| Leonardo da Vinci y la revolución científica de
la Revisita Benengeli El
Renacimiento Dorado produjo un cambio revolucionario en las artes
visuales que se refleja en el viraje ascendente que acusa en el siglo
15 la curva de densidad potencial de población, en coincidencia con
el Concilio de Florencia y con el estudio de Nicolás de Cusa de la
paradoja de la cuadratura del círculo. En forma subsecuente, Leonardo
Da Vinci llevó a cabo una segunda revolución en el arte, apoyado en
una comprensión más profunda de las ideas de Cusa. La siguiente comparación de tres pinturas en cada una de las cuales un personaje dibuja con un compás da una imagen muy nítida del progreso de las artes visuales en el Renacimiento. En la Figura 1a, vemos al Creador, imaginando en forma humana, como el Arquitecto del universo que impone orden con el compás del maestro albañil.
Se
trata de un detalle de la portada del libro del Génesis de la Biblia
que le regaló San Luis de Francia a su primo San Fernando de España
a mediados del siglo 13. A pesar de la hermosa noción de Dios creando
por medio de la acción circular, la pintura es completamente plana,
lo que sugiere que el conocimiento geométrico de Dios no puede hacerse
intelegible a los seres humanos, tal como los conocimeintos matemáticos
de los maestros albañiles que construyeron las catedrales góticas
se pasaban en secreto a través de las familias y los gremios. El retrato que pintó Jacopo de Barbari de Luca Pacioli dando una lección de Geometría, figura 1b, data de alrededor de 1490. En la pizarra, Pacioli demuestra la construcción del pentágono a partir del triángulo equilátero . A la derecha se ve un modelo de madera del dodecaedro. De lo alto cuelga un modelo de cristal de un sólido semiregular de 26 lados.
La
pintura está construida según los principios de la perspectiva artificial,
logro por el cual la pintura se elevó de arte mecánica a ciencia en
el siglo 15. A diferencia del ejemplo gótico, el cuadro está compuesto
a modo de expresar los descubrimientos que celebra. Gracias a la aplicación
de la geometría proyectiva, el espacio tridimensional se ha representado
de modo convincente en una superficie de dos dimensiones.. Pacioli, discípulo del gran pintor renacentista Piero della Francesca,
no era un artista. Fue el matemático profesional que colaboró con
Leonardo Da Vinci en el libro La Divina proporción, en la década
de 1490. Este retrato inortaliza el descubrimiento de Pacioli de que
la proporción que él llamó divina y que hoy se conoce, en forma menos
precisa, como sección áurea es una expresión única de la acción espiral
autosemejante en el universo, característica de los seres vivos. Pero
este concepto aún no se representa adecuadamente en el cuadro, que
presenta un agregado casi inmóvil de particulares en un espacio fijo.
Por ejemplo, el estudiante o ayudante de pacioli no toma parte real
en la escasa acción. El tercer ejemplo, la figura 1c, es de 1510, apenas unos cuantos años después. Es el retrato que hizo Rafael Sanzio del físico matemático griego Arquímides haciendo una demostración de geometría.(*1) Aunque la pintura tiene vida propia, en realidad es un detalle del fresco “La escuela de Atenas”, pintado en el Vaticano, visión cristiana de las contribuciones de la ciencia griega clásica pagana.
Un
cono invertido imaginario superimpuesto a la escena, con el vértice
en el punto donde el compás de Arquímedes se posa en la pizarra, nos
sugiere una espiral que conectaría los rostros y las manos de los
jóvenes que participan en la clase. No son éstos recipientes pasivos
de información fija, sino que cada individuo absorbe y trasmite la
clase a los que van llegando. Esto
ilustra el tercer nivel de contrucción espacial en la pintura, el
supremo, basado directamente en los descubrimientos de Leonardo da
Vinci. La
Divina Comedia de dante Alighieri El
punto de referencia más eficiente de este progreso en la ciencia de
la pintura es el método popularizado en la Divina Comedia por
Dante Alighieri, que aparece en la figura 2, iluminando la ciudad
de Florencia con su poema, escrito en las dos primeras décadas del
siglo 15. A la izquierda, en el centro y en el cielo detrás de él,
se representan los tres cánticos de la Divina Comedia, la épica,
escrita en italiano vernáculo, del viaje de un hombre vivo, Dante
mismo, por el mundo de la otra vida, donde el alma de cada individuo
es objeto de la justicia divina.
El
dominio inferior de ese mundo, el infierno, es el dominio del codicioso
ego pueril. El amor egoísta que expresa la palabra griega eros,
basado en la sensualidad, es la emoción dominante. Geométricamente
hablando, es el dominio de una geometría fija basada en el álgebra.
Filosóficamente, es el dominio de Aristóteles. El
dominio supremo, que se despliega en el tercer cántico de la Comedia,
es el Paraíso, lleno de música polifónica y que corresponde sicológicamente
al ser humano maduro, en quien la razón y el sentimiento están armonizados
por la creatividad a imagen y semejanza de Dios. La emoción dominante
es el ágape, la palabra griega que se usa en el Nuevo Testamento
para referirse al amor universal característico del Creador . Esto
corresponde al nivel del transfinito. Dante
conecta estos dos campos con un dominio intermedio, el Purgatorio.
Este es el nivel emocional del adolescente en crecimiento, que acepta
la validez de las leyes externas y el orden de la sociedad, pero cuyas
emociones están aún atadas al paraíso terrenal de los deseos egoístas.
En el mejor de los casos, el tipo de amor ejemplificado por los buenos
ciudadanos del Purgatorio lo expresa la palabra griega filia,
amor fraternal. Dante
y su guía, el poeta latino Virgilio, descienden en espiral por la
superficie interna (curvada negativamente) de un cono irregular invertido.
La espiral combina el movimiento rectilíneo con la acción circular
y realiza trabajo. En el infierno, las almas están condenadas a círculos
fijos. Dante y Virgilio realizan trabajo entendiendo la geometría
del mal, conforme descienden por el infierno, de la lujuria, la ira
irracional, y la codicia, el egoísmo, la violencia, el fraude y finalmente
la traición. Consideremos cómo comunica Dante el cambio alineal entre cada uno
de los tres dominios con sus diferentes leyes particulares. En el
fondo del noveno y último círculo del infierno, Virgilio lleva a Dante
colgado del cuello mientras ellos descienden por la pelambre descomunal
del odioso Lucifer, encajado en hielo macizo. Entonces Virgilio da
una vuelta de 180 grados. Es un cambio de fase comparable al
cambio cualitativo que ocurre cuando el hielo se vuelve agua a los
0 grados centígrados. El terror de Dante se convierte en esperanza
cuando él y Virgilio emergen al otro lado de la tierra, donde divisan
el monte del Purgatorio y ven las estrellas (ver figura 3)
El
Purgatorio es el dominio de la sombra y el tiempo, donde se niegan
los impulsos egoístas del Infierno, y el ruido infernal de la sensualidad
desordenada es reemplazado por el canto de himnos al unísono. El ascenso
por la superficie exterior curvada positivamente supone esfuerzo físico,
en contraste con el facilísimo descenso en el Infierno. Aunque se
parece matemáticamente al descenso espiral al ápice del infierno,
va físicamente en la dirección opuesta, negando la negación que es
el mal. Cuando
cruza la puerta del Purgatorio, a Dante se le exige negar lo que le
dice la certeza sensible. El ángel le indica que no puede voltear
para verificar con los ojos el sonido de la puerta que se cierra tras
él y que percibe con los oídos. La paradoja es luego realzada por
el arte. A través de una serie de esculturas en relieve creadas por
Dios, Dante contempla un arte tan poderosamente realista que estalla
una pequeña guerra entre sus sentidos. Finalmente, se enfrenta a Dante
al pleno horror del peor de los siete pecados capitales: la soberbia,
la obsesión irracional con el propio conocimiento fijo. Habiendo recorrido las siete cornisas del Purgatorio, donde se purgan
los pecados de la soberbia, la envidia, la ira, la pereza, la avaricia,
la gula y la lujuria, Dante tiene que tener el coraje de cruzar una
muralla de fuego. Es un nuevo cambio de fase, que nos recuerda
el cambio cualitativo de líquido al vapor, que tiende a elevarse.
Para ello, ha de sacar fuerzas de un amor más elevado, el ágape,
pensando en la imagen de la mujer amada que ha muerto, Beatriz. Lo
mejor del legado platónico de la antiguedad, encarnado en la guía
del poeta Virgilio, no basta para llevarlo más allá en su camino.
Para ello se necesita la imago Dei que ofrece la fe cristiana. Dante
intenta seguir el ejemplo de Beatriz mirando en el sol la gloria de
Dios, pero sus ojos mortales son demasiado débiles para fijarse en
la intensa luz. Así que se eleva al Paraíso mirando la luz reflejada
en los ojos de ella: una metáfora del diálogo platónico. La energizante
fuerza positiva del amor divino reemplaza con ello la “negación de
la negación”, relativamente entrópica, en tanto motor para seguir
el viaje. El
Paraíso es el dominio de la verdadera investigación científica, en
especial en lo que concierne a la cincia de la óptica. Dante y Betriz
discuten el origen de las manchas de la Luna, el primer peldaño de
su viaje por el universo físico tal como era entendido por la astronomía
de su época. Dante ofrece una hipótesis basada en consideraciones
puramente cuantitativas, que Beatriz refuta proponiendo dos experimentos,
para luego ofrecer una hipótesis más elevada (ver figura 4). Esta
es la primera vez que un experimento científico y el proceso de formación
de hipótesis se exponen en un poema.
En
el canto final del Paraíso, Dante intenta hacer intelegible la Trinidad
ofreciendo una serie de metáforas de las paradojas del Uno y los muchos.
Una de ellas evoca el fenómeno óptico por el cual una sola luz –la
una que es blanca – es dividida por un prisma en los tres colores
primarios: rojo, amarillo y azul. La
imagen final de Dante es la de un geómetra que se esfuerza por resolver
el problema de la cuadratura del círculo, propuesto por Arquímedes
y refinado a un nivel superior por Nicolás de Cusa. Dante relata que
en su lucha con este problema, rápidamente saltó al estado mental
en el que su intelecto y su voluntad se movieron por el mismo sendero
por el que el amor –ágape—mueve al Sol y a las demás estrellas. Y cuando dante mira directamente a la cegadora y purísima luz de Dios, en el centro del Empíreo, ve “nuestra propia efigie”. Es Cristo, el hombre-Dios, y ninguna representación se le acerca tanto como la del Cristo de “La Ultima Cena” de Leonardo da Vinci (ver figura 5).
Cuando
Dante escribió la Divina Comedia, poco después del año 1300,
el gran crecimiento que experimentó la densidad de la población europea
desde la época de la construcción de las catedrales góticas se había
frenado drásticamente merced al triunfo de la usura. Luego vino el
cataclismo. En 1342, los bancos más poderosos de Europa –los florentinos
Bardi, Peruzzi y Accaiuoli—quebraron, después de que el rey de Inglaterra
repudió sus deudas. En 1348, la Peste Negra llegó a Europa de Asía,
traída por los barcos de esclavos del Mar Negro, al mismo tiempo que
la catástrofe de las invaciones mongoles se extendió de la China hacia
Occidente y arrasó con cerca de cincuenta por ciento de la población
de los mayores centros urbanos, sobre todo en Italia y el sur de Francia.
Desde la familia hasta la Iglesia y el Sacro Imperio Romano, todas
las instituciones se derrumbaron frente a esta crisis. Para 1400,
la población se había reducido a las dimensiones de dos siglos atrás.
Pero a mediados del siglo 15, más o menos a partir de la época del
Concilio de Florencia de 1439, la curva de crecimiento reanudo su
ascenso casi vertical. El
Renacimiento cobró forma en Florencia con apoyo en el optimismo cultural
de Dante, San Agustín y Platón. Filippo Brunelleschi, el primer arquitecto
moderno, hizo a un lado el poder secreto de los albañiles medievales
y establecio el principio de la intervención de un individuo genial
en la historia. Su cúpula de la Catedral de Florencia, que se ve en
la figura 6, fue la maravilla tecnológica, artística y económica que
proclamó la nueva edad de oro. Brunellischi, cuya estatua aparece,
a la derecha, dibujando con un compás y mirando hacia su cúpula, también
redescubrió la perspectiva en la pintura, aplicando las leyes de la
geometría proyectiva al problema de representar la realidad de tres
dimensiones en un plano bidimensional.
León Bautista Alberti (figura 6b ), otro genio florentino, adaptó y puso por escrito los descubrimientos de Brunelleschi en un libro publicado en italiano en 1436, cuando concluía la construcción de la cúpula y poco antes de que comenzara el gran Concilio Ecuménico de Florencia en 1439, en el que las iglesias cristianas de Oriente y Occidente se reunificaron en torno a los principios superiores que subsumían diferencias entre culturas y rituales particulares.
El
descubrimiento de Brunelleschi vino a conocerse, por eso, como perspectiva
albertiana. Este tipo de construcción se le puede enseñar fácilmente
a los niños y debiera incluirse de nuevo en los planes de enseñanza
de nuestros días. Brunelleschi y Alberti simplificaron la visión a un solo ojo e imaginaron
que los rayos de luz entran al ojo, que es un receptor pasivo, en
un cono o piramide (Figura 7a). Cada línea atraviesa en un solo punto
el plano de la pintura, interpuesto entre los objetos tridimensionales
y el ojo, lo que permite así un proceso de proyección ordenado y coherente.
La figura 7b muestra el punto de fuga único, correspondiente al ojo,
que se hubica en el horizonte de la representación pictórica. Todas
las ortogonales del objeto o la escena que se representa convergen
en ese punto. En la figura 7c, vemos cómo, en la perspectiva albertiana,
una serie de líneas se proyecta en el plano desde el original tridimensional.
Nótese que las características topológicas --como el número de bordes
y esquinas—se mantienen, pero la forma se deforma según la distancia
y el ángulo del plano interpuesto respecto al observador. Dichas modificaciones
se llaman escorzo.
Brunelleschi realizó en Florencia un famoso experimento para convencer
a otros de su descubrimiento. Pintó el Baptisterio, edificio famoso
de la ciudad, desde la puerta de la catedral cercana. Luego le hizo
un agujerito cónico al cuadro, exactamente en el punto de fuga. Cuando
una persona se hubicaba en la puerta de la catedral y miraba al Baptisterio
por el orificio por atrás de la pintura, con un espejo en la otra
mano podía verificar que la imagen pintada correspondía exactamente
al edificio real. Esto
demostró que la mente humana es capaz de aumentar su capacidad de
comprensión de las leyes que gobiernan el universo físico y de hacerlas
intelegibles. Una de las más famosas demostraciones de varios aparatos que se construyeron para demostrar la perspectiva albertiana aparece en un libro de texto publicado por el artista alemán Alberto Durero alrededor de 1520 en un esfuerzo por llevar a Alemania los avances de los italianos (figura 7d). Obsérvese cómo se usa una plomada para trazar líneas rectas desde los bordes del instrumento musical hasta un único punto visual situado en la pared. Las líneas, correspondientes a rayos de luz, se pasan por una malla transparente, en la que la marcan una serie de puntos que, unidos, forman sobre el plano una imagen en escorzo del laúd.
Hay
un toque de buen humor en este grabado: el laúd “verdadero” que aparece
en él es también una imagen en escorzo, y Durero ha creado una pintura
dentro de la pintura, un soliloquio reflexivo del artista sobre sus
métodos creadores. Poco
después de que el libro de Alberti sobre los descubrimientos de Brunelleschi
comenzó a circular entre los artistas, se reunió en Florencia el gran
Concilio Ecuménico. Dado que éste congregó a los principales pensadores
de todo el mundo mediterranéo y del Africa, no sólo debatió los principios
teológicos que unen a todos los cristianos, sino que, aparte de las
sesiones oficiales, sirvió también de foro en el que se debatieron
las ideas más avanzadas de la ciencia teórica y aplicada, incluídas
la pintura, la navegación, la elaboración de mapas, así como también
la decisiva polémica que planteó el filósofo griego Plethon, quien
argumentaba que Platón estaba más acorde con la fe cristiana que Aristóteles. Nicolás
de Cusa fue uno de los principales organizadores del Concilio. Encabezó
la delegación que viajó a Constantinopla a invitar al emperador griego
y a la jerarquía de la iglesia ortodoxa. Mientras estuvo allí, reunió
documentos que apuntalaban el argumento de que los padres latinos
y griegos de la Iglesia compartían un concepto común de la Trinidad.
Nicolás de Cusa organizó luego a los príncipes alemanes, que estaban
apoyando a un antipapa, para que se reconciliaran con la iglesia de
Roma. En medio de esta batalla eclesiástica y política, en 1440, Cusa
publicó su libro La docta ignorancia, en el que abordo de nueva
cuenta el problema de la cuadratura del círculo planteado por Arquímedes. El
trabajo de Cusa circuló entre los principales platonistas de Italia,
donde pasó los últimos años de su vida. De 1458 a 1464, como colaborador
principal del Papa Pío II. Este trabajo fue una de las principales
fuentes de inspiración de las ideas de Leonardo da Vinci, nacido cerca
de Florencia en 1452. El cuadro inconcluso de Leonardo “La Adoración
de los Reyes Magos”, empezado en 1480, demostró la transformación
de la hipótesis de la perspectiva lineal a la hipótesis superior que
denominaremos “perspectiva esférica” (ver figura 8a).
En el estudio preparatorio del mismo tema (figura 8b), Leonardo demostró su dominio del esquema albertiniano trazando una intrincadísima red de ortogonales que convergen en un punto de fuga único. El problema de esa perspectiva es que por sí misma no puede dar cuenta de lo que es lo más importante: el cambio de fase de una geometría inferior a una superior.
Esta
limitación se expresa involuntariamente en un tratado teórico sobre
la perspectiva en la pintura escrito a mediados del siglo 15 en Italia.
El autor, Piero della Francesca, afirma que la pintura consta de tres
elementos: color, dibujo y la disminución de las formas en el espacio,
siendo solamente esta última la que puede ser tratada científicamente.
El autor trata con gran desprecio a cualquier artista que no domine
y, en verdad, haga progresar la ciencia de la perspectiva. Sin embargo,
como Leonardo se daría cuenta, la perspectiva es la ciencia de la
visión, y, por lo tanto, debe comprender todos los aspectos del universo
visual. En su tratado de pintura, Leonardo teorizó en forma completa
sobre tres tipos de perspectiva: la perspectiva del color, la de la
forma y la de la disminución. No vivimos en un espacio euclidiano
sin aire, en el que un solo ojo recibe líneas rectas que no se doblan
ni se refractan. Más
aún, las figuras humanas y animales no permanecen como cilindros y
esferas en ese espacio cristalino, sino que, por supuesto, se mueven.
Sandro Boticelli, un artista un poco más viejo de la generación de
Leonardo, se había enfrentado a este problema. En su “Adoración de
los Reyes Magos” (Figura 9), Boticelli presenta un conjunto de figuras
en el que dominan los miembros de la familia Médeci, que gobernaba
extraoficialmente a Florencia, y a todas convergiendo hacia la Sagrada
familia, ubicada bajo el cobertizo de un pesebre perfectamente construido
de acuerdo con las reglas albertianas. Pero, a pesar del colorido
de los vestidos y de las posturas animadas de los individuos , la
pintura permanece estática. En verdad, comparada con la “Adoración”
de su contemporáneo Leonardo, la figura central, el Niño Jesús bendiciendo
al más viejo de los Magos, es tan pequeña que cuesta trabajo distinguirlo.
Examinaremos la versión de Leonardo. Este utiliza la luz misma para
organizar la pintura en una geometría muy superior a la dictada por
la ficción espacial euclidiana que la perspectiva albertiana acepta
implícitamente.. Así, el Niño Jesús de Leonardo, que se inclina enérgicamente
hacia afuera del regazo protector de su Madre, inicia un movimiento
en espiral que actúa para transformar enteramente el área circundante.
Los Magos eran, después de todo, astrólogos – seguidores de Zoroastro
que practicaban un culto maligno de magia en el cual las fuerzas de
la oscuridad y de la luz se consideraban en una batalla eterna por
el universo – y Leonardo muestra sus figuras como si estuviesen en
el preciso momento de su transformación. A la derecha y a la izquierda,
un filósofo viejo y uno joven flanquean el cuadro como para anunciar
su significado más profundo al espectador. A diferencia de las figuras
que ocupan una posición similar en la pintura de Boticelli, no son
parte de la élite política contemporánea de Florencia y evocan una
noción más universal del individuo concreto. El
nuevo sistema de perspectiva basado en luces y sombras queda ejemplificado
a plenitud en “La Virgen de las rocas’, retablo pintado por Leonardo
da Vinci (figura 10). Una tradición oriental muy antigua decía que
Cristo había nacido en na gruta, pero esta es la primera pintura que
crea la ambiguedad de que no se sabe si uno está dentro de la cueva
mirando hacia fuera, o fuera de ella, mirando hacia adentro. Leonardo
nos coloca de esa forma en los límites entre la curvatura positiva
y la negativa. Por lo demás, el tema es muy común en Florencia: San
Juan Bautista niño visitando a la Virgen y el Niño, más un ángel asistente.
La
pintura tiene dos fuentes de luz distintas. Una es la fuente de luz
natural que ilumina el cielo en el fondo. La otra es la luz sobrenatural
que destaca las manos y los rostro de las cuatro figuras. Cada
uno de los personajes se distingue por una cualidad diferente de gestos.
El precursor humano de Cristo, San Juan Bautista, se arrodilla y une
las manos en oración, gesto de sumisión. La Virgen María, la primera
conversa al cristianismo, merced a la aceptación de la misión que
le comunicó el ángel de la Anunciación, impulsa adelante a Juan con
la mano derecha, mientras con la izquierda cubre al Niño con un gesto
protector. El Niño Jesús eleva la mano derecha en un gesto de bendición.
El intervalo de octava entre la Virgen y el Niño es señalado por el
dedo índice del ángel, que divide el intervalo a la distancia de un
intervalo de quinta. Leonardo, músico consumado, estaba bien al tanto
de la belleza de las proporciones encarnadas en esos intervalos. El
ángel, un ser puramente espiritual, es el único que mira hacia afuera
y conecta al observador con la pintura. La cabeza está en un giro
de tres cuartos, lo que maximiza el efecto de movimiento implícito.
Leonardo crea una hermosa forma geométrica en el contorno de la cabeza
, pero sin trazar ninguna línea marcada. La “línea” es el resultado
óptico de juntar áreas de luz y sombra, que a menudo Leonardo desvanece
en las fases finales de la pintura, difuminando con el dedo. Sin
duda, en esta pintura Leonardo quizo aludir también a la parábola
de la caverna que expone Platón en La República, uno de los
primeros diálogos platónicos que se habían traducido en la Florencia
del siglo 15. Platón imaginó a la raza humana como un grupo de personas
encadenadas dentro de una caverna, cuya única noción de la realidad
son las sombras que un fuego exterior proyecta sobre la pared de la
cueva. Cuando uno de los prisioneros escapa y regresa para informarles
que sus percepciones las crean manipuladores desde afuera, los otros
esclavos intentan matarlo. Platón ofrece esta parábola para ilustrar
la falsedad de la percepción sensible como base del conocimiento. Leonardo demostró que la base de la perspectiva albertiana es insuficiente para representar la realidad ya que en ella todas las cosas dependen de un rayo central único. Los pintores ya se habían dado cuenta de que hay serias limitaciones en la perspectiva albertiana de un solo punto. En un ejemplo como el de la fila de columnas ilustrada en la figura 11a , la perspectiva artificial haría que las columnas exteriores se vean mucho más anchas que las del medio, aún cuando todas son iguales. Pero
Leonardo rechazó cualquier idea de regresar a los simples métodos
empíricos de la generación anterior a Alberti. En un pasaje de sus
cuadernos , advierte: “La perspectiva interviene donde el juicio no
logra determinar la distancia entre objetos que disminuyen. El ojo
nunca puede ser un juez certero para determinar con exactitud cuán
cerca está un objeto de otro que es igual a él”.(*2)
Y pasa a ofrecer una construcción matemática para hacer esta determinación.
En un dibujo de
principios de la década de 1490 (figura 11b), Leonardo da esbozos
de una construcción albertiana de un gran salón y una doble hélice
desenrollándose, que nos recuerda sus observaciones sobre las pautas
de autoorganización de los flujos de agua y el autodesarrollo de las
formas vivas. En otra parte escribió, refiriéndose a la perspectiva:
“Tal como una piedra lanzada al agua deviene el centro y la causa
de muchos círculos, y como el sonido mismo se difunde en círculos
en el aire, así cualquier objeto, colocado en la luminosa atmósfera,
se difunde también en círculos y llena el aire circundante con imágenes
infinitas de sí mismo. Y se repite el todo en todas partes, y el todo
en cada una de la más pequeña de las partículas”.(*3) Leonardo no abandonó la perspectiva del punto único sino que la
tranformó estudiando las áreas de ambiguedad formadas por las cáusticas,
como se ilustra en la figura 11c, formadas por familias de curvas
que se intersecan. Esto nos lleva al dominio matemático que Leibniz
llamó luego trascendental. En lugar de concentrarse en el rayo central,
dedicó su atención a los fenómenos que ocurren en la periferia de
la visión, especialmente según los afecta la atmósfera.
Leonardo fue el primer ingeniero hidráulico de la historia en estudiar
los efectos de velocidades cambiantes de los flujos de agua, que ilustro
con muchos dibujos (figura 11d). Afirmó que su interés era descubrir
cómo medir el flujo del agua, lo cual implicaba el uso de cantidades
discontinuas, las unidades de medida, para dividir el flujo hidrodinámico
continuo.
Sólo
se han conservado doce pinturas auténticas de Leonardo, y muchas de
ellas no están terminadas. Le correspondió en gran medida a un artista
de la generación siguiente, Rafael Sanzio, nacido en 1483, aplicar
los conocimientos de Leonardo. El Arquímedes de Rafael que aparece
en la figura 1c no es sólo una figura más de la “Escuela de Atenas”;
lo que está haciendo en realidad es crear la pintura en la que aparece;
porque, corrigiendo el escorzo, podemos sobreponer el dibujo de la
pizarra de Arquímedes a las ortogonales de la arquitectura que está
detrás de las figuras que representan a la ciencia física en el fresco
(figura 12a).
Así, Rafael creó poéticamente la situación en la que Platón interviene en el Vaticano en contra de la influencia de Aristóteles, quien lo acompaña bajo el arco en el centro de fresco. El mural es parte de un salón cuadrado de las habitaciones papales llamado la Stanza della Segnatura (figura 12b). Los murales de Rafael sobre las cuatro paredes y el cielo raso representaron la totalidad del conocimiento humano desde el punto de vista del platonismo cristiano, que estaba en su apogeo en la iglesia hacia 1510, cuando Rafael pintó esos frescos.
Rafael
imaginó el salón como si los diferentes grupos de grandes pensadores
se proyectaran en el interior, curvado negativamente, de una esfera.
La figura 12c muestra un cuadrante esférico en el cual una figura
se ubica en medio de la esfera; ello corresponde a la perspectiva
de la Stanza della Signatura. En la bóveda se representan los conceptos
que unen a esos campos del conocimiento humano.
Por
ejemplo, entre “La Escuela de Atenas”, que representa las ciencias
físicas, y el muro colindante, donde “El Parnaso” representa la poesía
y la música, Rafael muestra la Astronomía (figura 13a). Así, el concepto
platónico de la armonía de las esferas descansa en el lindero que
une los dominios de la música y de las ciencias físicas.
El
bóceto de Rafael para el fresco de la astronomía muestra a ésta haciendo
girar una esfera armilar, instrumento científico usado para representar
los movimientos de los cuerpos celestes (figura 13b), cuyo estudio
estaba ligado a la navegación científica de la época de los descubrimientos.
Frente a los muros de la música y la ciencia, Rafael representó la teología y dos frescos sobre el derecho civil y el eclesiático, situados alrededor de una ventana. El fresco sobre la teología , titulado “El triunfo de la Eucaristía” (figura 14) celebra la doctrina de la transubstanciación de la hostia en el verdadero cuerpo de Cristo. Rafael representó tres niveles.(*4)
En
la base están los grandes teólogos cristianos de mil quinientos años.
Sobre ellos una nube semicircular, hay doce figuras claves de la fé,
seis del Antiguo y seis del Nuevo Testamento. El tercer nivel es el
Empireo, habitado por ángeles. Sobre el eje central vertical, esos
dominios están unidos por la Trinidad, con Dios Padre en lo más alto
y la paloma del Espíritu Santo representada en medio de los doce santos
del Antiguo y Nuevo Testamento. Entre esos dos niveles está el tercer
miembro de la Trinidad, Cristo, con la Virgen María y San Juan Bautista
a cada uno de sus lados. Delante del altar, Rafael pintó la presencia
terrenal de la Trinidad en la Eucaristía, que es el objeto del debate
y la adoración de los teólogos reunidos. En
esta figura podemos apreciar cómo los grandes círculos de una esfera
armilar corresponden a la composición de Rafael de El Triunfo de la
Eucaristía. Así, se representa la teología en armonía con la cosmología
del universo, según se entendía en los días de Rafael. En la parte
superior derecha, podemos ver que Rafael representó a los ángeles
en el Empíreo como si estuvieran proyectados en el interior de la
superficie de una esfera y vistos desde el centro de la misma. La
última obra maestra de Rafael, donde más profundamente aplicó la revolución
de Leonardo en la perspectiva, es la “Transfiguración”, un gran retablo
pintado al óleo justo antes de su muerte, acaecida en 1520. Fue pintado
en competencia con un altar de tamaño semejante hecho por Sebastián
del Piombo, seguidor veneciano de Miguel Angel. Estos rivales veían
en Rafael al heredero artístico de Leonardo, quien había dejado Roma
para irse a Francia, donde murió en 1519.
El
retablo representa el episodio de los Evangelios donde Cristo, aparece
transfigurado y flanqueado por los profetas Moisés y Elías, a sus
tres discípulos más cercanos, Pedro, Santiago y Juan. Por primera
vez en la historia, Rafael combinó este tema con el episodio que le
sigue en los Evangelios. Mientras Cristo es transfigurado en el monte
Tabor, en Jerusalén una mujer aborda al resto de los apóstoles para
pedirles que le saquen el demonio a su hijo poseído. Pero no pudieron. Rafael organizó su cuadro en tres campos: .
El terrenal, dominado por la oscuridad, Aquí vemos a los apóstoles
aturdidos, incapaces de actuar en concierto, y la madre del muchacho
poseído. Sin embargo, al mismo tiempo vemos una luz divina que anuncia
la posterior cura del niño, después de la Transfiguración de Cristo. .
Un nivel intermedio, representado por los tres discípulos del monte
Tabor, que retroceden ante el resplandor de Cristo. .
En el nivel supremo, Cristo se eleva en una explosión de esplendor,
rodeado por nubes entre las cuales emana la voz de Dios Padre para
proclamar que Jesús es su Hijo. Siguiendo el ejemplo de Leonardo, Rafael ha usado las diferentes
cualidades de luz para unificar la pintura, lo que le permite eludir
el quedar encerrado en un solo sistema de perspectiva, que nunca podría
mostrar la progresión a través de esos campos tan diferentes cualitativamente.
Desde el punto de vista de la perspectiva albertiana, el dominio más
bajo tiene un punto de fuga, pero la cumbre de la montaña ha sido
inclinada para mostrar los tres asustados discípulos. En el cielo,
miramos elevarse la figura de Cristo. Al
fondo a la derecha, se ve la alborada, y la luz natural del día nos
sirve de referencia para comparar las otras fuentes de luz. Exactamente
como la Divina Comedia de Dante, que progresa desde la oscuridad del
Infierno a las sombras del Purgatorio y a la luz pura del Paraíso,
Rafael distingue los tres niveles del drama con diferentes tipos de
luz cuya progresión usa para unificar la composición. En
conclusión, podemos regresar al aspecto que subraya Lyndon LaRouche
en su ensayo reciente sobre la ciencia de la historia: el papel decisivo
que desempeñan ciertas ideas e individuos para darle forma a la historia.
Leonardo y Rafael fueron dos de esos individuos. Mientras vivían pudieron
guiar a sus seguidores y hasta a sus rivales, como miguel Angel, a
una calidad de trabajo que ya no pudieron igualar sin esos maestros.
Aun cuando un siglo después en España y en Holanda, Rembrand y Velásquez
fueron capaces de llevar adelante admirablemente lo que Leonardo y
Rafael habían dejado, lo hicieron sin intentar ir más allá de los
esfuerzos de Leonardo para definir la práctica científica de la pintura
en forma teórica escrita. Esa tarea queda para la próxima generación,
cuando la brutalidad del siglo 20 haya quedado atrás y la humanidad
pueda volver a abrazar las ideas de Leonardo y Rafael de belleza y
perfección en el arte. FIN. NOTAS: *1 . Konrad Oberhuber, en Raffaello: II cartone della Scuola di Atene (Milan, Silvana, 1972), Fontes Amrosianae núm.47, probó definitivamente que este personaje no es Euclides, como se ha creído tradicionalmente, sino Arquímedes..... (^ volver) *2 . Fragmento manuscrito Institud de France C, 27b (1490-91), citado en J.P. Richter , the Notebooks of Leonardo da Vinci (Nueva York, Dover, 1970)..... (^ volver) *3 . Fragmento manuscrito Institud de France A, 9b (1492), citado en Richter, op, cit..... (^ volver) *4 . A este fresco se le ha llamado tradicinal pero erróneamente "La disputa del Sacramento".....(^ volver) |
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