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Mi papel único en las Américas

La
declaración que sigue la emitió el 30 de julio de 2003 LaRouche
in 2004, el comité de la campaña presidencial de Lyndon LaRouche.
por
Lyndon H. LaRouche
Doy
cuenta aquí de ciertas implicaciones relevantes, esenciales, de esa
profunda responsabilidad que deviene de mi papel, al presente indispensable,
en la lucha contra el proceso en marcha de tratar de destruir las repúblicas
de Centro y Sudamérica. En las condiciones desarrolladas a partir 1982,
los rasgos económicos y relacionados de la soberanía de algunas de esas
repúblicas ya han dejado de existir de hecho. En otras, tales como Argentina,
se ven amenazadas en lo inmediato. Bajo el impacto de la crisis de desintegración
general actualmente en marcha de la forma posterior a 1971 del sistema
monetario–financiero mundial de "tipos de cambio flotantes" del Fondo
Monetario Internacional (FMI), la destrucción total de las soberanías
de todas las repúblicas de Centro y Sudamérica es la catástrofe inminente
a conjurar. En un período tal de la historia universal, el mundo entero
sólo tiene disponible una alternativa libre a la cual abocarse. Por
tanto, yo, en mi condición de ser uno de los principales candidatos
presidenciales para las elecciones estadounidenses de 2004 en términos
de apoyo financiero popular, estoy dedicando todos los medios a mi disposición
a fomentar la única alternativa de solución disponible para la civilización
en la coyuntura actual. El caso de Centro y Sudamérica es una parte
relevante, y especial para mí, de un esfuerzo integral que refleja mi
dedicación más amplia por toda la humanidad.
No
sólo estoy comprometido a esa causa. Al momento mi contribución es indispensable,
si es que las naciones de Centro y Sudamérica, en particular, han de
tener alguna esperanza de sobrevivir. En términos específicos en estos
momentos, bajo esas condiciones, las esperanzas de que esas naciones
sobrevivan dependen de la eficacia con la que yo continúe desempeñando
este papel personal excepcional, en tanto dirigente intelectual y político
en cuanto a este asunto, por todo nuestro hemisferio.
Este
papel es una continuación del que he venido desempeñando, más o menos
de manera conspicua, en diversas ocasiones desde mi defensa de Iberoamérica
contra la guerra de las Malvinas de la primera ministra británica Margaret
Thatcher en la primavera septentrional de 1982. Ello continuaba la actividad
que inicié en las postrimerías de esa guerra de las Malvinas, cuando
traté de evitar, o al menos resistir, el esperado ataque contra México
a fines del verano septentrional por parte de los que entonces eran
intereses financieros centrados en Nueva York.
Mi
preocupación por la situación de México en el corto plazo me sumió en
apremiantes preparativos para emprender acciones precautorias, entre
ellas la elaboración y publicación de mi informe Operación Juárez.
Ese informe fue el manual que guió el papel que desempeñé posteriormente,
de agosto a octubre de 1982, en la defensa de México contra el ataque
de fuerzas extranjeras específicas. Estas era fuerzas que de hecho descendían
de los mismos intereses financieros, con centro en Europa, en aras de
los cuales Napoleón III desplegó en México el saqueo y la ocupación
de corte nazi de Maximiliano de Habsburgo. Ese informe, Operación
Juárez, refleja lo esencial de lo que continúa siendo mi política
para las Américas hoy.

En
los casos de Argentina y México ese año, actué, en tanto figura pública
estadounidense destacada, en base a una autoridad legítima que seguía
la misma tradición estadounidense de derecho internacional bajo la que,
desde mediados de los 1970, yo, como candidato presidencial de los EU,
he conducido una defensa que continúa al presente de la soberanía de
las repúblicas de Centro y Sudamérica. Esa cuestión de derecho internacional
debe resumirse como sigue.
Esta
tradición de derecho que invoqué en defensa de Argentina y México entonces
tiene sus raíces en una política oficial, ratificada posteriormente
por varios tratados, que se introdujo al derecho por primera vez, en
la forma del consejo que el secretario de Estado estadounidense, John
Quincy Adams, le dio al presidente James Monroe en 1823. Como escribí
en mi libro de 1977, The Case of Walter Lippmann (El caso de
Walter Lippmann), esa Doctrina Monroe, enunciada por Monroe, pero creada
por Adams, definió una política estadounidense vital de defensa estratégica
de largo plazo, un cometido a largo plazo con el esfuerzo por establecer
y defender una comunidad de principio entre las nacientes repúblicas
de las Américas. Esta doctrina de Adams comprometió a los EU a organizar
una defensa común, tan pronto como tuvieran la fuerza para hacerlo,
contra esas fuerzas internacionales depredadoras de Europa, que a partir
de los 1920 se conocen en las Américas bajo el nombre de sinarquismo.
Esa
doctrina estadounidense, así definida por Adams, se aplicó con fuerza
por primera vez en la expulsión de México en 1866 del ejército de ocupación
de Francia por parte de los EU. Esas tropas francesas se retiraron por
órdenes de los EU, terminando así con los ataques de los socios españoles
y otros de Napoleón III, en su empresa de corte nazi para instalar al
bandido títere de Maximiliano de procónsul de esa ocupación y saqueo
genocida de México. Esa orden de los EU llevó a la caída del tirano
Maximiliano, y posibilitó la restauración del Gobierno legítimo del
presidente Benito Juárez. Esas fueron las circunstancias históricas
de los 1860 que adopté como precedente para titular mi documento de
agosto de 1982, Operación Juárez.

Como
a dos años de haberse publicado ese documento, obtuve una amplia colección
de material de inteligencia militar estadounidense antes secreto, recién
desclasificado, al igual que archivos parecidos de la Oficina de Servicios
Estratégicos, del FBI y de los servicios de espionaje de Francia, sobre
el asunto de los sinarquistas. Esos archivos, que documentaban hechos
del período de los 1920 hasta 1945, complementaron lo que aprendí de
veteranos de relativo alto rango, que participaron de forma directa
en el combate contra el fascismo durante la guerra. Estos informes se
han complementado posteriormente con otras masas de documentos de y
sobre los sinarquistas, recabados como parte de una investigación continua
de contrainteligencia sobre las raíces ininterrumpidas del fascismo.
Algunos informes que contenían pruebas fidedignas de estas fuentes los
publiqué en México y en otras partes. En un informe televisado nacionalmente
en los EU al concluir mi campaña presidencial de 1984, sobre asuntos
relacionados de la política exterior estadounidense, detallé algunas
de las conexiones fascistas de los sinarquistas de México que había
en ese momento. A últimas fechas, yo y mis asociados hemos abordado
con amplitud este mismo tema en informes basados tanto en eso como en
otros conocimientos mucho más amplios de los problemas estratégicos
actuales, informes que circulan de forma generalizada en los EU y Europa
(ver el folleto de LaRouche in 2004, "The Children of Satan:
The `Ignoble Liars' Behind Bush's No-Exit War", en español, "Los hijos
de Satanás: los `mentirosos innobles' tras la guerra sin salida de Bush").

Maximiliano murió hace mucho, pero los sinarquistas que representan
su causa siguen lozanos en Centro y Sudamérica, y se cuentan entre los
círculos neoconservadores ahora asociados con el vicepresidente estadounidense
Dick Cheney. La supervivencia de los Estados de Centro y Sudamérica
requiere reconocer y derrotar pronto el peligro que estos fascistas
representan. Los identifico de nuevo aquí, brevemente.
Como
subrayo en el cuerpo de este informe, el sinarquismo es una excrecencia
de una organización controlada por financieros que se remonta al siglo
18, y cuya influencia y efectos en la época de Adams los representaron
las prácticas depredadoras en pugna y combinadas de la monarquía británica
y su rival, la Santa Alianza encabezada por los Habsburgo. Aquellos
conocidos hoy como los sinarquistas financieros, son los herederos de
una camarilla de banqueros privados de la que fueron representativos
los círculos suizofranceses francófonos de Schlumberger, De Neuflize
y Mallet en el siglo 18, y también el ilustrativo caso histórico de
Jacques Necker. Estos eran emblemáticos de los círculos que surgieron
como contendientes por el poder financiero mundial mediante su asociación
con el primer fascista moderno, el tirano Napoleón Bonaparte. Ascendieron
a una forma imperial de poder como banqueros de ese bandido Bonaparte,
y continuaron como una variante ultraconspiradora de secta francmasónica
cabalística supersecreta, conocida como los martinistas. Ellos siguen
siendo el principal adversario de los Estados de Centro y Sudamérica
bajo ese nombre, desde los 1920 hasta la fecha.
Ha
sido mi guerra personal contra esos mismos sinarquistas desde 1984 y,
de hecho, desde incluso dos décadas antes, la que desde los 1970 me
ha acarreado mis notables enemigos principales hoy, de cualquier parte
del mundo, incluyendo a varios fascistas que actúan bajo una fachada
religiosa en los EU y en México, desde entonces hasta la fecha. La camarilla
neoconservadora en torno al actual Gobierno estadounidense del vicepresidente
Cheney es emblemática de los lacayos de librea desplegados por una secta
de banqueros privados sinarquistas, conjunto que apenas representan
los círculos neoconservadores de Robert Mundell y demás dentro y fuera
del consejo editorial del Wall Street Journal, tales como mi
viejo enemigo personal Robert Bartley.
En
este informe identificaré, primero, lo que todo ciudadano interesado
de las naciones de las Américas tiene que llegar a reconocer, y pronto,
como la amenaza sinarquista contra todas y cada una de nuestras repúblicas.
Después de eso, y segundo, pondré de relieve los rudimentos de la política
necesaria para aplastar a este enemigo.
1. ¿Qué
es el sinarquismo?

Desde
la época de la consolidación inicial del poder combinado de la forma
imperial de potencia financiera oligárquica marítima de Venecia y sus
aliados hidalgos normandos, en un intervalo que comprende desde antes
de la conquista normanda hasta la caída de Ricardo III de Inglaterra,
el resabio de la tradición pro imperialista de los financieros de esa
forma feudal dominada por los normando–venecianos ha sido el principal
enemigo perpetuo de la institución de la república soberana moderna,
una reforma que propusieron, sucesivamente, Dante Aliguieri y el cardenal
Nicolás de Cusa. Esta reforma se estableció por primera vez con los
precedentes de la Francia de Luis XI y la Inglaterra de Enrique VII,
en el transcurso del Renacimiento europeo del siglo 15. Las brutales
guerras religiosas y obcenidades satánicas relacionadas posteriores
del intervalo dominado por los Habsburgo y dirigido por Venecia, de
1511 a 1648, previo al Tratado de Westfalia, son representativas de
las acciones de los reaccionarios feudales que lucharon por revivir
y continuar la tradición de la simbiosis medieval normando–veneciana.
Por
desgracia, pese al gran legado del Tratado de Westfalia de 1648, el
impacto combinado de la criminal expulsión de los judíos de España en
1492 y la de los moros posteriormente, y la reacción de 1511–1648 encabezada
por Venecia, dejó profundas heridas culturales en la cultura europea
como un todo, heridas cuyos efectos no han sanado hasta la fecha. En
esas circunstancias, el empirismo del siglo 17 de Paolo Sarpi, Galileo
Galilei y René Descartes desató una orgía de sofisterías, que la "Ilustración"
kantiana y neocartesiana del siglo 18 continuó. Todas y cada una de
éstas son sectas reducccionistas en lo filosófico que, como recalqué
en "Cómo
visualizar el dominio complejo" (publicado en la revista Resumen
ejecutivo, primera quincena de septiembre de 2003), expresan, al
igual que los existencialistas, una negación específicamente satánica
de la posibilidad de que exista cualquier diferencia conocible entre
el hombre y la bestia.
Fue
la orgía de sofisterías que representantan les corrientes reduccionistas
la que creó el ambiente en el que los enemigos del republicanismo lanzaron
a los agentes británicos Felipe Égalité, Jaques Necker, Georges Jaques
Danton y Jean–Paul Marat contra Francia en 1789. Fueron las circunstancias
así creadas las que alimentaron la subsiguiente tiranía del primer dictador
fascista moderno, Napoleón Bonaparte. Estos acontecimientos en la Francia
de 1789–1815 representan la misma calidad de pruebas sobre las cuales
la inteligencia militar estadounidese de 1920–1945 se basó, en hechos,
para caracterizar de forma correcta al sinarquismo como "nazi–comunista".
Los casos de los sinarquistas estadounidenses contemporáneos, tales
como el neoconservador Richard Perle, y varios ex trotskistas que brincan
de la izquierda a la derecha sin pasar por el centro, como los casos
de Boris Souvarine, Alexandre Kojève o el Laurent Murawiec del Instituto
Hudson, son —igual que el propio salto de Napoleón, de jacobino a fascista—
típicos de esa característica nazi–comunista del sinarquismo actual.
El
sinarquismo se creó como una contramedida a la Revolución Americana
de 1776–1789. Hasta la fecha, como yo personalmente he estudiado de
cerca una muestra de tales casos clínicos, su odio contra el legado
de esa Revolución Americana a menudo es una característica distintiva
que es visible de inmediato de la variedad sinarquista de la personalidad
fascista, que con frecuencia se manifiesta de forma clínica como el
eje de un violento cambio del sujeto de "izquierda" a "derecha". Este
curioso antiamericanismo tiene un precedente sociológico pertinente
en la historia de Europa de 1789–1815.
La
Revolución Francesa se creó adrede desde arriba como una reacción contra
la influencia contagiosa —sobre Europa y sobre los nacientes estados
de Centro y Sudamérica — del logro de la independencia de los EU, y
de las implicaciones de la Constitución federal de los EU para el derecho
internacional. El borrador de constitución que Jean–Sylvain Bailly y
el marqués de Lafayette presentaron infructuosamente para la monarquía
francesa, representaba esa influencia estadounidense. Por otro lado,
la "Vieja Europa" antiestadounidense de esa época la representaba una
ansiosa alianza entre una colección de potencias liberales imperialistas
marítimas, y diversas monarquías continentales de una inclinación más
tradicionalmente pro feudal. Los potentados de la "Vieja Europa", como
los representaban las monarquías antiestadounidenses rivales británica
y habsburga, temblaban en sus centros de poder, temblaban en reacción
al estruendo sísmico americano que venía del otro lado del océano. Los
conservadores pro feudales de entre esos dirigentes europeos buscaban
defender sus tronos. En tanto, en Francia brotó una forma diferente
de reacción contra los EU: las olas sucesivas, izquierdistas y derechistas,
del Terror jacobino, y la naciente tiranía "reaccionaria" de izquierda
y derecha del emperador Napoleón.
Aquí
necesitamos resumir esa reacción diferente de la Francia de los 1790,
para mostrar cómo es que surgió lo que hoy llamamos fascismo.
De
1776 a 1789 el apoyo para la causa americana reverberó por todas las
islas británicas y el continente. Los más grandes artistas e intelectos
científicos, y otros, tales como los participantes de las sociedades
de lectura de Alemania, por lo regular eran partidarios de la causa
americana. Cierta sección de la intelectualidad de la aristocracia francesa
le brindó la mayor simpatía política. Esta parte de la intelectualidad
francesa, representada por Antoine Laurent de Lavoisier, quien fuera
asesinado judicialmente, fue el blanco principal a ser erradicado para
los servicios británicos y de otros países extranjeros que controlaban
a agentes tales como Felipe Égalité, el banquero suizo Jaques Necker,
Danton, Marat, etc.

Antoine Laurent
de Lavoisier (1743-1794)
De
modo que, la primera etapa de la Revolución Francesa, se consumió por
el surgimiento del Terror, un reino de terror encaminado a erradicar
gran parte de esas fuerzas en Francia aliadas a la causa de la república
estadounidense; la segunda fase, reaccionaria, fue el esfuerzo por establecer
un imperio basado en los precedentes del derecho romano de los césares.
Esto se convirtió en esa forma napoleónica de imperialismo conocida
en el siglo 20 como fascismo.
La
organización financiera del sistema construido en torno a la incipiente
figura imperial de Napoleón estaba dominada por cierto tipo de influencia
mercantil–bancaria, sobre todo de una ralea suiza francófona, una especie
de mentalidad bancaria que tendía a parodiar a la secta cátara del valle
del Ródano, y que también disfrutaba de importantes conexiones de negocios
con los círculos de los directivos de las Compañías de las Indias Orientales
angloholandesas. La conexión de Necker, a través de Edward Gibbon y
demás, con el lord Shelburne del banco Barings, era meramente emblemática.
Cabe
destacar que Danton y Marat eran agentes adiestrados en Londres de las
operaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores británico dirigidas
por el consentido de Shelburne, Jeremy Bentham. Los círculos vinculados
a Suiza de la estirpe de Schlumberger, De Neuflize y Mallet, que subieron
al escenario de la Revolución Francesa como participantes insignes,
fueron figuras decisivas de los amarres napoleónicos; estos banqueros
aportaron conexiones duraderas de esta clase a la pelea. La potable
figura militar del suizo barón de Jomini, cuyas aberrantes nociones
doctrinarias contribuyeron a la guerra del presidente estadounidense
James Polk contra México y, después, a consecuencia, al lado confederado
de la Guerra Civil estadounidense, aparece en esta colección.
El
alguna vez jacobino y capitán de artillería Napoléon, no sólo requirió
financiamiento especial para su rápido ascenso de rango, de agente de
Maximilien-Marie de Robespierre, a emperador. En particular después
de la batalla simultánea de Jena y Auerstedt, Napoleón el emperador
en gran medida se convirtió en un bandido, buscando y dirigiendo guerras
en pos del saqueo para llenar sus arcas en París, de forma muy parecida
a como los amigos de Cheney en las empresas Halliburton y Betchel se
abalanzan hoy como buitres sobre los restos postrados de Iraq. Napoleón
necesitó comerciantes financieros especialistas en saqueo para el mercado
de este pillaje. El fruto adicional de esta simbiosis entre bandido
y banquero fue el manto ideológico con el que se cubrió el lado oculto
del pensamiento sinarquista contemporáneo. La adición de una interesante
parodia ideológica de cabalismo y otras curiosidades arcanas, dio cuerpo
a la francmasonería mística, específicamente martinista, de la secta
napoleónica.
Con
la derrota del emperador Napoleón, sus triunfos efímeros se convirtieron
en la "causa perdida" adoptada como modelo para crear futuros imperios.
El caso de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, un ex izquierdista pro jacobino
extremista, es representativo, al igual que muchos neoconservadores
actuales que fueron trotskistas —tales como Albert Wohlstetter de la
Corporación RAND— o cosas por el estilo, pero que se volvieron fascistas.
Hegel se convirtió, después del período de 1803–1806, en el fogoso romántico
cuya admiración rayana en el éxtasis sexual por Napoleón sirvió de modelo
para las primeras doctrinas sistemáticas del fascismo: las doctrinas
de Hegel de la historia y del Estado. Los más extremados románticos,
seguidores de los también románticos Emanuel Kant y Hegel, incluían
a los existencialistas del siglo 20 tales como Martin Heidegger y sus
compinches de la "Escuela de Fráncfort", quienes reflejaban esa doctrina
explícitamente pro satánica de Friedrich Nietzsche. Estos últimos, la
camarilla de Nietzsche, Heidegger, Karl Jaspers, Teodoro Adorno, Hannah
Arendt y sus seguidores, diseñaron el modelo de la imagen pro sinarquista
de Adolfo Hitler como el aterrador hombre–bestia, un diseño a la medida
del nuevo Bonaparte, como el mismo Hitler se consideraba, al menos a
cierto grado.
La esencia
utópica del mal

Federico Hegel
Estos
seguidores del legado imperial de Napoleón no eran simples bandidos,
sino monstruos. Matar y robar son conductas criminales, pero no son
comportamientos satánicamente perversos en sí mismos. Los sinarquistas
no son meros criminales, son monstruos, tan perversos como puede considerarse
que lo fue Hitler. Son perversos por la naturaleza adoptada de la forma
utópica de devoción religiosa a la maldad, como la del destacado texano
Tom DeLay, que forma parte de su sistema de conducta.
Este
es el secreto para entender al adversario sinarquista de la humanidad
hoy día. El papel de Hegel en delinear una teoría de la historia y el
Estado para ajustarla al modelo napoleónico es la llave para identificar
con precisión el factor satánico decisivo. Hegel le dio al fenómeno
napoleónico un carácter sistémico; la forma en que sinarquistas perspicaces
como Alexandre Kojève de París reconocen en Hegel la doctrina del "fin
de la historia" y la receta para un "hombre–bestia" dionisíaco para
gobernar a la sociedad, es un ejemplo pertinente del asunto.
Puesto
que el principal público objeto de este informe lo componen personas
de habla hispana o portuguesa, consideremos tres ejemplos de una forma
sistémica de maldad de la historia de España y sus colonias.
Primero, está el ejemplo de la expulsión de los judíos y los moros
de España. Esto le dio a la España de Isabel un toque de maldad sistémica
desde el principio.
Segundo, sin embargo, ella no fue culpable de uno de los principales
crímenes de la monarquía española, el tolerar la esclavitud, que fue,
junto con el peonaje, con una interrupción muy notable en el siglo 18,
la práctica continua de España hasta fines del siglo 19. La apología
religiosa que hacía España de la esclavitud se disculpaba con el supuesto
de que las personas de tez oscura de descendencia africana por naturaleza
estaban predestinadas a ser propiedad, bajo el argumento de que no eran
verdaderamente humanos. El uso de semejante argumento teológico, presentado
como dentro de los confines del cristianismo, representa una calidad
de maldad pro satánica, precisamente porque es un crimen contra la propia
institución del cristianismo.

Escenas de venta de esclavos, siglo XIX
Tercero, fue el argumento en apariencia teológico, relacionado a
ése, en apoyo de la esclavitud, de la ya referida institución del peonaje,
como en el caso de México. De nuevo, cuando la hacen gnósticos en el
profanado nombre de la Iglesia cristiana, semejante defensa del peonaje
es un crimen contra el cristianismo, al igual que en otras formas. Ese
es un rasgo de la tendencia hacia el mal en las corrientes derechistas
del sinarquismo que se encuentran en las naciones hispanoparlantes,
tales como entre los seguidores ideológicos del dictador Francisco Franco.
Mantener a un hombre en la esclavitud, no sólo está mal, sino que
es perverso. Sin embargo, si el esclavista sólo es relativamente estúpido,
y no trata de convertir semejante práctica en una ley universal, comete
un crimen contra la ley natural, pero no es malvado en el sentido de
pretender convertir su acto perverso en una ley de la naturaleza explícitamente
satánica. La perversidad de Hegel radica en que pretende convertir el
sistema napoleónico del bandidaje en un sistema universal perfectible,
tal como el satánico de cabo a rabo de Bertrand Russell introdujo la
doctrina de "guerra nuclear preventiva" como un medio necesario para
lograr que el mundo se someta a un sistema de gobierno mundial.
Vean
el caso comparable del "libre comercio". Si un hombre intenta imponer
la práctica del "libre comercio" en su conducta personal, puede que
sea estúpido, o incluso criminal, pero no necesariamente malvado. Si
un conjunto de Gobiernos trata de imponerle el "libre comercio" al mundo,
una acción que de forma inevitable tendría un efecto genocida, el intento
de hacer del "libre comercio" una especie de sistema universal utópico,
eso es una perversidad. En el caso del sinarquista, éste pretende convertir
el asesinato y otras formas de pillaje en un sistema universal obligatorio.
Eso es lo que Hegel hace, ése es el carácter intrínsecamente perverso
de esa secta francmasónica conocida como sinarquismo.
Kojève
dejó claro el asunto de forma indeleble con su reconocimiento de la
fusión de Hegel y de Nietzsche, y su doctrina dionisíaca relacionada
del "fin de la historia". ¿Cómo propone el sinarquista implícito, Bertrand
Russell, establecer el sistema de "gobierno mundial", que su confederado
H.G. Wells receta en su libro de 1928 La conspiración abierta?
Russell propuso recurrir a la amenaza de la "guerra nuclear preventiva",
igual a como lo hizo el sinarquista vicepresidente Cheney. En otras
palabras, desata un monstruo tan terrible que las naciones se postrarán
ante ese dios virtual, pero consumadamente perverso. Ese es el "superhombre"
de Nietzsche. Ese es el héroe supremo de la historia implícitamente
nazista de la filosofía y la teoría del Estado de Hegel. A ese respecto,
la interpretación de Kojève sobre Hegel es exacta.
El
mismo argumento de Hegel se refleja en el notorio balbuceo de Kojève
y de su seguidor neoconservador estadounidense Francis Fukuyama sobre
el "fin de la historia". El de Fukuyama es un concepto sectario puramente
satánico, pero que ya estaba implícito en Hegel. Este rasgo del sinarquismo,
aunque congruente con las disculpas monárquicas españolas por la esclavitud
y el peonaje, se acerca al corazón del sinarquismo como sistema; es
fundamental para una entendimiento abarcador del odio del sinarquismo
contra el legado de Solón, Pitágoras, etc., quienes a su vez remontan
el fundamento de su concepto de la historia hasta Egipto. Las características
decisivas de esta contribución griega a toda la civilización europea,
que el sinarquismo pretende desterrar, se remontan a Platón, y a la
incorporación de los rasgos más esenciales de la obra de Platón en la
misión de Jesucristo y de apóstoles tales como Juan y Pablo, de manera
más notable.
Ciertos
fundamentos de esta "revolución cristiana" se extendieron al judaísmo
—como en la obra del amigo del apóstol Pedro, Filón de Alejandría— y
al islam. El "fenómeno andaluz", que la España de 1492 buscó destruir,
representa, como el califato abasida de Bagdad, un ejemplo de ese principio
ecuménico que subyace en la civilización europea en su conjunto.
El
rasgo esencial de esta civilización europea, desde Solón hasta nuestros
días, se expresa de forma más clara en la noción cristiana del principio
mosaico del Genesis 1: que el hombre y la mujer están creados
igualmente a imagen del Creador del universo, y que se les asignó y
se les dotó con el poder de administrar esa Creación. Esta diferenciación
sistémica entre el hombre y la bestia, que transgredieron los gnósticos
de la monarquía española, partidarios de la esclavitud y el peonaje,
es la base del concepto de historia de la civilización europea.
Como
detallo mi argumento en "Cómo visualizar el dominio complejo", la mente
humana se distingue absolutamente de todas las especies animales inferiores
por su capacidad de discernir objetos, llamados principios físicos universales,
que gobiernan el universo, pero que están más allá del poder de la observación
directa de la percepción sensorial. Mediante el descubrimiento y dominio
de los principios descubiertos por esa capacidad distintivamente humana
(es decir, el cápax Dei), el hombre puede cambiar el universo
de manera sistemática, transmitiendo descubrimientos de esta clase de
una generación mortal a la siguiente. Ese proceso, de aumentar el poder
de existir de la humanidad mediante tales descubrimientos y su transmisión,
es la historia. El hombre cristiano, el hombre en la tradición
clásica griega, es inherentemente prometeico, y lucha contra las fuerzas
satánicas oligárquicas del fascista Olimpo de Zeus.
El comienzo
de la historia moderna
La doctrina
de "guerra nuclear preventiva" de Bertrand Russell
El
Renacimiento europeo del siglo 15, al imponerle al Estado nacional soberano
la responsabilidad por el bienestar general de todo el pueblo y de su
posteridad por igual, estableció la verdadera historia, la historia
moderna. El Estado y su pueblo deben juzgar ahora sus decisiones, el
resultado de su desempeño, por las conexiones entre el bienestar general
y posteridad, los sinónimos para el bien común y la mancomunidad.
El
"fin de la historia" significa poner al planeta bajo el mando de un
candidato al título de "anticristo", un monstruo nietzscheano que comete
abominaciones de inenarrable perversidad en público, como una forma
de tal "superhombre" para aterrorizar a los espectadores, no sólo para
someterlos, sino incluso para que emulen hegeliana de la relación amo–esclavo,
de las obscenidades que despliega. El resultado es una condición política
en la que el pretendido dominio permanente del planeta por parte de
semejantes monstruos hegelianos erradica la práctica de aquellas cualidades
que expresan al hombre y a la mujer como hechos a imagen del Creador.
Ese es el "fin de la historia" al que trató de llegarse con el horror
absoluto de la Primera Guerra Mundial, con el horror que representó
Hitler, con la doctrina de "guerra nuclear preventiva" de Bertrand Russell
y el vicepresidente Cheney, y con el impacto sucesivo de la crisis de
los proyectiles de 1962 y el asesinato del presidente John F. Kennedy
en 1963 sobre la generación que entraba a la edad adulta entre mediados
y fines de los 1960.
Esta
fue la tradición ideológica respaldada por los banqueros, y la composición
social de la secta que asumió la matriz conspiratoria de esas formas
de sinarquismo que vinieron a asociarse con los notorios regímenes fascistas
europeos de las décadas que siguieron al Tratado de Versalles.
Esta
secta implícitamente satánica de Napoleón la perpetuaron más allá de
1815, entre otros, oficiales napoleónicos veteranos que se desplegaron
como filibusteros en las fronteras de la joven república estadounidense,
y que ejercieron una gran influencia en la preconfiguración de la posterior
ideología de los conspiradores de la Confederación. El mito de Napoleón,
como lo reproduce Le Rouge et le Noir (Rojo y negro) de Henri
Beyle, conocido como Stendahl, y otros ejemplos de adoración irracional,
encarnó con nueva vida en el régimen de Napoleón III de Francia, el
mismo que llamó "Latinoamérica" a la región, expresando así la intención
de tomar las ex colonias de España y Portugal. Como en el caso de la
intervención de las fuerzas combinadas de la monarquía española pro
esclavista, la británica, la francesa, la austríaca y otras fuerzas
de ocupación en contra de México, los motivos que tomaron control de
inmediato fueron dos principalmente. Primero, los intereses inmediatos
de una camarilla de financieros, quienes eran más que nada típicos de
lo que hoy se conoce como sinarquistas. Segundo, reforzar un sistema
feudal que redujo a la mayoría de la población de México a la condición
de ganado humano.
2. En
breve, la solución
La
solución a la crisis actual cuenta con dos aspectos. Uno es el aspecto
formalmente económico de la solución. El otro, es el político. Veamos
primero el político.
El
Renacimiento europeo del siglo 15 dio el paso revolucionario de introducir
la forma moderna del Estado nacional soberano, una forma de Estado cuya
autoridad para gobernar se condicionó a la devoción eficiente del Gobierno
para con la promoción del bienestar general de todas las personas de
las generaciones presentes y futuras. Esto reflejó un principio de ley
que la República de Platón discute con gran amplitud, el principio
que más tarde sería central para el cristianismo, como lo establece
el apóstol Pablo en su célebre Corintios I:13.
Esta
revolución en el estadismo fue más allá —y con mayor profundidad— de
una interpretación baladí del "bienestar general". La noción del bienestar
general se fundó en el concepto de cápax Dei, de que la naturaleza
sublime del individuo humano, hombre o mujer, lo sitúa aparte y por
encima de las bestias, una criatura que se distingue de éstas por el
poder de participar de Dios. Esta idea, que los más grandes teólogos
de ese siglo y otros identificaron con la teología implícita del griego
clásico de Platón, y de Corintios I:13, implicó el poder del
individuo para conocer, y para regir esos principios físicos universales
eficientes invisibles a los poderes meramente animales de la percepción
de los sentidos.
Estas
consideraciones identifican lo que Cusa, Leonardo da Vinci, Johannes
Kepler y Godofredo Leibniz definieron como ciencia física antireduccionista
y formas clásicas de composición artística, como aquellas formas de
la práctica individual y social que son característicamente humanas,
a diferencia de lo bestial. Aunque el progreso en el descubrimiento
y realización de principios físicos universales y del arte clásico es
necesario para mantener y mejorar la condición demográfica de la sociedad,
el aspecto moral de esta actividad es lo esencial. Es la participación
de la humanidad en el descubrimiento y práctica de estas cualidades
sublimes, más que sólo su mentado uso práctico, lo que es esencial para
la condición moral de la sociedad. Esa participación debe ser la expresión
de la semejanza del hombre, no importa cuán imperfecta, con Dios.
La
obligación esencial del Estado no es cuidar de las personas como si
fueran animales de granja. Su responsabilidad esencial es cuidar de
la humanidad de formas consistentes con la protección y desarrollo de
la naturaleza sublime del hombre. Lo único sagrado de la vida humana,
como distinta de la animal, es que es específicamente humana. La sociedad
debe amar la vida humana, como el Sócrates de Platón y el Corintios
I:13 de Pablo definen el significado funcional e intrínsecamente
sublime de ese principio de ágape afín a la interpretación conocible
de la referencia al "bienestar general" en el preámbulo de la Constitución
federal de los EU.
El
principio universal de ágape, así comprendido, requiere que toda
la sociedad esté compuesta de una comunidad de principio entre Estados
nacionales respectivamente soberanos. Esto no significa una suerte de
soberanía hobbesiana que le permita a una nación adjudicarse el derecho
hermético, soberano, a condonar el canibalismo o la esclavitud, sino
un principio universal de veracidad como tal, al que todos los Estados
están sujetos. Esto no quiere decir un código fijo de ley positiva,
sino la sumisión común a una actividad socrática de búsqueda de la Verdad
entre las pesonas y los pueblos. Para que una comunidad tal exista en
la práctica, es necesario que las naciones se eleven, al menos, al benéfico
estado mental en el que el espíritu de dicho principio pueda llegar
a comprenderse y adoptarse de manera eficiente.

Estoy
convencido de que la humanidad ha entrado a una era de armas nucleares
en la que un rechazo categórico a un gobierno mundial implícitamente
imperial (es decir, ultramontano), en favor de una comunidad
de principio entre Estados nacionales soberanos, es tanto indispensable
como viable. Sé que si yo fuera el Presidente de los EU, bajo las actuales
condiciones emergentes de crisis económica mundial y de otras clases,
sería viable acordar dicha comunidad de principio entre la mayoría de
las naciones y, por tanto, de modo implícito, de todas ellas. El intento
por alcanzar ese logro, fraguado en recuerdo de Nicolás de Cusa, Leibniz,
Benjamin Franklin y Abraham Lincoln, de prevalecer, será conocido de
ahí en adelante como la misión de mi vida. Que así sea. Tal es el temple
de mi intención; que se conozca en esos términos.
El
mundo actualmente se encuentra bajo el yugo de la fase terminal de la
existencia de una forma —condenada de antemano— de "tipos de cambio
flotantes" del sistema financiero–monetario mundial dominado por el
FMI. De no someterse a ese sistema cruel y estúpido a la intervención
de los Gobiernos por bancarrota, y a esas medidas de reorganización
general que lo transformen en una forma regulada y proteccionista de
sistema de tipos de cambio fijos, este planeta estaría condenado a hundirse
pronto en una nueva Era de Tinieblas de probablemente varias generaciones,
o más. Hay un conjunto de consideraciones tanto morales como prácticas
que tienen que reconocerse y honrarse en la práctica, si es que cualquier
nación, en las Américas o donde sea, ha de sobrevivir por más tiempo.
Concluyo este informe con un resumen de algunas de estas consideraciones.
A veces el
dinero es malo
Al
término de una conferencia sobre salud en el Vaticano en 1995, remití
un documento en el que presenté un diagrama para ilustrar, a la persona
común, las presiones económicas sobre el sistema de salud de la forma
más sencilla posible. Pensándolo más tarde, empleé la misma imagen para
mi campaña por la candidatura presidencial del Partido Demócrata en
los EU. Frecuentemente he usado esa ilustración, y otras relacionadas,
presentando las cifras de conformidad con la necesidad de actualizar
el panorama de los efectos de cambios decisivos en la economía mundial
desde entonces. El mismo tipo de representación gráfica señala una cuestión
moral, así como una técnica, que son, ambas, de notable importancia
para la conclusión de este informe.
Para
empezar, describo las características pertinentes de la gráfica.
La
gráfica muestra la naturaleza general de los cambios en las relaciones
entre magnitudes de valores financieros nominales per cápita, circulante
monetario y producción física neta real, en un período que va del año
fiscal de 1966–67 hasta aproximadamente el presente. Desde alrededor
de 1999–2000, la pauta para los EU fue la siguiente. Hubo una tendencia
hacia un aumento hiperbólico de los valores financieros nominales, un
ritmo más lento de aumento en la emisión monetaria y un hundimiento
acelerado en espiral de los valores físicos.
Desde
la conferencia monetaria en Washington, D.C., en 1998, a la que se convocó
al inició del desastre de la empresa de derivados financieros Long Term
Capital Management, sucedió un cambio cualitativo. Con la amenaza ominosa
e inminente de una crisis en Brasil en febrero de 1999, y considerando
la campaña electoral presidencial de 1999–2000, los EU tomaron la decisión
desesperada de intentar sofocar nuevas crisis financieras de peso que
amenazaban, con un "muro de dinero". No sólo la impresión, sino la emisión
electrónica, se sujetó a lo que fue, de hecho, una misión hiperinflacionaria.
En 1999 el ritmo de la emisión monetaria tendió a exceder la cantidad
de valores financieros refinanciados. En los EU, la burbuja bursátil
hipotecaria de las agencias Fannie Mae y Freddie Mac es un reflejo de
algunos de los efectos de esa inundación monetaria. Para la primavera
de 2000, ese comportamiento ya se había convertido en una tendencia
sistémica incuestionable. Para el día de las elecciones en los EU en
noviembre de 2000, ya nadie, a excepción de los observadores más necios,
podía ocultar el acelerado desplome de la economía estadounidense.

La pobreza,
esclavitud del siglo XX
Esta
caída de casi cuarenta años de la economía estadounidense aceleró por
la transformación del FMI en 1971–72, de un sistema monetario de tipos
de cambio fijos a flotantes, pero la decadencia de las economías físicas
de los EU y el Reino Unido ya estaba bien avanzada para la época del
primer Gobierno de Harold Wilson en este último país. La crisis de la
libra esterlina en el otoño de 1967, y la sucesión de crisis del dólar
de enero a marzo de 1971, son un reflejo de esto. La demencia monetaria
del sistema de tipos de cambio flotantes posterior a 1971 complementó
un cambio de largo plazo, más profundo, de la economía estadounidense,
de ser el principal motor productivo del mundo, a convertirse en una
cultura corrupta "consumista" depredadora, ahora en desintegración.
Contra
ese trasfondo histórico, lo que mis gráficas pedagógicas ilustran es
esencialmente los siguiente.
El
dinero no tiene valor intrínseco per se. Incluso el precio del
oro en moneda no es una expresión de valor autoevidentemente intrínseco.
En cualquier organización sana de la sociedad, la emisión de dinero
es un monopolio de los Gobiernos de los Estados nacionales soberanos.
Para evitar la divergencia entre los valores financieros, monetarios
y físicos que las gráficas pedagógicas ilustran, el Gobierno, y los
Gobiernos deben actuar. Tienen que actuar solos; y tienen que actuar
de forma concertada, como se hizo bajo la fase de tipos de cambio fijos
del sistema del FMI.
Deben
satisfacerse dos objetivos generales. El Gobierno debe administrar los
sistemas nacional e internacional en el interés de promover la verdadera
formación de capital, y asegurar que el precio del dinero no supere
la creación de valores físicos per cápita de la producción.
En
cuanto a lo primero, el desarrollo de la economía moderna requiere tasas
relativamente enormes de formación de capital físico de producción e
infraestructura económica básica. Las inversiones en infraestructura
económica básica involucran ciclos primarios de capital de una a dos
generaciones, esto es, de 25 a 50 años. En la economía moderna, la proporción
saludable de formación de inversión y de mantenimiento de la infraestructura
económica básica representa casi la mitad de la producción total de
una economía nacional. Para esto, el comercio internacional y los requisitos
de préstamo requieren un sistema monetario de tipos de cambio fijos,
con tasas de interés simple de entre 1 y 2% anual.
En
cuanto a la producción real, se necesitan varias medidas proteccionistas
y relacionadas. El compromiso con el desarrollo de la industria a menudo
requiere de la protección de una política de comercio justo. Las políticas
fiscales deben diseñarse para canalizar los flujos de forma preferencial,
al tiempo que satisfacen las necesidades del Gobierno. Un ejemplo de
esto es el contraste entre la prudencia del crédito fiscal para la inversión
del presidente Kennedy, y el tremendo disparate de la reducción del
impuesto a las ganacias de capital financiero de Kemp–Roth.
Para
de verdad satisfacer tales fines, debe entenderse, fomentarse y protegerse
el papel legítimo esencial de la empresa privada, de las siguientes
formas.
En
última instancia, no hay otra fuente de ganancia real en una economía
nacional o mundial, que no sea la función de esos mismos poderes creativos
de la mente individual que generan descubrimientos de principios universales
experimentalmente validados, tales como los realizados mediante los
métodos de Johannes Kepler y Godofredo Leibniz: cápax Dei. Yo
califico eso en "Cómo visualizar el dominio complejo". El progreso en
las funciones de la infraestructura económica básica depende de esa
fuente de innovaciones basadas en principios; la función elemental de
la empresa privada es darle la mayor libertad posible a la expresión
útil de tales poderes creativos de las mentes individuales del empresario
y sus asociados o asociadas.
Esto
obliga al Estado a considerar su responsabilidad de promover la producción
y el trabajo de tales productores, tanto el empresario como el empleado.
Esta responsabilidad es económica; es, a la vez, una responsabilidad
moral de cultivar los poderes asociados con el principio de cápax
Dei. De éstas, la responsabilidad moral debe prevalecer. como por
ejemplo, en la educación, y, por tanto, también en las condiciones familiares
y de la vida en la comunidad.
La
misión básica de la economía no es la producción de riqueza, sino más
bien la promoción del papel esencial de la producción para la productividad
y el sostenimiento de la gente, conforme al potencial creativo que ésta,
a su vez, expresa en tales formas de progreso científico y tecnológico
comprendidas en el desarrollo del poder productivo del trabajo. Que
la presente misión de la economía se defina en razón de liberar a la
gente de los últimos vestigios de la esclavitud y el peonaje, para reanimar
la verdadera fuerza de la historia, y para promover el desarrollo moral
de la gente al nivel más alto posible de su potencial para esa época.
Esta
terrible crisis actual de la economía mundial nos presenta la obligación
y la oportunidad para armar un nuevo conjunto de relaciones de cooperación
entre Estados nacionales soberanos. Debemos convertir la crisis en una
oportunidad aprovechada. Incluso, esto significa el florecimiento y
renacimiento, como el del ave fénix, de las casi destruidas naciones
de Centro y Sudamérica. Necesitamos con urgencia el sistema mundial
en el que sea posible una vez más el desarrollo de esas naciones. Para
ello, sepulten al sinarquismo ahí, donde yace, y no dejemos que nunca
nos perturbe de nuevo, ni otra cosa parecida.
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