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La Alegría de Leer el Quijote

por
Carlos Wesley
En
una encuesta realizada en el 2002, algunos de los escritores más importantes
del orbe, en representación de casi todos los continentes, desde África
hasta Australia, Europa, Asia y las Américas, seleccionaron a El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha como la mejor novela
del mundo. "Si hay una novela que debes leer antes de morir, ésa es
Don Quijote", dijo el escritor nigeriano Ben Okri.(1)
Esta
opinión la comparte de todo corazón nuestro grupo de estudio, el cual
empezó a leer Don Quijote, en voz alta, hace dos años. Terminamos
la Parte primera de esta obra maestra del siglo 17, de Miguel de Cervantes
Saavedra (1547–1616), publicada en 1605, y ahora estamos leyendo la
Parte segunda, que Cervantes publicó diez años después, en 1615.
Para
nosotros, leer el Quijote ha sido una empresa por demás placentera,
algo que deberías considerar hacer. Al hacerlo, te unirías a muchos
otros, incluyendo a los padres fundadores de Estados Unidos, que han
leído y disfrutado del Quijote por casi 4 siglos.
La
novela de Cervantes se ha traducido a la mayoría de los idiomas del
mundo. Una de las primeras traducciones es la de Thomas Shelton al inglés,
en 1607. Shelton formaba parte de los círculos de William Shakespeare.(2)
Después
de la Biblia, el Quijote es la obra literaria más difundida
en el mundo. Ha inspirado incontables películas, y obras de poesía,
teatro y de música, como es el caso del compositor inglés Henry Purcell,
ya desde el siglo 17, y del buen amigo de Juan Sebastián Bach, Georg
Philip Telemann (padrino del hijo de Bach, Carl Philip Emmanuel), quien
compuso la famosa suite Don Quijote, sin olvidar a Gaetano Donizetti,
Félix Mendelssohn y muchos otros.

Carlos Wesley,
director del grupo de lectura y algunos de los miembros del movimiento
larouchista durante las clases de lectura de 'Don Quijote' (Virginia
2003)
Un
espejo a la sociedad
Como
casi todo mundo sabe, la trama básica del Quijote trata de las
aventuras de un miembro de la clase terrateniente venida a menos de
la España de fines del siglo 16, quien, enloquecido por leer tantos
libros de caballería, decide él mismo convertirse en un caballero andante
y, junto con su vecino, el campesino Sancho Panza, a quien promete el
gobierno de una "ínsula" a cambio de sus servicios como escudero, decide
viajar por España. En su camino, se encuentra con aristócratas, burócratas
y ladronzuelos, comerciantes, soldados, sacerdotes y monjes, duques,
duquesas, y prostitutas, 669 personajes en total, quienes representan
al verdadero pueblo español de la época: la nación más poderosa del
mundo, pero que va que vuela a su ruina inexorable por la estupidez
de su pueblo y por las políticas de los reinantes Habsburgo, en particular
las de Felipe II (1527–1598) y su hijo, el indolente y venal Felipe
III (1598–1621). En tanto que el primero emprendió una cruel, pero vana
política de represión hacia los Países Bajos, fue en el reinado del
último que se concretó la expulsión de la población musulmana de España,
empezando en 1609, que completó el proceso de limpieza étnica iniciada
poco más de un siglo antes, con la expulsión de los judíos españoles
(1451–1504) en el reinado de la bisabuela de Felipe III, la reina Isabel
la Católica.
A lo
largo del viaje de don Quijote y Sancho Panza, además de presentarle
a sus contemporáneos un espejo en el cual poder ver sus fortalezas,
así como las locuras que los los llevaron a este triste trance, Cervantes
les muestra (y a nosotros) como salir del lío, entre otras cosas, en
las enseñanzas que don Quijote le da a Sancho sobre cómo gobernar; lecciones
que éste aprende bien, como veremos más adelante, cuando gobierna la
"ínsula Barataria" de manera ejemplar (esto es, hasta que enfrenta una
situación nueva que no concuerda con los axiomas con los que venía conduciéndose,
que es cuando Sancho es incapaz de cambiar —o no quiere hacerlo— y renuncia
al cargo).

Muchos niveles de significado
Aunque
por supuesto uno puede disfutar mucho leyendo el Quijote por
su cuenta, leerlo en voz alta en un grupo brinda un sentido más elevado
de gozo y entendimiento, como hemos aprendido en nuestro círculo de
estudio.
Nuestro
grupo nació en el 2000, cuando este autor asumió mayores responsabilidades
editoriales en las publicaciones en español del movimiento internacional
que encabeza Lyndon H. LaRouche, y se dio cuenta de que necesitaba pulir
sus propias habilidades lingüísticas, y las de un par de sus jóvenes
colaboradores. Conociendo por experiencia los saludables efectos de
leer el Quijote, propuse que los tres nos reuniéramos ocasionalmente
a estudiar algunos pasajes. Para mi sorpresa, en la ocasión de nuestra
primera reunión, no sólo vinieron los jóvenes, sino también varios colegas
que querían unirse a la diversión.
En
un momento dado nuestro grupo pasó de 20 personas —una cantidad algo
difícil de manejar— pero a la larga bajó a un nivel mucho más manejable
de entre 10 y 12 personas.
Desde
el principio establecimos unas cuantas reglas sencillas para facilitar
la participación: que nos reuniríamos una vez a la semana, por no más
de una hora; que empezaríamos a la hora indicada (las más de las veces,
¡como fuera!), sin importar cuántos estuvieran presentes; y que terminaríamos
a la hora acordada. De esta forma, cualquiera podría organizarse para
participar en las lecturas, sin preocuparse de interrumpir su trabajo
u otra actividad. Otra regla fue que todos leeríamos por turnos y en
voz alta.

Miembros
del movimiento larouchista comentan
las aventuras del Quijote (Virginia 2003)
Aunque
llevamos más de dos años, y estamos a poco más de la mitad del libro,
ha sido muy divertido, al grado que nadie tiene prisa por terminarlo.
"Pero, ¿qué dices? ¡Esto es lo mejor de la semana! Esto es lo que estoy
esperando", comentó un miembro del grupo una vez. Qué mejor testimonio
del poder del libro, que el hecho de que haya captado la atención de
la composición tan diversa de nuestro círculo de lectura, por tanto
tiempo. Nuestro grupo incluye (o ha incluido en diferentes momentos)
trabajadores agrícolas hispanos, con poca educación formal; estudiantes
de primaria y secundaria de habla hispana; hispanos con un nivel secundario
o universitario; estadounidenses con un grado secundario o universitario,
cuyo dominio del español varía de rudimentario al de casi una lengua
natal. Y aunque no a todos sacamos el mismo provecho del libro (¿cómo
podríamos?), todos disfrutamos el reunirnos una hora a la semana, leyendo
por turnos una parte, en tanto que el líder del grupo —a veces este
autor, otras alguien más—, que se ha tomado el tiempo para estudiar
el capítulo a leer de antemano, presenta la definición de los términos
que pudieran ser desconocidos (que no son tantos como pudiera pensarse,
pues el español de Cervantes es notablemente moderno), o explicaciones
literarias, históricas, o alusiones populares, etc.
La
única cosa que procuramos evitar es "explicar" lo que Cervantes "quiso
decir", pues hemos aprendido que hay niveles y más niveles de significado
ocultos en las ambigüedades del Quijote, que uno descubre cual
pelar una cebolla, como diría LaRouche.
Tomemos
este ejemplo de la Parte primera, Capítulo IX:
Esta
imaginación me traía confuso y deseoso de saber real y verdaderamente
toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote
de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero
que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso
al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al de desfacer
agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que
andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad
a cuestas, de monte en monte y de valle en valle; que si no era
que algún follón, o algún villano de hacha y capellina, o algún
descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos
que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un
día debajo de tejado, se fué tan entera a la sepultura como la
madre que la había parido.
Algunas
de estas ambigüedades —como las rabelaisianas, (3) "con toda su virginidad
a cuestas, de monte en monte y de valle en valle"— prácticamente hace
brincar en su asiento a cualquiera que lee el libro.
Sin
embargo, descubrimos que se alcanza una comprensión mayor al leer en
voz alta, y del proceso de discusión que hay en un grupo. Esto no es
accidental, porque Cervantes diseñó el libro para leerse en voz alta;
una necesidad en ese entonces, pues se calcula que apenas el uno por
ciento de la población de España sabía leer y escribir, y la situación
no era mucho mejor en el resto de Europa.
Tan
es así, que a lo largo de la Parte primera del Quijote Cervantes
describe grupos de pastores en el campo, o viajeros que se reúnen en
alguna venta, para escuchar a alguien leer un libro u otra cosa. Y luego,
en la Parte segunda, Cervantes nos muestra a un grupo de personas ¡que
se reúne para hablar de la Parte primera de Don Quijote!
Dos
ejemplos de cosas entendimos mejor como resultado del trabajo conjunto
los tenemos en el Capítulo LII, el último de la Parte primera, titulado,
"De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura
de los diciplinantes, a quien dio felice fin a costa de su sudor".
El
primero, es la reacción de Sancho Panza al ver a su amo tendido en el
suelo tras haber sido vapuleado por un grupo de disciplinantes religiosos,
a quienes don Quijote había atacado, creyéndolos secuestradores.
Pero
la fortuna lo hizo mejor que se pensaba porque Sancho no hizo
otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor, haciendo
sobre él el más doloroso y risueño llanto del mundo, creyendo
que estaba muerto. El cura fue conocido de otro cura que en la
procesión venía; cuyo conocimiento puso en sosiego el concebido
temor de los dos escuadrones. El primer cura dio al segundo, en
dos razones, cuenta de quien era don Quijote, y así él como toda
la turba de los disciplinantes fueron a ver si estaba muerto el
pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimas en los
ojos, decía:
—¡Oh
flor de la caballería que con sólo un garrotazo acabaste la carrera
de tus bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria
de toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú
en él, quedará lleno de malhechores, sin temor de ser castigados
de sus malas fechorías! ¡Oh liberal sobre todos los Alejandros,
pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada la mejor
ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh humilde con los soberbios
y arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor
de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote
de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante,
que es todo lo que decir se puede!
El
discurso de Sancho es divertido, en particular la parte en la que describe
a don Quijote como "humilde con los soberbios y arrogante con los humildes",
que a primera vista pareciera un ejemplo de la bien sabida proclividad
de Sancho a torcer el lenguaje.
Pero,
¿es ese el caso?
Aunque
este autor de ningún modo es lo que llamaríamos un experto en Cervantes,
he leído el Quijote muchas veces por mi cuenta. Sin embargo,
en lecturas previas, a mí —y a otros en el grupo que ya habían leído
el libro antes— me pasó desapercibido el verdadero chiste, el cual sólo
capté en el proceso deliberativo del grupo: es decir, que Sancho no
está hablando impropiedades; su descripción de la conducta de don Quijote
como "humilde con los soberbios y arrogante con los humildes", ¡es absolutamente
cierta!
Esto
se ve un poco antes, en el Capítulo XLIV, "Donde se prosiguen los inauditos
sucesos de la venta", la única ocasión en la Parte primera donde alguien
le pide a don Quijote que ejerza su profesión de caballero andante.
Y
en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes voces
a la puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes
que aquella noche habían alojado en ella, viendo a toda la gente
ocupada en saber lo que los cuatro buscaban, habían intentado
a irse sin pagar lo que debían; mas el ventero, que atendía más
a su negocio que a los ajenos, les asió al salir de la puerta,
y pidió su paga, y les afeó su mala intención con tales palabras,
que les movió a que le respondiesen con los puños; y así, le comenzaron
a dar tal mano, que el pobre Ventero tuvo necesidad de dar voces
y pedir socorro. La Ventera y su hija no vieron a otro más desocupado
para poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la
Ventera dijo:
—Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios
le dio, a mi pobre padre; que dos malos hombres le están moliendo
como a cibera.
A
lo cual respondió don Quijote muy de espacio y con mucha flema:
—Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque
estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no
diere cima a una en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo
podré hacer por serviros, es lo que ahora diré: corred y decid
a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor que
pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, en tanto que
yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle
en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le
sacaré della.
—¡Pecadora de mí! —dijo a esto Maritornes, que estaba delante—.
Primero que vuestra merced alcance esa licencia que dice estará
ya mi señor en el otro mundo.
—Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo —respondió
don Quijote—; que como yo la tenga, poco hará al caso que él esté
en el otro mundo; que de allí le sacaré a pesar del mismo mundo
que lo contradiga; o, por lo menos, os daré tal venganza de los
que allá le hubieren enviado, que quedéis más que medianamente
satisfechas.
Y
sin decir más, se fué a obtener el permiso. Una vez obtenido,
don Quijote, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada,
acudió a la puerta de la venta, adonde aún todavía traían los
dos huéspedes a mal traer al Ventero; pero así como llegó, embazó
y se estuvo quedo, aunque Maritornes y la Ventera le decían que
en qué se detenía; que socorriese a su señor y marido.
—Deténgome —dijo don Quijote— porque no me es lícito poner mano
a la espada contra gente escuderil; pero llamadme aquí a mi escudero
Sancho; que a él toca y atañe este defensa y venganza.
Encarando
a la sociedad española

A Don Quijote
lo apalean flagelantes tras intentar liberar a la estatua
de la Virgen (Capítulo LII de la Parte primera)
En
el segundo ejemplo del Capítulo LII de la Parte primera, Cervantes enfrenta
las supersticiones, el falso sentido del honor y otros defectos de la
España de los siglos 16 y 17, con la fina ironía que lo caracteriza,
para obtener el efecto más devastador.
Éste
es la pelea con los disciplinantes, que antecede inmediatamente a la
escena con Sancho arriba descrita.
El
cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó
luego, y don Quijote se puso en pie, volviendo así mismo el rostro
a donde el son se oía, y vió a deshora que por un recuesto bajaban
muchos hombres vestidos de blanco, a modo de diciplinantes.
Era
el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra,
y por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones,
rogativas y diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su
misericordia y les lloviese; y para este efecto la gente de una
aldea que allí junto estaba venía en procesión a una devota ermita
que en un recuesto de aquel valle había. Don Quijote, que vio
los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle por la memoria
las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó que
era cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero
andante, el acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar
que una imagen que traían cubierta de luto fuese alguna principal
señora que llevaban por fuerza aquellos follones y descomedidos
malandrines; y como esto le cayó en las mientes, con gran ligereza
arremetió a Rocinante, que paciendo andaba, quitándole del arzón
el freno y el adarga, y en un punto le enfrenó; y pidiendo a Sancho
su espada, subió sobre Rocinante, y embrazó su adarga, y dijo
en alta voz a todos los que presentes estaban:
—Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en
el mundo caballeros que profesan la orden de la andante caballería;
agora digo que veredes, en la libertad de aquella buena señora
que allí va cautiva, si se han de estimar los caballeros andantes.
Sancho
intenta detenerlo:
—¿Adonde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho,
que le incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal
haya yo, que aquella es procesión de diciplinantes, y que aquella
señora que llevan sobre la peana es la imagen benditísima de la
Virgen sin mancilla; mire, señor, lo que hace; que por esta vez
se puede decir que no es lo que sabe.
Desatendiendo los ruegos de Sancho, don Quijote se aproxima a la
procesión:
—Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros,
atended y escuchad lo que deciros quiero.
Los
primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban;
y uno de los cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo
la estraña catadura de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y
otras circunstancias de risa que notó y descubrió en don Quijote,
le respondió, diciendo:
—Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque
se van estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es
razón que nos detengamos a oír cosa alguna, si ya no es tan breve,
que en dos palabras se diga.
—En
una lo diré —replicó don Quijote—, y es ésta: que luego al punto
dejéis libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante
dan claras muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún
notorio desaguisado le habedes fecho; y yo, que nací en el mundo
para desfacer semejantes agravios, no consentiré que un solo paso
adelante pase sin darle la deseada libertad que merece.
Desde
luego, ellos no le dieron "la deseada libertad que merece". Al contrario,
se burlan de don Quijote, provocando su ira; él saca su espada y embiste,
recibiendo por respuesta una golpiza.
Toda
la escena es para morirse de risa, y al confundir don Quijote a los
disciplinantes con secuestradores, recordamos el famoso incidente donde
ve los molinos de viento como gigantes. Pero, una vez más, el proceso
de discusión del grupo descubrió otro nivel de significado. Este es,
que don Quijote está tiene razón al decir a los que cargan la imagen,
"quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros", y que "la lleváis
contra su voluntad y que algún notorio desaguisado le habedes fecho",
de lo que sus "lágrimas y triste semblante dan claras muestras".
Y así
es, pues quienes llevan la imagen son "diciplinantes", o flagelantes.
Esto lo confirma la respuesta de uno de los clérigos cuando don Quijote
enfrentó a la procesión: "Si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque
se van estos hermanos abriendo las carnes". Así, don Quijote no está
asaltando "nuestra fe católica" como Sancho teme, ¡sino a aquéllos —incluyendo
a la Iglesia española dominada por la Inquisición— que se pervierten
entregándose al sadomasoquismo en su nombre! Esto es, que la Inquisición,
que impuso el dogma, el control del pensamiento, en vez de una fe basada
en la razón, ciertamente "secuestró a Nuestra Señora"; y que don Quijote,
cuya locura le permitía ver y decir la verdad, como la inocencia del
niño en el cuento de "El traje nuevo del emperador", señala lo obvio
(esto es aun más explícito en el Capítulo IX de la Parte segunda, donde
Cervantes presenta a don Quijote diciendo: "Con la Iglesia hemos dado,
Sancho").
En
esto, Cervantes sigue las enseñanzas de Erasmo de Roterdam, quien, junto
con sus aliados y copensadores —incluyendo a François Rabelais, santo
Tomás Moro, y a los humanistas españoles Luis Vives, Pedro de Lerma,
los hermanos Juan y Alfonso Valdez, así como el científico Miguel Servet
(a quien Juan Calvino quemó en la hoguera por hereje)—, intentó acabar
con el feudalismo, reformando a la Iglesia y eliminando toda superstición
y dogmatismo fanático, y detener así las perversidades hermanas de la
Reforma y la Contrarreforma, las cuales, lanzadas y controladas por
Venecia, desangraron a Europa por todo el siglo 16 y todavía más en
el siglo 17, durante la guerra de los Treinta años, hasta la Paz de
Westfalia en 1648.
Cervantes fue un erasmista. Su primer mentor fue el clérigo y educador
español Juan López de Hoyos, el principal traductor de Erasmo de la
época. En 1567 Cervantes estudió en la escuela de López de Hoyos en
Madrid, y fue éste el primero que hizo los trámites para publicar las
obras de Cervantes (a quien él llamaba mi "claro y amado discípulo"),
en 1569. Fue también De Hoyos quien le consiguió a Cervantes un puesto
en Italia, donde permaneció por cinco años.
Paradojas y ambigüedades

Sancho descansando
debajo del arbol en compañia de su burro
Uno
de los secretos de la grandeza de Cervantes es su maestría en el uso
de lo que LaRouche describe como una comunicación humana apropiada:
aquella que "se basa en las ironías, en las paradojas, en las metáforas,
en las ambigüedades. Así que lo que dices tiene un doble o triple sentido.
Un buen retruécano, no un retruécano estúpido de juego de palabras,
sino un retruécano de verdad bueno, es una ambigüedad. Y lo que haces
al plantear una ambigüedad, es decir, 'lo que te digo es esto', pero
inquietas a la persona con la que hablas porque planteas una ambigüedad.
Y dicen, '¿qué quieres decir en realidad?' Y haces lo mismo. Así que
lo que haces al plantear una paradoja, es forzar la mente de la otra
persona para que pase por el proceso de resolver la paradoja.
Y Así, comunicas un significado que no se encuentra en una lectura
literal de la palabra, como una sucesión de referencias de objetos,
sino que tiene un significado escondido que la mente de la persona del
otro lado de la conversación es capaz de reconocer".(4) Entonces, agrega
LaRouche: "Lo importante en la comunicación es la capacidad de crear
paradojas en tu forma de expresarte que obliguen a la mente del que
escucha a buscar el significado de lo que expresaste más allá del dominio
literal de los objetos de la percepción sensorial conocida".
Y esto
es exactamente lo que Cervantes hace en el Quijote, como puede
verse en los ejemplos anteriores.
Pero
esto va más allá: Cervantes no sólo plantea paradojas en casi cada escenas
del Quijote, sino que la mayoría de sus personajes son ellos
mismos paradojas. Don Quijote es un loco de atar, que se cree que, para
crearlo, Cervantes se inspiró en Felipe II, un monarca que empezó con
buenas intenciones, pero que llevó a España a la ruina por su adherencia
a los intentos de darle marcha atrás al Renacimiento, así como a los
dogmas teocráticos impuestos a la iglesia tras el Concilio de Trento
de 1536.(5) Pero, en todo lo que no tiene que ver con la caballería
andante, don Quijote prueba ser el individuo más sabio; por ejemplo,
como demuestra el consejo universal que le da a Sancho en el Capítulo
XLII de la Parte segunda:
Haz
gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies
de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres,
ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso
que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe
nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria;
y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.
Y,
sobre cómo ser un buen gobernante:
Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más
justicia, que las informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del
rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.
Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo
el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del
juez riguroso que la del compasivo.
Si
acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la
dádiva, sino con el de la misericordia.
La mente soberana
de la personalidad individual
Las
paradojas de Cervantes son ontológicas por naturaleza, en el sentido
del "dominio de la ciencia física" de Riemann, como LaRouche lo define
en "Límites aespaciales–atemporales en Leibniz".(6) LaRouche muestra
cómo el experimento de Eratóstenes para poner a prueba el supuesto de
que "la Tierra es plana" —el supuesto de que el sujeto del experimento
existe en un espacio–fase bi dimensional— produjo pruebas de que exhibe
una desviación de la simple extensión lineal, requiriendo de la introducción
de un espacio–fase tridimensional. Como en el caso del experimento de
Eratóstenes, "podemos demostrar, de un modo que nuestras creencias establecidas
no puedan objetar, que el hecho inquietante tiene el mismo género de
autoridad experimental que hasta ese momento le hemos atribuido a nuestra
hipótesis establecida. Con todo, la existencia eficiente del hecho recién
demostrado no se puede aceptar como teorema válido de la hipótesis establecida.
De modo que estos dos conjuntos de hechos, comprobados por igual, no
pueden coexistir en el universo aparente en el que creíamos habitar.
Una genuina paradoja".
No
puede negarse, dice LaRouche, que esas dos clases de hecho cohabitan
en el mismo universo. "Enfrentados a tales paradojas, los descubridores
originales han generado ideas que resultan ser soluciones. Si podemos
comprobar experimentalmente estas ideas, las llamamos 'nuevos principios
físicos'. El problema es que, aunque podamos demostrar con métodos experimentales
la existencia del principio descubierto, no podemos representar explícitamente,
en las matemáticas o en ningún otro medio de comunicación, los procesos
mentales, que se dan enteramente dentro de la mente individual, por
medio de los cuales se generan esas ideas válidas". Lo que podemos hacer,
es "repetir el descubrimiento dentro de nuestros propios procesos cognoscitivos
soberanos".
Cervantes no "nos dice" la solución, sino que, como en todo el arte
clásico, nos incita a que "reproduzcamos el descubrimiento dentro de
nuestros propios procesos cognoscitivos soberanos". En tanto que el
carácter distintivo e indispensable del progreso, afirma LaRouche, es
el avance científico y tecnológico, "los principios de la cultura artística
clásica tienen relación indispensable con la capacidad de una población
de asimilar y generar los beneficios del progreso científico y técnico".
Piensa,
por ejemplo, en el efecto que el Quijote, con su vocabulario
de más de 9.000 palabras, tuvo sobre un campesinado español ¡cuyo vocabulario
promedio se calcula contaba con apenas quinientos vocablos (o incluso
menos)! Sin mencionar el cuerpo entero de las obras de Cervantes, con
un vocabulario total combinado de entre 15.000 y 20.000 palabras.
En
elogio de la locura
Además
de elevar el vocabulario de sus compatriotas, Cervantes buscó elevar
sus almas, para llevarlos al nivel de ciudadanos de una República que
pueden autogobernarse.
No
se sabe si Cervantes compartía la perspectiva de Erasmo de que "en España
apenas hay cristianos".(7) Pero no hay duda de que, en ese tiempo, a
España la afligía profundamente una terrible enfermedad del alma, la
cual los españoles llamaban honor. Un hombre de honor no trabajaba;
aun el trabajo intelectual para ganarse la vida era considerado deshonroso.
Uno debía cuidar las apariencias: los viajeros de otras partes de Europa
se maravillaban de que casi todo el mundo en España presumía de tener
alguna relación con la nobleza. Los artesanos llegaban al trabajo vestidos
de punta en blanco, trabajaban poco, se daban su tiempo para almorzar
y se retiraban en cuanto podían. Y, tan pronto ganaban un poco de dinero,
al decir de estos viajeros, compraban algún título y se olvidaban del
trabajo para siempre.
En
el Capítulo XLIV de la Parte segunda, el álter ego de Cervantes,
el moro Cide Hamete Benengeli, en uno de esos raros pasajes del libro
en que habla él mismo, exclama::
¡miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo
mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes
con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le
obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la
honra espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre
el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del
herreruelo y la hambre de su estómago!"
Aun
más
importante para el honor era la limpieza de sangre; esto
es, no eran las virtudes de una persona las que determinaban su
nobleza, sino la pureza de su linaje, que proviniera de una familia
no contaminada por sangre judía o morisca.
Es
por eso que, en Don Quijote, Cervantes abordaba la sociedad española
histórica específica —una sociedad que estaba "patas arriba", que había
perdido relación con la realidad, que rechazaba cualquier idea nueva,
en especial del tipo que necesitaba para reproducirse— contraponiendo
la (aparente) locura de sus protagonistas a lo que se consideraba cuerdo
en esa sociedad. Cervantes obliga al lector (como en el caso de la cueva
de Montesinos, donde don Quijote pasa una experiencia que nos recuerda
las sombras de la famosa cueva de Platón) a enfrentar y resolver el
infame "¿qué es le verdad?" de Pilatos.
En
este sentido, el Quijote es tanto un elogio a la locura, como
el famoso tratado de Erasmo de ese nombre.
Y así
son casi todas las demás obras de Cervantes, cuyo tema es casi siempre
la locura de una sociedad que cree en las apariencias, al tiempo que
niega la realidad. Sobre todo en la historia de El licenciado Vidriera
y en el entremés El retablo de las maravillas, donde algunos
pueblerinos permiten que un par de artistas timadores los embauquen
para que digan que pueden ver la danza bíblica de Salomé, pues de admitir
la verdad —que no podían verla— revelarían tener sangre judía.
Así
nos encontramos a Sancho en el Capítulo IV de la Parte segunda, diciendo:
"Eso allá se ha de entender con los que nacieron en las malvas, y no
con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de cristianos
viejos, como yo los tengo". Nota el orgullo con que Sancho usa la palabra
enjundia (grasa) en relación a su alma, que representa un ataque
de los españoles contra las religiones judía y musulmana, ninguna
de las cuales permite comer cerdo.
Luego,
en el Capítulo VIII de la Parte segunda, el mismo Sancho dice: "Y cuando
otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente,
en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica
Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían
los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos".
Arremeter contra molinos de viento creyendo que son gigantes, como
lo hace don Quijote, es ciertamente una conducta loca, como el propio
don Quijote reconoce en el Capítulo XVII de la Parte segunda:
—¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuesa merced no
me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no
sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio
de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuesa merced advierta
que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido.
Bien parece un gallardo caballero, a los ojos de su rey, en la
mitad de una gran plaza, dar una lanzada con felice suceso a un
bravo toro; bien parece un caballero, armado de resplandecientes
armas, pasar la tela en alegres justas delante de las damas; y
bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios militares,
o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir,
honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece
mejor un caballero andante, que por los desiertos, por las soledades,
por las encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando
peligrosas aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada
cima, sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera.
Así
que, ¿quién es el verdadero loco? ¿Don Quijote que arremte cotra molinos
de viento, o el noble español que gana honor al lidiar un toro frente
a su rey?
De
hecho, don Quijote empieza como un representante de la nobleza desocupada.
Al principio del libro aparece como aquel que prefiere vivir en la pobreza
decorosa, que trabajar su hacienda y poner en peligro su honor. Él emplea
a un mozo de campo y a una sirvienta, y se ocupa en sus libros, que
compra vendiendo lotes de sus tierras de cuando en cuando.
Pero
a medida que la novela continúa, vemos a él y a Sancho cambiar para
bien, aprendiendo el uno del otro, haciéndose más nobles, en el verdadero
sentido de la palabra, y, al hacerlo, dejándonos saber a los lectores
que también nosotros podemos cambiar y alcanzar todo nuestro potencial,
como lo hace Sancho cuando aprende a ser un buen gobernante.
¿Recuerdan cómo en el Capítulo XLIV de la Parte primera don Quijote
rehusa tomar las armas contra "gente escuderil"?
Compara
ese incidente con lo que pasa en el Capítulo LII de la Parte segunda,
cuando a don Quijote le vuelven a pedir que ejerza su oficio de caballero
andante, en esta ocasión la madre de una joven que ha sido burlada por
"un mal labrador: "Desde aquí digo que por esta vez renuncio mi hidalguía,
y me allano y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con
él, habilitándole para poder combatir conmigo; y así, aunque ausente,
le desafío y repto, en razón de que hizo mal en defraudar a esta pobre
que fue doncella, y ya por su culpa no lo es".
La
guerra de los rebuznos

Preludio a la guerra de los rebuznos
(Capítulo XXV de la Parte segunda)
Una
de las historias que mejor muestran cómo cambia don Quijote a medida
que avanza la obra, es la de la "guerra de los rebuznos", en el Capítulo
XXV de la Parte segunda. Sancho y don Quijote se encuentran con un caminante
que lleva una mula cargada de lanzas y alabardas. El hombre les explica
que las armas son para una batalla entre dos pueblos enemigos, cuya
enemistad nació cuando un regidor de uno de los pueblos perdió un asno.
Un colega le dice al regidor que había visto el asno perdido en la montaña,
y los dos se dan a la tarea de buscarlo. Después de buscar sin éxito
por un tanto, uno de los regidores le dice al otro:
«—Mirad, compadre: una traza me ha venido al pensamiento, con
la cual sin duda alguna podremos descubrir este animal aunque
esté metido en las entrañas de la tierra, no que del monte; y
es que yo sé rebuznar maravillosamente; y si vos sabéis algún
tanto, dad el hecho por concluido.»
«—¿Algún tanto decís, compadre? —dijo el otro—. Por Dios que no
dé la ventaja a nadie, ni aún a los mesmos asnos.»
<<—Ahora lo veremos —respondió el regidor segundo—; porque
tengo determinado que os vais vos por una parte del monte y yo
por otra, de modo que le rodeemos y andemos todo, y de trecho
en trecho rebuznaréis vos y rebuznaré yo, y no podrá ser menos
sino que el asno nos oya y nos responda, si es que está en el
monte.>) A lo que respondió el dueño del jumento: <<—Digo,
compadre, que la traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio.>>Y
dividiéndose los dos según el acuerdo, sucedió que casi a un mesmo
tiempo rebuznaron, y cada uno engañado del rebuzno del otro acudieron
a buscarse, pensando que ya el jumento había parecido; y en viéndose,
dijo el perdidoso: <<—¿Es posible, compadre, que no fué
mi asno el que rebuzno?>) <<—No fué sino yo —respondió
el otro.>><<—Ahora digo —dijo el dueño— que de vos
a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca
al rebuznar, porque en mi vida he visto ni oído cosa más propia>>.
Estos
sucede una y otra vez por un rato, confundiéndose constantemente uno
al otro por sus rebuznos, hasta que hallan muerto al animal, devorado
por lobos. De cualquier modo, dice el dueño, "a trueco de haberos oído
rebuznar con tanta gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo
que he tenido en buscarle, aunque le he hallado muerto".
Pero,
¡ay! La historia pronto se propagó y la gente de otros pueblos, al contacto
con alguien del pueblo de los regidores rebuznadores, comienzan a burlarse
de los "naturales del pueblo del rebuzno como son conocidos y diferenciados
los negros de los blancos". Al fin, cansados, deciden tomar las armas,
"y formando escuadrón han salido contra los burladores los burlados
a darse la batalla".
El
preciso día de la batalla, don Quijote y Sancho se aproximan a más de
doscientos hombres armados con lanzones, ballestas, picas y otras armas,
marchando detrás de muchas banderas. Una de ellas resaltaba, hecha de
raso blanco, donde:
estaba
pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco, la cabeza levantada,
la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si estuviera
rebuznando; alrededor dél estaban escritos de letras grandes estos dos
versos:
«no rebuznaron en balde El uno y el otro alcalde.»
Por
esta insignia sacó don Quijote que aquella gente debía de ser del pueblo
del rebuzno.
Pero,
en vez de sumarse a la batalla, como uno esperaría por su proceder previo,
don Quijote quiere hacerle al pacificador.
Días
ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os mueve a tomar
las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y habiendo
discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro
negocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis engañados
en teneros por afrentados; porque ningún particular puede afrentar
a un pueblo entero, si no es retándole de traidor por junto, porque
no sabe en particular quién cometió la traición por que le reta.
Y,
agrega, puesto que ningún hombre sólo puede
afrentar a reino, provincia, ciudad, república, ni pueblo entero,
queda en limpio que no hay para que salir a la venganza del reto
de la tal afrenta, pues no lo es; porque ¡bueno sería que se matasen
a cada paso los del pueblo de la Reloja con quien se lo llama,
ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos, jaboneros, ni los
de otros nombres y apellidos que andan por ahí en boca de los
muchachos y de gente de poco más a menos! ¡Bueno sería, por cierto,
que todos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen
contino hechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por
pequeña que fuese! No, no; ni Dios lo permita o quiera. Los varones
prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han
de tomar las armas y desenvainar las espadas, y poner a riesgo
sus personas, vida y haciendas: la primera, por defender la Fe
católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley natural
y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y
hacienda; la cuarta, en servicio de su Rey, en la guerra justa;
y si le quisiéramos añadir la quinta (que se puede contar por
segunda), es en defensa de su patria.
Pues,
el tomar venganza injusta (que justa no puede haber alguna que
lo sea) va derechamente contra la santa ley que profesamos, en
la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que
amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que aunque parece
algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen
menos de Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu.
Una vez más, paradoja, ironía y ambigüedad. Las primeras cuatro razones
que citada don Quijote parodian el código feudal de honor. Pero,
"la santa ley que profesamos", que nos ordena hacer el bien a nuestros
enemigos, es sobre una verdadera idea generativa. En cierto
sentido, a don Quijote, el loco, lo define su característica más
decisiva, su mente; y por ser de la mente, y no del mundo
material, es un ser de verdad espiritual, que es la razón por la
que sus acciones no tienen dolo y las guía (extravía) el amor.
Ágape
Lo
que don Quijote describe es el principio del ágape, el término
griego que usa san Pablo en Corintios 1:13, y que
a veces se traduce como "caridad", otras como "amor" desinteresado;
no por una persona u objeto específico, sino como el amor de Cristo,
dispuesto a morir por toda la humanidad, o el de Juana de Arco, quien
rindió su vida en un acto sublime de sacrificio, para dar nacimiento
a Francia.
En
todo el Quijote, Cervantes despliega ágape contra los
prejuicios étnicos y de otra índole de sus compatriotas, y al atacar
con tanto amor los pecados de sus personajes al tiempo que les dice
a los pecadores, "tú eres mejor que esto", muestra que a sus personajes
—y por inferencia, sus lectores— puede inducírseles a cambiar, puede
organizárseles para que salgan del fango. Cervantes demuestra esto en
todo el libro; empezando cuando don Quijote, en su primera salida, se
dirige a dos prostitutas que ejercen su oficio en una venta, como a
damas que merecen ser tratadas con dignidad; o en su insistencia de
que liberen a los galeotes, "gente forzada del rey, que va a las galeras"
sentenciada por un crimen, "porque me parece duro caso hacer esclavos
a los que Dios y naturaleza hizo libres".
Y luego
está la relación entre el hidalgo don Quijote y su escudero Sancho,
donde don Quijote busca elevar al campesino analfabeta hasta el grado
que pueda gobernar, cosa que logra; mientras que, al mismo tiempo, Sancho
le enseña al autoproclamado defensor del orden feudal que los siervos
no son ganado, sino seres humanos; de manera que, en el proceso, dejan
de ser amo y sirviente, y se hacen iguales, y amigos. "Y más, que mientras
se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres
y los ricos; y si vuesa merced mira en ello, verá que sólo vuesa merced
me ha puesto en esto de gobernar; que yo no sé más de gobierno de ínsulas
que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar
el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno",
dice Sancho al momento de asumir el gobierno de Barataria.
"Por
Dios, Sancho —dijo don Quijote— que por solas estas últimas razones
que has dicho juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas".
Quizá
es esta efusión de Cervantes de ágape, de amor desinteresado,
lo que explica la popularidad del libro después de casi cuatro siglos.
Nada expresa mejor esto que la actitud de Cervantes hacia los musulmanes.
Si había alguien que justificadamente podía tener aversión por los moros,
e incluso odiarlos, ese era Cervantes. Él combatió como soldado contra
los turcos en muchas batallas, incluyendo la famosa batalla naval de
Lepanto, donde resultó herido y perdió la movilidad de su mano izquierda.
De regreso a España de la campaña militar, él y su hermano fueron capturados
por piratas al servicio de los otomanos, y fue forzado a servir cinco
largos años como esclavo en Argelia, antes de que lo rescataran.
Sin
embargo, él le atribuye la autoría de su libro al "historiador arábigo,
Cide Hamete Benengeli", y asegura haber contratado a un moro del barrió
de Alcaná de Toledo que hablaba español, para que lo tradujera del árabe,
"y no fue muy dificultoso hallar interprete semejante, pues, aunque
le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara".
Hace
que Benengeli inicie el Capítulo VIII de la Parte segunda diciendo:
"¡Bendito sea el poderoso Alá!... ¡Bendito sea Alá!" Y uno puede imaginarse
muy bien el efecto que esto tuvo en España entonces.
Cuando
habla de los linajes con Sancho, don Quijote dice que hay cuatro clases:
el de los que tienen un origen humilde y alcanzan la grandeza; el de
los que provienen de buena cuna y mantienen su grandeza; el de los que
heredaron la grandeza y la perdieron, terminando como la punta de una
pirámide volteada de cabeza; y el de la mayoría, que no tuvo una cuna,
ni buena, ni razonable ni media, y que terminará igual, sin ningún renombre,
es decir, el linaje de la gente plebeya y ordinaria. A lo cual agrega:
"De los primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza
que agora conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que de un
humilde y bajo pastor que le dio principio, está en la cumbre que la
vemos".
Pero
lo de veras interesante tiene que ver con la expulsión de los moros
de España, que sucedió cuando Cervantes estaba escribiendo la Parte
segunda del Quijote.
Sancho,
una vez que deja de ser gobernador, se topa con unos peregrinos de camino
a Santiago de Compostela. Uno de ellos le revela que es Ricote, el mercader
moro que vivía en el pueblo de Sancho (Capítulo LIV de la Parte segunda).
—¿Cómo y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu
vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?
Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a refigurarle
y, finalmente, le vino a conocer de todo punto, y sin apearse
del jumento, le echó los brazos al cuello y le dijo:
—¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho
que traes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento
de volver a España, donde si te cogen y conocen, tendrás harta
mala ventura?
Ricote
le explica vio venir la orden de expulsión, así que salió a preparar
un lugar donde asentar a su familia:
Salí,
como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí
nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pase a Italia,
y llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con
más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas:
cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive
con libertad de conciencia. Dejé tomada casa en un pueblo junto
a Augusta. [Se añadió el énfasis]
Su
esposa e hija, aunque convertidas al catolicismo, terminaron exiliadas
en el norte de África. "Doquiera que estamos lloramos por España; que,
en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural". Ricote dice que
ahora regresó a buscar un dinero que escondió cuando abandonó el país,
con el que espera traer a su esposa y a su hija, Ana Félix, de Argelia,
y llevarlas consigo a Alemania. Le ofrece a Sancho una recompensa si
le ayuda a recuperar el tesoro, pero Sancho se rehusa, diciendo que
no es codicioso y que cree que sería traición el ayudar a los enemigos
del rey, aunque, de cualquier modo, no lo delatará.
Y
déjame partir de aquí, Ricote amigo; que quiero llegar esta noche
adonde está mi señor don Quijote.
—Dios
vaya contigo, Sancho hermano; que ya mis compañeros se rebullen,
y también es hora que prosigamos nuestro camino.
Y
luego se abrazaron los dos.
Después
(en el Capítulo LXV de la Parte segunda), tras muchas peripecias y embrollos,
Ricote y su hija se reúnen en Barcelona, y obtienen el favor del Virrey
y de otro ciudadano importante, don Antonio, en parte gracias a su amistad
con Sancho y don Quijote.
De
allí a dos días trató el Visorrey con don Antonio qué modo tendrían
para que Ana Félix y su padre quedasen en España, pareciéndoles
no ser de inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana
y padre, al parecer tan bien intencionado. Don Antonio se ofreció
venir a la corte a negociarlo, donde había de venir forzosamente
a otros negocios, dando a entender que en ella, por medio del
favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban.
—No
—dijo Ricote, que se halló presente a esta plática— hay que esperar
en favores ni en dádivas; porque con el gran Bernardino de Velasco;
Conde de Salazar, a quien dió su Majestad cargo de nuestra expulsión,
no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque
aunque es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia,
como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado
y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa, que del ungüento
que molifica; y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia,
y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a
debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que nuestras
industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hallan podido
deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque
no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como raíz
escondida, con el tiempo venga después a brotar, y a echar frutos
venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los
temores en que nuestra muchedumbre la tenía. ¡Heroica resolución
del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en haberla encargado
al tal don Bernardino de Velasco! [Se añadió el énfasis]
¡Esta
es una ironía exquisita! Tener al moro Ricote usando la opinión popular
en defensa de la política de limpieza étnica y de la integridad del
Gobierno de Felipe III, en tanto que dos miembros importantes de la
nobleza española dicen sin ambages que puede sobornarse a la corte,
y que los ciudadanos musulmanes de España y los de origen musulmán no
representan una amenaza para el país, implicando así que es un error
expulsarlos.
Dentro y fuera de la novela

Sancho describe
su visión de la gloria futura
(Capítulo V de la parte segunda)
Una
de las formas como Cervantes crea paradojas que el lector debe resolver,
es mediante las historias que intercala o "encaja" (8) en la novela.
Estas historias dentro de la historia, que leen o cuentan los personajes
de la novela, —como el cuento de "El curioso impertinente"— crean otro
nivel que los hace "reales" para el lector, quien las lee por sobre
el hombro del personaje de la novela, por así decirlo.
En
la Parte segunda, Cervantes lo lleva a otro nivel aun: pone a los propios
personajes a comentar sobre sus acciones anteriores, que ahora son parte
de la "historia" universal, de modo que, desde la perspectiva del lector,
los personajes aparentemente ya no son ficticios, sino reales, gente
de carne y hueso.
Así,
en el Capítulo II de la Parte segunda, tras regresar de su primer viaje,
don Quijote pregunta: "Y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de
mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos
y en qué los caballeros?"
Sancho
responde que, "el vulgo tiene a vuesa merced por grandísimo loco, y
a mí por no menos mentecato". En lo que toca a los otros dos grupos,
los hidalgos y los caballeros, su opinión no es tan satisfactoria, informa
Sancho.
A lo
que don Quijote agrega que, "dondequiera que está la virtud en eminente
grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos barones que pasaron
dejó de ser calumniado de la malicia".
Sancho
trata de calmar la situación dándole a don Quijote una noticia sorprendente:
Anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar
de Salamanca, hecho bachiller, y yéndole yo a dar la bienvenida
me dijo que andaba ya en libros la historia de vuesa merced, con
nombre de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha;
y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho
Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso.
Sancho
añade que el autor del libro es un tal "Cide Hamete Berenjena",
algo diferente de su nombre correcto, Benengeli.
—Ese
nombre es de moro —respondió don Quijote.
—Así
será —respondió Sancho—; porque por la mayor parte he oído decir
que los moros son amigos de berenjenas.
—Tú
debes, Sancho —dijo don Quijote—, errarte en el sobrenombre de
ese Cide, que en arábigo quiere decir señor.
—Bien
podría ser —replicó Sancho—; más si vuesa merced gusta que yo
le haga venir aquí, iré por él en volandas.
Mientras Sancho va en busca del bachiller Sansón Carrasco, don Quijote
pondera el hecho de que se haya publicado un libro con sus aventuras,
"pero desconsolóle pensar que su autor era moro, según aquel nombre
de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad alguna,
porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas". Otra paradoja,
pues si es ese el caso, lo que dice de don Quijote en el libro sería
mentira.

Don quijote penssativo espera al bachiller Carrasco (Parte II, Cap3)
Pronto,
Sansón Carrasco llega con Sancho y se postra de rodillas ante don
Quijote (en el Capítulo III de la Parte segunda), diciendo:
—Deme
vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha; que
por el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes
que las cuatro primeras, que es vuesa merced uno de los más famosos
caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez
de la tierra. Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia
de vuestras grandezas dejó escrita, y rebién haya el curioso que
tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar
castellano, para universal entretenimiento de las gentes.
En el diálogo que sigue, queda absolutamente claro que Cervantes sabía
con certeza la importancia universal de lo que había escrito, que
su obra maestra no era producto de la casualidad, sino que concientemente
estaba creando una obra para la eternidad (algo que Cervantes dice
de forma explícita en su dedicatoria de la Parte segunda del Quijote
al conde de Lemos, donde bromea diciendo que el emperador chino
envió a un emisario para ofrecerle a Cervantes la conducción de
una escuela en China, creada especialmente para que enseñara español
usando el Quijote como libro de texto, pero que tuvo que
rechazar la oferta porque el emperador no le mandó dinero para cubrir
los gastos de su viaje).
—Desa
manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fué moro y
sabio el que la compuso?
—Es
tan verdad, señor —dijo Sansón—, que tengo para mí que el
día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal
historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde
se han impreso; y aun hay fama que se está imprimiendo en
Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni
lengua donde no se traduzga.
Puesto
que esta conversación tiene lugar en la historia sólo un mes
después de que don Quijote y Sancho regresaron de su primer
viaje, es simplemente asombroso que más de doce mil copias estuvieran
ya en circulación, sobre todo en esa época, cuando los libros
eran caros y poca gente sabía leer.
Una
de las cosas —dijo a esta sazón don Quijote— que más debe
de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse,
viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes,
impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque
siendo al contrario, ninguna muerte se le igualará.
—Si
por buena fama y si por buen nombre va —dijo el bachiller—,
solo vuesa merced lleva la palma a todos los caballeros andantes;
porque el moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron
cuidado de pintarnos muy al vivo la gallardía de vuesa merced,
el ánimo grande en acometer los peligros, la paciencia en
las adversidades y el sufrimiento así en las desgracias como
en las heridas, la honestidad y continencia en los amores
tan platónicos de vuesa merced y de mi señora doña Dulcinea
del Toboso.
Don Quijote le pregunta entonces a Sansón: "¿Qué hazañas mías son las
que más se ponderan en esa historia?" A lo que el bachiller
responde:
—En
eso —respondió el bachiller— hay diferentes opiniones
como hay diferentes gustos; unos se atienen a la aventura
de los molinos de viento, que a vuesa merced le parecieron
Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; éste,
a la descripción de los dos ejércitos, que después parecieron
ser dos manadas de carneros, aquel encarece la del muerto
que llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas
se aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que
ninguna iguala a la de los dos gigantes benitos, con la
pendencia del valeroso vizcaíno.
El
libro está tan bien escrito, comenta Sansón Carrasco,
que
no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los
mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran;
y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo
género de gente, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando
dicen: «Allí; va Rocinante.» Y los que más se han dado a su letura
son los pajes: no hay antecámara de señor donde no se halle un
Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; éstos le
envisten y aquéllos le piden. Finalmente, la tal historia es del
más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora
se haya visto, porque en toda ella no se descubre, ni por semejas,
una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que católico.
—A
escribir de otra suerte —dijo don Quijote—, no fuera escribir
verdades, sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se
valen habían de ser quemados, como los que hacen moneda falsa.
En
el marco de la España de la época, esto es absolutamente subversivo,
pues al decir que en el libro no hay un pensamiento "menos que católico",
de decir, que no se ciña al dogma establecido, le abre a los lectores
la posibilidad de que tales ideas, de hecho, existen.
No
obstante, dice Sansón, alguna gente ha criticado al autor por omisiones
menores en la Parte primera, como cuando le roban el asno a Sancho,
y poco después le vemos montado en el mismo borrico. "Una de las tachas
que ponen a la tal historia —dijo el Bachiller— es que su autor puso
en ella una novela intitulada El Curioso impertinente; no por
mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que
ver con la historia de su merced del señor don Quijote. [...]
"Ahora
digo —dijo don Quijote— que no ha sido sabio el autor de mi historia,
sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se
puso a escribirla, salga lo que saliere".
Para
esa época, ese comentario aparentemente inocuo es en realidad una idea
subversiva: que el libro lo concibió el "sabio", el propio Cervantes,
en libertad, conforme a un principio ordenador; uno que se desprende
con libertad del plan preconcebido del autor y sigue su propia verdad
interna, al igual que la vida misma, a diferencia de la camisa de fuerza
doctrinaria que asfixiaba a España en ese entonces. Como un escritor
notó, Cervantes usa a Platón y al "inquisitivo 'san Sócrates' "
contra "el rígido universo erigido por 'san Aristóteles' y ratificado
por el Concilio de Trento", de estructuras dogmáticas externas impuestas
desde arriba, en las que el lugar de todos está determinado para siempre
por el linaje, y a la gente se le dice qué pensar y se le advierte que
no se aparte de la doctrina.
Carrasco señala que el autor de un libro se expone a un gran riesgo,
"siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga
y contente a todos los que le leyeren" También promete tener cuidado
de "acusar al autor de la historia, que si otra vez la imprimiere",
incluya las correcciones de las omisiones sobre Sancho de la Parte primera.
—Y
por ventura —dijo don Quijote—, ¿promete el autor segunda parte?
—Sí
promete —respondió Sansón—, pero dice que no ha hallado ni sabe
quién la tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por
esto como porque algunos dicen: «Nunca segundas partes fueron
buenas», y otros: «De las cosas de don Quijote bastan las escritas»,
se duda que no ha de haber segunda parte. [¡Este diálogo tiene
lugar en el Capítulo IV de la Parte segunda!—CW].
Si
se escribe una segunda parte, dice Sansón, será para que el autor
gane algún dinero. A lo que Sancho responde:
—¿Al
dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte;
porque no hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de
pascuas; y las obras que se hacen apriesa nunca se acaban con
la perfección que requieren. Atienda ese señor moro, o lo que
es, a mirar lo que hace.
Detengámonos un momento, pues a estas alturas ya habrás hecho el
descubrimiento que hizo estallar de emoción a nuestro grupo cuando llegamos
a esta parte del libro, y quizás necesites saborearlo y reflexionar
al respecto.
Recapitulemos juntos. Empezamos donde don Quijote le pregunta a
Sancho la opinión de la gente del pueblo, esto es, de otros personajes
dentro de la novela. Luego, Sancho le informa la noticia de que se ha
publicado un libro sobre sus aventuras, algo que es verdad en el mundo
real, opuesto al mundo ficticio del pueblo. Tenemos entonces la historia
desarrollándose en dos planos: el pueblo ficticio y el mundo real, donde
sí existe un libro llamado Don Quijote, el cual tú, el lector,
tienes en tus manos. Sansón Carrasco entra a escena y confirma que el
autor es un moro, Cide Hamete Benengeli, quien lo escribió en árabe,
que ha sido traducido al castellano por un moro que habla español, y
la voz de quien explica todo lo anterior; de modo que ahora tú, el lector,
estás tratando con tres "autores", si no es que más, pues en en el Capítulo
V de la Parte segunda se menciona a otro "traductor": Cervantes, cuyo
nombre aparece en el libro que tienes en las manos, Benengeli, el moro
traductor y la tercera voz.
Entonces tienes a Sansón, a don Quijote y a Sancho como personajes
ficticios (?), quienes se mueven entre el pueblo y el mundo real, en
un diálogo contigo, tal como los actores en el escenario se apartan
para hablar con el público, comentando sobre el libro, atreviéndose
incluso a criticar a su creador, el autor del mismo.
Entonces, la obra teatral—y es una obra teatral— se desarrolla en
todos estos niveles diferentes, con todas esas voces diferentes, dentro
del escenario de la mente del lector, tú, como si fuera una pieza polifónica
de Bach, que te convierte, por turnos, en uno de los personajes del
libro, al tiempo que estás afuera y por encima de las acciones y los
personajes ficticios.

Don Quijote canta de amor, de vida y de muerte
(Capítulo LXVIII de la Parte segunda)
Como
comenta William Byron en su biografía de Cervantes: "Los lectores se
convierten así en personajes de la novela, considerando los sucesos
que acontecen fuera de su esfera. Los protagonistas especulan sobre
si habrá una segunda parte de su historia y le hacen recomendaciones
al autor (¿cuál autor?) de cómo debiera contarse; un comentario sobre
el registro de sucesos que aún no han realizado protagonistas sólo parcialmente
informados de sus porpios pasados. La secuencia se ha comparado con
la pintura de Velásquez 'Las meninas', en la que el artista,
la princesa que está pintando y los cortesanos que miran, aparecen de
forma que colocan al espectador de forma simultánea tanto fuera como
dentro del cuarto".
Estamos
pues, ante una novela realmente filosófica, en el sentido platónico,
donde la necedad de una sociedad que cree en las apariencias es enfrentada
con el mundo real, y a los lectores se les enseña cómo descubrir la
realidad; una novela que abre la mente de sus lectores a la verdad,
al ágape —que es lo mismo— por medio de la ambigüedad la ironía,
la paradoja y la metáfora. Don Quijote está loco, es cierto, pero porque
la ideología lo incapacita —como a la gente de España entonces—, con
todo, él es consciente de que su conducta es excéntrica (o, al menos,
que así podría parecerle al mundo exterior).
Es
digno de atención que Cervantes escribió el Quijote cuando ya
era un anciano; de hecho, la mayoría de sus escritos que sobreviven
se publicaron en la última década de su vida, empezando con la Parte
primera del Quijote, en 1605, y seguida ocho años después por
las Novelas ejemplares, en 1613; el Viaje del Parnaso,
en 1614; las Ocho comedias y ocho entremeses y la Parte segunda
de Don Quijote, en 1615; y Persiles y Segismunda, la cual
terminó justo antes de morir, en 1616. Después de regresar a España
de su cautiverio en Argel, Cervantes emprendió una carrera relativamente
exitosa como novelista (La Galatea, que le vendió a un editor
en 1584) y autor para las tablas ("compuse en este tiempo hasta veinte
comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofrecieses
ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera
sin silbos, gritas ni barahúndas"). Pero, a partir de 1585, Cervantes
no publicó nada en 20 años, durante los cuales trabajó como comisario
en la Armada Invencible, lo excomulgaron, y lo encarcelaron en dos o
tres ocasiones por lo que hoy llamaríamos "irregularidades fiscales".
¿Por
qué? El cuento usual es que el popular Lope de Vega —a quien Cervantes
acusó de ser un familiar, es decir, un agente, de la Inquisición—
tuvo tanto éxito en imponer su estilo como dramaturgo, que Cervantes
se sintió incapaz de competir y se vio obligado a retirarse. Pero, aun
asumiendo que Cervantes, quien se rehusó a seguir lo que el consideraba
el estilo anticlásico de Lope, ya no encontrara público en el teatro,
no había razón para que no continuara su carrera de novelista. Después
de todo, La Galatea fue un libro con bastante éxito.
Una
explicación más posible es la del clima político de España entonces.
De hecho, la primer incursión literaria pública notable de Cervantes
tras su largo silencio se suscita después de la muerte de Felipe II,
en un poema satírico que escribió con motivo de los servicios fúnebres
a celebrarse en Sevilla para el Rey en noviembre de 1598, pero que tuvieron
que posponerse por un mes, luego de haberse iniciado, por una disputa
entre la Inquisición y la Audiencia ¡respecto a quién tendría precedencia
en el orden de los asientos! Cervantes tenía en gran aprecio este poema,
como él mismo señala en el Viaje del Parnaso.

Don Quijote en su lecho de muerte
El
Quijote acaba con la muerte de don Quijote, quien recobra su
sano juicio justo antes de morir. "Yo fuí loco, y ya soy cuerdo; fuí
don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano
el Bueno". Le da a Sancho algo de dinero y le dice, entre otras cosas:
"Y si como estando yo loco fuí parte para darle el gobierno de la ínsula,
pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera".
Y,
de hecho, un reino es lo que Cervantes nos ha dado en su libro Don
Quijote; uno que, esperemos, al haberle echado un vistazo en estas
páginas, te sientas invitado a visitar de inmediato, para abrirlo, leerlo
y disfrutarlo. Y la mejor forma, por supuesto, sería hacerlo en voz
alta, con un grupo de amigos con los cuales compartir el amor y la risa,
y el compromiso por cambiar.
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España
en la era Habsburgo
Bajo el Rey Felipe II (1527–1598), cambiaron las políticas
relativamente tolerantes en el tema de la religión que había
adoptado su padre, el emperador alemán Carlos V (1500–1558,
quien tenía como asesor oficial a Erasmo de Rótterdam) el
primer Habsburgo en dirigir España; al tiempo que el desastre
económico y político llegaba a su peor momento. España declaró
la bancarrota soberana en cuatro ocasiones en el siglo 16,
y la mayoría del oro, plata, y otros bienes que provenían
de sus colonias en América, iban a depositarse a los bancos
de Génova, Venecia, Holanda y otras partes.
Los privilegios del llamado Honrado Concejo de la Mesta,
una institución oficial que tenía permiso real para trashumar
ovejas de un lado al otro del país atravesando campos cultivados,
sin pagar compensación alguna a los campesinos (quienes tenían
prohibido erigir cercas), arruinó la agricultura, situación
que se hizo peor después de 1609, cuando Felipe III expulsó
a los musulmanes españoles, los llamados moros, quienes eran
los agricultores más capaces del país, lo que llevó al derrumbe
de los sistemas de riego. El trabajo manual —y de hecho, cualquier
actividad productiva— era considerado anatema por la nobleza,
y por aquellos que que pretendían serlo, o sea casi todos
los demás. El trabajo intelectual renumerado, el comercio,
la ciencia, también se consideraban una amenaza para el honor,
y eran muy pocos los que ejercían estas actividades, especialmente
tras la expulsión de los judíos un siglo antes, en 1492. Los
grandes, la alta aristocracia, estaba exenta de impuestos,
así como también los hidalgos, la jerarquía eclesiástica,
y muchos otros, de tal manera que la mayoría de los impuestos
caían sobre las espaldas de los campesinos. Se calcula que
en 1597, únicamente el 17 por ciento de los habitantes de
la ciudad de Burgos eran sujetos de impuestos.(1)
La peste bubónica regresaba periódicamente, y algunas zonas
de España quedaron virtualmente despobladas. En el siglo 18,
el rey Borbón Carlos III recuperó la población de Sierra Morena
con colonos alemanes, el lugar donde se desarrollan algunas
de las aventuras de Don Quijote.
Todo trámite gubernamental exigía un "certificado de limpieza"
que probara que se estaba exento de sangre de judíos o moros.(2)
Y para esto estaba la policía, la Inquisición. Aunque la Inquisición
funcionó en algún momento en casi todos los países de Europa,
en España adquirió un carácter especial: llegó a ser institución
de Estado, más bien que sólo un brazo de la Iglesia, a veces
rivalizando con el monarca por el poder, y no desapareció
sino hasta bien entrado el siglo 19, no obstante haber sido
debilitada un tanto por Carlos III. En la cima de su poder,
especialmente después de la Contrarreforma iniciada por el
Concilio de Trento (instigado y apoyado por los Habsburgo)
impuso oficialmente el control de pensamiento aristotélico,
la Inquisición examinaba "la conciencia religiosa del hombre
sin piedad hasta en sus más íntimos sentimientos espirituales.
Con fanatismo religioso, y sin caridad cristiana, se juzgaba
y castigaba rigurosamente cualquier anormalidad o desviación
de las ideas fijas que mantenía el tan temido tribunal de
la Inquisición".(3) Y debido a la "intolerancia hermética
de Felipe II y la Inquisición, el erasmismo pronto desapareció
de España".
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Notas:
1. Panorama de la civilización española, Fracisco Ugarte
(New York: Odyssey Press, 1963.)
2. Byron, op. cit.
3. Ugarte, op. cit.
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Un manual
de estadismo
Los contemporáneos de Cervantes tenían bastante claridad respecto
al significado histórico de Don Quijote. Márquez Torres,
quien fue asignado por el vicario general de Madrid para revisar
la Parte segunda, escribió en su "aprobación" de 1615, que
la Parte primera de la obra maestra de Cervantes había tenido
un tremendo impacto en "España, Francia, Italia, Alemania
y Flandes".(1)
Agrega: "Certifico con verdad que en veinte y cinco de febrero
deste año de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustrísimo
señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo
de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su Ilustrísima
hizo el Embajador de Francia que vino a tratar cosas tocantes
a los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos
caballeros franceses de los que vinieron acompañando al Embajador,
tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se
llegaron a mí y a otros capellanes del Cardenal mi señor,
deseosos de saber que libros de ingenio andaban más validos,
y tocando a caso en éste, que yo estaba censurando, apenas
oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron
a hacer lenguas, encareciendo la estimación en que así en
Francia como en los reinos sus confinantes se tenían sus obras,
la Galatea, que algunos dellos tiene casi de memoria,
la primera parte désta y las Novelas. Fueron tantos
sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen al
autor dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos
deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión,
calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo,
soldado hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales
palabras: <>Acudió otro de aquéllos caballeros
con este pensamiento, y con mucha agudeza dijo: <>"
Cervantes bien entendía que libraba una pelea en la retaguardia,
como la de su contemporáneo William Shakespeare, para salvar
los logros del Renacimiento Dorado del siglo 15, y evitar
así las carnicerías religiosas de la Guerra de los Treinta
Años, que ya se vislumbraban en el horizonte. Por lo tanto
Don Quijote es, entre otras cosas, una intervención
política. De allí que vino a ser uno de los escritos favoritos
de estadistas de la talla de José Rizal de Filipinas, Jawaharlal
Nehru, el primer Primer Ministro de la India y padre de Indira
Gandhi; así como del primer Primer Ministro de Israel, David
Ben Gurion, quien se "forzaba por aprender el español" para
poder leer a Don Quijote en su idioma original. Ben
Gurion trataba de releerlo una vez al año, ya que consideraba
que todos los secretos del estadismo estaban ahí depositados.(2)
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Notas:
1. Citado de Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes,
prólogo y esquema biográfico por Américo Castro (México: Editorial
Porrúa, 2000).
2. Steven Meyer (comunicación personal).
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Cervantes y Shakespeare
El inglés William Shakespeare, quien fue bautizado el 26 de
abril de 1564, fue un contemporáneo del español Miguel de
Cervantes. De hecho, ambos murieron en la misma fecha, el
23 de abril de 1616, aunque no el mismo día, ya que en Inglaterra
se ceñían al calendario juliano, en tanto que España se sujetaba
al gregoriano.
Que Shakespeare conoció la obra de Cervantes es más que claro,
una vez que fue coautor con John Fletcher de la obra, Cardenio,
basada en la historia de Cardenio de Don Quijote, y
que fue presentada en la Corte con motivo de los esponsales
de Elizabeth Estuardo, hija de James I. La primera traducción
al inglés de Don Quijote fue publicada por los editores
de Shakespeare.(1) Es muy posible que Cervantes también conociera
la obra de Shakespeare. Cervantes empezó y acabó su carrera
literaria componiendo para el teatro (Ocho comedias y ocho
entremeses). Tanto él como su colega dramaturgo Shakespeare
buscaron, a través de sus escritos, elevar a sus respectivos
pueblos.
Ambos eran escritores políticos, como lo son los verdaderos
artistas. Esto es más que evidente en los dramas históricos
de Shakespeare, como Hamlet y Macbeth; donde
el tema es cómo una sociedad enfrenta sus defectos antes de
que sobrevenga la tragedia.
Similarmente en Cervantes, encontramos que retoma el trágico
defecto de la sociedad española: la fantasía de la "gloria"
de los pasados tiempos medievales, enfrentada a la realidad
de un imperio decadente. Compare la conducta enloquecida de
Hamlet, con la de los personajes en Don Quijote ("¿Cuál
es más loco: el que lo es por no poder menos, o el que lo
es por su voluntad? A lo que respondió Sansón: —La diferencia
que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza,
lo será siempre; y el que lo es de grado, lo dejará de ser
cuando quisiere"). Lo que el artista desea es que aquellos
que son locos por voluntad, lleguen al punto en que deseen
abandonar su enfermedad.
Así que, mientras Shakespeare trabajaba en Inglaterra, donde
Enrique VII había establecido un Estado nacional, Cervantes
escribía en un ambiente que todavía no había llegado a ser
Estado nacional (los reinos de Castilla, Aragón, Portugal,
etc., tenían sus propias leyes, costumbres, y sistemas impositivos,
pese a tener a un mismo monarca); la sociedad española le
dio la espalda al Renacimiento, al progreso, y se convirtió
en un Estado policiaco racista, preso de una rígida cosmovisión
feudalista.
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El Quijote
y los padres fundadores de Estados Unidos
Quizá no exista un grupo de estadistas que haya disfrutado
tanto Don Quijote, como los padres fundadores de Estados
Unidos. "Estimado señor he recibido sus cartas del 29 de octubre
y del 9 de noviembre. La última me fue entregada de mano por
el Coronel Henry Lee, con cuatro volúmenes de Don Quijote
que me hizo el honor de enviarme. Lo considero como una muestra
de sus estima que aprecio altamente, y que merece mi más sincero
reconocimiento. Debo suplicarle, mi estimado señor, acepte
mis mejores agradecimientos por ello". Así escribe George
Washington en una carta enviada en Mount Vernon el 28 de noviembre
de 1787, a Diego Gardoqui, primer embajador de España en EU.
Durante la Revolución Americana, Gardoqui había servido como
conducto de los millones de libras que los españoles donaban
a la causa americana. La contribución financiera de España
a la Revolución Americana fue equivalente a la de Francia,
en donde Gardoqui fue la contraparte española al francés Caron
de Beaumarchais, autor del libreto en que está basada la ópera
de Mozart Las bodas de Fígaro.
Washington no pudo leer los cuatro volúmenes de Don Quijote
obsequiados por Gardoqui, los cuales aún pueden verse en su
biblioteca de Mount Vernon, pero si leyó una traducción al
inglés que obtuvo poco después. Don Quijote fue también
un favorito de Alexander Hamilton. John Adams (quien siempre
lo llevaba en sus alforjas al viajar), y Thomas Jefferson.
Jefferson, le dijo a su yerno Thomas Mann Randolph Jr., que
pensaba que después del francés, el español era el lenguaje
moderno "más importante para un americano", dado que "nuestra
conexión con España es muy importante y se vuelve más importante
cada día. Además esta parte antigua de la historia de América
está escrita fundamentalmente en español". Se supone que Jefferson
ejercitó su español algunos días en 1784, mientras cruzaba
el Atlántico camino a Europa, utilizando una copia de Don
Quijote y un libro de gramática española prestado, según
lo que después le contaría a John Quincy Adams en 1804. Adams
tomó el comentario con un poco más de realismo: " Pero el
señor Jefferson cuenta largas historias", escribió Adams en
su diario.(1) Sin duda, a lo largo de su vida, Jefferson fue
un ardiente promotor de Don Quijote insistiendo a sus
hijas Martha y Mary que lo leyeran como parte de sus clases
de español.
Benjamín Franklin, decano estadista de América, quien organizó
la colecta en Francia y España para sostener la causa americana,
tenía enlistado Don Quijote en el primer catálogo de
su librería, en 1741. En su Autobiografía,(2) el propio
Franklin hace notar que dominaba el idioma francés e italiano.
"Después con un poco de esmero, adquirí gran estima de el
español como de leer sus libros". Notablemente, Don Quijote,
de Cervantes.
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Notas:
1. Memoirs of John Quincy Adams, comprising portions of his
dairy from 1795 to 1848 (Memorias de John Quincy Adams, fragmentos
de su diario de 1795 a 1848), ed. by Charles Francis Adams
(New York: AMS Press, 1970)
2.Franklin on Franklin (Franklin sobre Franklin), by
Paul Zall (Lexington, Ky.: University Press of Kentucky, 2002).
Paul Zall (Lexington, Ky: University Press of Kentucky, 2002).
Este libro recopila la Autobiografía de Benjamín Franklin
y una selección de su correspondencia personal y diarios privados.
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Schiller
y la España de Cervantes
El gran historiador y poeta alemán del siglo 18, Federico
Schiller, trató ampliamente el tema de la desastrosa conducción
de Felipe II, tanto en sus tratados históricos, como en su
drama Don Carlos. Schiller se enfocó, en forma particular,
en la política ineficaz de Felipe hacia la rebelión de los
Países Bajos, de no hacer nada de principio, y de luego reprimir
sanguinariamente, sin lograr nunca una solución. En Don
Carlos, el personaje del Marqués de Posa le dice a Felipe
lo que Cervantes debe haber querido decirle a los Habsburgo
más de un siglo antes: "devolvednos lo que nos habéis arrebatado.
Entre mil, sed un rey... concedednos la libertad de pensar".(1)
No hay duda de que Cervantes y Schiller tenían opiniones similares
de Felipe II. Después de mofarse de los suntuosos preparativos
y ceremonias para las exequias celebradas en Sevilla a su
muerte en 1598 ("Apostaré que el ánima del muerto por gozar
este sitio hoy ha dejado la gloria donde vive eternamente"),
Cervantes concluye su satírico soneto con el díalogo entre
un valentón y el soldado Cervantes, cerrando con su famoso
estrambote:
"
'Es cierto cuanto dice voacé, señor soldado.
Y
el que dijere lo contrario, miente'.
"Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
"miró al soslayo, fuese y no hubo nada".
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Nota:
1. Friedrich Schiller, Poet of Freedom, Vol I, ed.
by William F. Wertz, Jr. (New York: New Benjamin Franklin
House, 1985).
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1.
Reuters, 7 de mayo de 2002.
2.
Cervantes, Melveena Mckendrick (Toronto: Little Brown &
Co. Ltd. 1980).
Thomas
Shelton dijo que él había tomado parte en la traducción a petición
"de un muy buen amigo deseoso de entender del tema" del Quijote.
Terminó la traducción en sólo 40 días, usando una edición publicada
en Bruselas en 1607, por Roger Velpius. Después de que su amigo la
revisó, Shelton hizo a un lado la traducción y pasó "un largo tiempo
abandonada en un rincón", hasta que los editores de William Shakespeare,
Edward Blount y William Barret, la publicaron en 1612. Esta fue la
Parte primera. En 1620 Blount publicó una traducción al inglés de
la Parte segunda; aunque no se nombra al traductor, las pruebas internas
indican que también la hizo Shelton, de quien aparece una breve biografía
en Dictionary of National Biography, Vol XVIII.
John
Fletcher —coautor junto con Shakespeare de Cardenio, un drama
basado en la historia de Cardenio que aparece en el Quijote—,
fue sucesor de Shakespeare como actor y principal autor de la compañia
teatral The King's Players. Aunque Cardenio ha desaparecido,
sí aparece inscrita en el Stationers Register, el equivalente
a obtener los derechos de autor hoy día.
3.
Sin duda un erasmista como Cervantes leyó Gargantúa y Pantagruel
de François Rabelais (1494–1553), probablemente en el original, pues
hay indicios de que Cervantes sabía francés.
4.
Lyndon H. LaRouche, "El arte clásico: el arte de comunicar ideas",
Resumen ejecutivo de la primera quincena de mayo de 2003 (vol.
XX, núm. 9).
5.
Felipe II es famoso por haber dicho que antes que permitir desviación
alguna en materia de religión, o tocante al servicio de Dios, "prefiero
perder mis Estados a gobernar sobre herejes".
6.
Lyndon H. LaRouche, "Límites aespaciales–atemporales en Leibniz",
Benengeli del primer trimestre del 2000 (vol. 13, núm. 1).
7.
Marcel Bataillon, "Cervantes et l'Espagne," en Revue de litterature
comparé (Paris: 1937); citado por William Byron en Cervantes:
A Biography (New York: Doubleday and Co., 1978).
8.
"Encajados" es como llama Visnu Sarma a los relatos intercalados dentro
de los relatos, en su traducción del sánscrito al inglés del Panchatantra)
(New Delhi: Penguin Books, 1993).
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