el ministro de Relaciones Exteriores de China, Tang
Jiaxuan, visitó Brasil, y firmó un acuerdo para el "Proyecto Satélite
Sinobrasileño de Recursos Terrestres". Esto amplió la cooperación bilateral
y esbozó los términos del costo compartido de los dos satélites de segunda
generación. En ese momento, el ministro brasileño de Ciencia y Tecnología,
Ronaldo Sardenberg, dijo que la "futura cooperación bilateral en tecnología
podrá extenderse a áreas como la biología, la informática, la ingeniería
genética humana y la agricultura".
A principios
de 2002, Brasil firmó un acuerdo de cooperación espacial con la India,
el país más afín a él, en su objetivo de lograr la autosuficiencia y
en el nivel de su tecnología espacial. El 1 de marzo, el doctor K. Kasturirangan,
director de la Organización de Investigación Espacial de la India, y
el doctor Múcio Dias, presidente de la Agência Espacial Brasileira,
firmaron un extenso Memorándum de Compromiso en Bangalore, India, para
la cooperación espacial. El Memorándum incluye programas de tecnología
satelital, organización de programas, y entrenamiento e intercambio
de personal técnico y científico para trabajar juntos en asuntos específicos.
En
la ceremonia de firma del acuerdo, el ministro de Estado para el Espacio
de la India, Vadundhara Raje, dijo que, aunque "India y Brasil se encuentran
en continentes diferentes del globo, compartimos muchas cosas en común.
Ambos somos países grandes, dotados con ricos recursos naturales. La
herencia cultural que ambos tenemos es rica y diversa. . .
Significativamente, nuestro países son naciones en vías de desarrollo
que se esfuerzan por acelarar los motores de su crecimiento económico
por medio del uso sensato de la ciencia y la tecnología". El centro
de la cooperación serán las aplicaciones de la tecnología espacial,
como las comunicaciones, el sondeo remoto y la meteorología.
Aunque
Argentina y Brasil tienen acuerdos bilaterales con otros países, el
más importante para el futuro de una Agencia Espacial Iberoamericana
es el que tienen entre sí. A pesar de que las rivalidades históricas
han afligido las relaciones entre Argentina y Brasil por mucho tiempo,
en 1989, los presidentes de ambos países firmaron la Declaración Conjunta
Brasil Argentina sobre Cooperación Bilateral en los Usos Pacíficos del
Espacio Exterior. En este marco, en 1996, firmaron un acuerdo de gobierno
a gobierno para la cooperación en la ciencia espacial, la tecnología,
los recursos terrestres y los estudios ambientales, y se comprometieron
a desarrollar misiones combinadas de puesta en órbita de satélites,
medios de acceso al espacio y servicios de lanzamiento de cohetes.
El
doctor Varotto de la agencia espacial argentina, en su discurso de octubre
de 2000, donde convocó a la creación de una "agencia espacial para Sudamérica",
dijo que Argentina está cooperando con Brasil en un estudio de viabilidad
económica y técnica para el desarrollo de un sistema de lanzamiento
de satélites que satisfaga los requerimientos orbitales y de equipo
de las misiones espaciales del Programa Espacial Nacional [de Argentina],
usando al menos una etapa con combustible líquido de alta eficiencia".
Aunque Argentina canceló su programa Cóndor II, no se ha cerrado a la
importancia de contar con una capacidad iberoamericana de lanzamiento
espacial. "La determinación argentina de trabajar con Brasil en este
campo no puede ser más explícita", dijo Varotto, refiriéndose al VLS
brasileño.
Argentina y Brasil actualmente se apoyan mutuamente en las tareas
de rastreo, telemetría y control de sus satélites. Argentina también
ha usado las instalaciones de prueba del INPE en Brasil para sus satélites.
Juntos, ambos países desarrollan el Satélite Argentina-Brasil para Investigaciones
en Alimentos, Agua y Ambiente, o SABIA. Será un satélite de 30 millones
de dólares y 350 kilogramos de peso, con un Barredor Multiespectral
en los rangos visible y cercano al infrarrojo, que ofrece una resolución
de la superficie terrestre de entre 6 y 8 metros. Cada 3 días, SABIA
cubrirá toda la región del Mercosur, de Argentina, Brasil, Paraguay
y Uruguay.
El
doctor Varotto dice que, para los argentinos, "Brasil y Argentina tienen
una buena oportunidad de trabajar juntos en la organización de la Agencia
Espacial del Mercosur. Pero para hacerlo, es nuestra opinión que debemos
considerar seriamentre el diseño de un Programa Espacial Común, comenzando
por Brasil y Argentina, con objetivos comunes".
Un
objetivo debe ser ampliar la participación de Iberoamérica en el vuelo
espacial tripulado.
El audaz salto
de Brasil hacia el espacio
El
objetivo final del desarrollo de la tecnología espacial, es posibilitarle
al hombre la exploración del espacio. En esto, Brasil ha dado un salto
audaz.
En
1982, el presidente estadounidense Ronald Reagan le ofreció al Brasil
la oportunidad de enviar un astronauta suyo en el transbordador espacial.
Aunque tales planes se quedaron en espera después del accidente del
Challenger, los científicos brasileños sí participaron en importantes
experimentos de cultivo de cristales proteicos que hubo a lo largo de
siete misiones del transbordador. En la primera, la misión STS-83 en
1987, el Aparato de Difusión de Vapor de Segunda Generación llevó once
proteínas en sus cámaras experimentales, incluyendo dos proteínas relacionadas
con la enfermedad de Chagas. El grupo de investigadores que trabajó
en este proyecto incluyó científicos de Argentina, Brasil, Chile, Costa
Rica, México y Uruguay.

STS-83. El
grupo de investigadores que trabajó en este proyecto incluyó
científicos de Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, México y Uruguay.
Brasil
estaba interesada en ampliar la investigación sobre el crecimiento de
cristales proteicos en la Estación Espacial Internacional, y, a cambio,
haciendo una contribución sustancial, también poder enviar a un astronauta
a la misma.
En
diciembre de 1996, la NASA invitó a Brasil a unirse al programa de la
Estación Espacial como participante, y cuando el director Dan Goldin
acompañó al presidente Clinton al Brasil en octubre de 1997, la NASA
y la Agência Espacial Brasileira firmaron un acuerdo para el "Diseño,
desarrollo, operación y uso de equipo de vuelo y de operación para la
EEI". El propósito del acuerdo era que Brasil produjese piezas de equipo
para la estación, y, a cambio, tuviera acceso a las instalaciones de
investigación de a bordo, o "derechos de uso", y la oportunidad de que
un astronauta brasileño viva en la estación. Uno de los beneficios que
Brasil encontró en este arreglo, es que sus universidades y centros
de investigación podrían cooperar con los de otros países. Y la industria
brasileña tendría que habilitar sus procesos industriales conforme la
rigurosa normatividad del vuelo espacial tripulado. Debido a que el
presupuesto de la NASA se ve cada vez más incapacitado para cubrir el
compromiso de los Estados Unidos para con el proyecto de la Estación,
Brasil contribuiría con equipo importante que, de este modo, los Estados
Unidos no tendrían que fabricar.
Brasil
aceptó elaborar cuatro tipos principales de equipo para la estación
espacial. El primero es una plataforma EXPRESS (siglas en inglés, para
Facilitar el Procesamiento de Experimentos a la Estación Espacial).
EXPRESS es una estructura de apoyo que sujeta pequeñas piezas de equipo
a los segmentos estadounidenses del armazón externo de la estación.
Brasil construirá cuatro unidades, cada una de las cuales puede acomodar
hasta seis equipos experimentales, para un total de 1,36 toneladas.
La plataforma EXPRESS abastece de energía e información a cada uno de
los equipos.
La
Instalación Tecnológica Experimental (ITE), es equipo que se emplea
también para acomodar experimentos en la estructura exterior de la estación
espacial, brindando al equipo una exposición larga en el ambiente espacial.
Brasil fabricará una unidad que puede moverse del compartimiento de
carga del transbordador espacial, vía el brazo robótico del mismo, hasta
su posición en la estructura. Brasil también construirá la Instalación
de la Ventana de Observación e Investigación de la Sección 2, que se
usará como soporte de instrumentos ópticos para observar la Tierra.
Pueden montarse diferentes instrumentos científicos tras la ventana,
según se requiera. También se construirán cuatro Unidades de Transporte
de Logística Despresurizados en Brasil, para llevar refacciones y equipo
de mantenimiento. Se montarán en la estructura y tendrán disponibles
herramientas y equipo que puede almacenarse en el espacio.
A cambio,
la Agência Espacial Brasileira dispondrá de tiempo de experimentación,
usando el equipo de la estación espacial, y de espacio en el transportador
espacial para llevar experimentos a la estación, y de vuelta a la Tierra.
Brasil podrá usar por un año, por ejemplo, un espacio dentro de la estación
donde podrá poner sus experimentos. También dispondrá del 3 por ciento
del tiempo operativo disponible en la ventana de observación.
La
NASA sostendrá a un miembro de la Agência Espacial Brasileira en la
estación por unos tres o cuatro meses. El mayor Marcos Pontes, de la
Fuerza Aérea brasileña, se presentó en el Centro Espacial Johnson en
agosto de 1998 para comenzar su entrenamiento para su misión en la Estación
Espacial. Pontes es un piloto de pruebas que ha volado 20 clases diferentes
de aeronaves. Se graduó de la Escuela Naval de Egresados de Brasil,
cuando lo seleccionaron como astronauta para el programa. Actualmente
trabaja en tareas técnicas en la Oficina de Astronáutica, hasta que
se le asigne a un vuelo espacial.

El primer proyecto espacial desarrollado de manera conjunta
por dos naciones de Iberoamérica,
será un satélite
de sensor remoto para la investigación en alimentos, agua y medio ambiente,
el SABIA, entre Brasil y Argentina.
Semejantes compromisos, por el orden de los cientos de millones
de dólares, no han sido fáciles de cumplir para Brasil a causa del empeoramiento
de la espiral de sus deudas, la crisis financiera y los cortes presupuestales
resultantes.
En
septiembre de 1998, se firmó el primer contrato entre el INPE y la Boeing
Company para operar como subcontratista del equipo brasileño para la
Estación Espacial. La Agência Espacial Brasileira le ha delegado al
INPE la tarea de vigilar el trabajo en la Estación. Se calcula que le
costaría a Brasil unos 120 millones de dólares cumplir con la entrega
del equipo prometido.
Pero,
a principios de 1999, el banco central brasileño eliminó las restricciones
regulatorias y permitió que su moneda flotara, reduciendo el valor del
real frente al dólar en 30 por ciento. El Fondo Monetario Internacional
le exigió a los gobernantes del país que aplicaran severos cortes presupuestales
y austeridad, lo que desembocó en cortes al presupuesto de la Agência
Espacial para la Estación Espacial Internacional. Para mediados de año,
Boeing, a quien no se le pagó, retiró a su consultor y cerró sus oficinas
en Brasil. Varios funcionarios brasileños advirtieron que semejante
comportamiento podría dañar una relación de 15 años con el INPE. "Si
quieres establecer y mantener una larga asociación, no te comportas
de ese modo a la primera tormenta", dijo el director del INPE, Marcio
Nogueira Barbosa. Pero si Brasil no entrega el equipo, la NASA tendría
hasta fines de 1999 para encontrar otro proveedor.
El
6 de octubre de 1999, los funcionarios de la NASA se reunieron con el
ministro brasileño para la Ciencia y la Tecnología, quien le aseguró
a la NASA que Brasil cumpliría sus obligaciones con la Estación Espacial.
"Tendremos que hacer recortes en otros ministerios", dijo, pero el gobierno
considera importante el proyecto. El brazo ejecutivo le pidió a la legislatura
23 millones de dólares para el próximo año, en contraposición a los
planes de principios de 2000, que no incluían esa petición. En diciembre,
funcionarios brasileños le dijeron a la NASA estaban reemprendiendo
el trabajo en la estación, y a Boeing se le pagaron los 3 millones de
dólares adeudados por su trabajo en la plataforma EXPRESS.

La plataforma
EXPRESS (por sus siglas en inglés, para Facilitar el Procesamiento de
Experimentos
a la Estación Espacial) es la primera contribución de Brasil a la Estación
Espacial Internacional;
la primera
de una nación en vías de desarrollo.
En
enero de 2001, la empresa aeronáutica Embraer ganó el contrato para
iniciar la construcción del proyecto de la plataforma EXPRESS, en base
al estudio de viabilidad que realizó. En ese momento, la fecha programada
de lanzamiento de la primera era el 2003, con un costo total de 120
millones de dólares, repartidos en cuatro años.
No
hace mucho, el programa sufrió otro revés. A finales del 2001, la oferta
que hizo Embraer para construir equipo, supuestamente era 50 por ciento
mayor que el costo estimado de 120 millones de dólares. Según la Agência
Espacial Brasileira, ahora se realizan negociaciones que "podrían llevar
a una revisión de la oferta" de Embraer. La oferta de Embraer se estudia
cuidadosamente.
Según
la NASA, se tenía programada una reunión con representantes del Brasil
para la primavera del 2002, para tomar una decisión sobre la capacidad
del Brasil de suministrar el equipo. Dado que la plataforma EXPRESS
es una infraestructura que emplearán todos los socios de la plataforma
espacial, la NASA tiene que garantizar que se complete. Los retrasos
en la construcción de la Estación en su conjunto, principalmente por
causa de dificultades presupuestales de los rusos, primero, y ahora
de los Estados Unidos, han causado que se posponga el lanzamiento de
la plataforma hasta el 2005. Un funcionario de la NASA dijo que "todo
el programa de la Estación Espacial se encuentra en un estado de mucha
incertidumbre", por los problemas presupuestales de los Estados Unidos,
pero que desean "que Brasil siga siendo parte del proyecto".
Brasil
tomó la decisión valiente y audaz de ser la primera nación "en vías
de desarrollo" con un programa de vuelos espaciales tripulados. Fue
un paso decisivo, abrir esta vasta y fascinante frontera, con todos
los beneficios que acarreará semejante exploración, para todas las naciones
de Iberoamérica.
Cada niño,
un explorador
De
coordinarse las estructuras y las capacidades de exploración espacial
de todas las naciones de Iberoamérica, emergería un programa espacial
amplio y de gran alcance. Iberoamérica podría diseñar, construir, probar,
y, pronto, lanzar satélites con poca o ninguna ayuda de otras naciones.
La experiencia de Argentina con su cohete Cóndor debería aplicarse a
lo que queda por desarrollar del VLS del Brasil. Este cohete estaría
disponible para que todas las naciones iberoamericanas pudieran lanzar
tripulaciones y equipos al espacio.
El
desarrollo de satélites que se lleva a cabo en Chile, Perú y México,
cuando menos sería un paso para la construcción de satélites pequeños
y medianos que podrían aplicarse, no sólo a la observación terrestre
y a las comunicaciones, sino también a la ciencia espacial. ¿Por qué
no aplicar los instrumentos científicos y los medios de procesamiento
de información desarrollados para los extensos proyectos iberoamericanos
de teledetección terrestre, por ejemplo, para observar a nuestra vecina
inmediata, la Luna?
Al
combinar los recursos físicos, científicos y humanos de toda la región,
una Agencia Espacial Iberoamericana se convertiría en un socio pleno
en los vuelos espaciales tripulados, al mismo tiempo que desarrollaría
las capacidades para adentrarse más en el espacio por cuenta propia.
Las
alternativas no podrían ser más claras. Continuar aferrados a los dictados
de un Fondo Monetario Internacional en bancarrota, significa más miseria
y cero futuro. La otra senda, una revolución en la educación, la infraestructura,
y el crecimiento económico y tecnológico, sería el resultado de un programa
agresivo de exploración espacial. El más claro ejemplo de un efecto
tal, es el del proyecto Apolo de los Estados Unidos en los sesenta.
El mismo, creó una nueva generación de científicos e ingenieros; una
demanda para bienes industriales básicos que requerían inversiones en
electricidad, transporte y máquinas herramienta; y los desafíos técnicos
que forzaron la introducción de nuevas tecnologías a la industria, efectos
que continuaron aún dos décadas después de que la NASA había gastado
el dinero para llevar hombres a la Luna.
El
problema principal que enfrenta Iberoamérica para llevar a cabo grandes
proyectos en el espacio, no es financiero, ni la falta de recursos humanos
o de capital. El principal desafío a vencer, es establecer el derecho
de todo ser humano a desarrollar las capacidades para hacerle aportes
científicos y económicos a su país, y para que los dirigentes de las
naciones apliquen medidas que se fundamenten en su propio interés soberano.

En
1997, el internacionalmente reconocido economista estadounidense Lyndon
LaRouche, le dijo a 500 personas reunidas en Lima, Perú: "Nunca acepten
la idea de que ciertas naciones son ricas, y otras son pobres. Nunca
acepten la idea de que son un país pobre. No se conciban nunca a sí
mismos como personas de un país pobre. Les pido que pogan sus ojos en
las estrellas, que vean con orgullo y confianza lo que la mente los
hace capaz de lograr. Dentro de cuarenta años, que no es mucho tiempo. . .
los hijos de algunos de los miembros más jóvenes de este grupo caminarán
sobre la superficie de Marte. Los hijos y nietos de algunas de las familias
rurales más pobres del Perú hoy en día, caminarán sobre Marte".
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Marsha Freeman es directora asociada de la revista 21st Century.
Su libro más reciente, Challenges of Human Space Exploration
(Los desafíos de la exploración espacial), lo publicó Springer Praxis
en 2001.
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